Rick´s Café: Capítulo_3

Pablo llegó al vestíbulo de la estación de trenes veinte minutos antes de la hora prevista para la llegada del AVE. Caminó hasta que pudo divisar los paneles que informan de las salidas y llegadas de los ferrocarriles. Comenzó a mirar en la pantalla y comprobó que llegaba por la vía cuatro a las once y veinte. Decidió tomarse un zumo tranquilamente en la terraza de una de las cafeterías para hacer tiempo. Anduvo unos treinta metros y se sentó en uno de los confortables sillones del bar. Éste no tenía los encantos del restaurante Samarkanda de la estación de Atocha con las vistas hacia el microclima botánico, pero sí contaba con los elementos básicos para ser acogedor y hacer más grata la espera. Unos segundos después llegó una camarera que le preguntó qué iba a tomar. Le pidió un zumo de melocotón.
Comenzó a pensar en el correo de respuesta de Marga de unos días atrás. Cuando él llegó a su casa después de haber cenado con Sonia, Svetlana y Paco, encendió su ordenador y consultó su correo electrónico. Allí estaba la carta electrónica de la actriz. La había recibido a las cinco y media de la tarde, unas tres horas después de que le hiciera la propuesta. Ella le confirmaba que llegaría el doce de agosto sobre las once y veinte de la mañana, y que regresaba a Madrid el dieciséis en el de las ocho de la tarde. Le agradecía el detalle de alojarla en su casa, a cambio de que más adelante le devolviera la visita a Madrid. Como él había provocado, ella le pedía nuevamente el número de teléfono.
El periodista esperó a la mañana siguiente para llamarla directamente, sorprendiéndola. Al principio de la conversación, él utilizó sus dotes de ventrílocuo aficionado que había desarrollado desde su niñez.
– Sí, dígame.
– Buenos días, la señorita Marga Sánchez.
– Sí, soy yo. Con quién hablo.
– Soy Pedro Pérez, agente comercial de los Reales Alcázares de Sevilla. Le llamo porque he recibido un correo electrónico suyo indicando que ha intentado sacar dos entradas para el concierto del grupo Samarkanda del jueves trece de agosto, y que no ha podido efectuar la compra.
– Yo no he enviado ningún correo electrónico por ese tema. Es la primera noticia que tengo. Nunca he escuchado a ese grupo. Debe ser un error.
– Disculpe, señorita Sánchez, pero creo que no se ha producido ningún error. Su dirección de correo electrónico no es margasan@gmail.com
– Sí, efectivamente. Esa es mi dirección de correo electrónico. Pero le insisto, yo no he intentado comprar ninguna entrada ni tampoco he puesto un correo indicando que me había sido imposible hacerlo.
– Perdone, ¿usted va a visitar Sevilla entre el doce y el dieciséis de agosto?
– Sí, así es. Ahora soy yo quien tiene que hacerle una pregunta
–amenazó Marga con un tono de voz crispado–. ¿Cómo sabe usted que voy a estar en Sevilla esos días?
– Pablo, –dándose cuenta del incipiente enfado de ella–, contestó: señorita Sánchez, no se enfade. La agencia de viajes Cicerone.com además de agraciarle con el regalo del alojamiento en casa del señor Aguilar, tiene a bien invitarla al concierto de Samarkanda en los Jardines de los Alcázares a partir de las diez de la noche.
– ¡Maldita sea!, ¿quién es usted? Cómo sabe que voy a alojarme en casa de Pablo.
Él entendió ante el grito encolerizado de la actriz que era el momento de poner punto y final a la broma. Dejó de fingir y habló con su tono de voz nasal de siempre:
– Lo siento señorita Sánchez. Lo sé porque no soy Pedro Pérez. Soy el periodista que en sus ratos libres hace de aprendiz de ventrílocuo.
– ¡La madre que te parió Pablo! Te has quedado conmigo. Sinceramente, tienes dotes de actor. Te animo a hacer arte dramático.
– Pablo soltó una carcajada liberadora. Espero que te lo tomes a guasa. De vez en cuando me gusta gastar bromas telefónicas a los amigos. Bueno, ya tienes mi número de móvil.
– Sí, por fin, te has hecho de rogar…
– Para nada, simplemente quería darte la sorpresa y reírme un rato contigo.
– Y de mí.
– Una mijita, pero, sobre todo, contigo.
– Te debo una. Y ten cuidado porque yo también sé actuar.
– De eso no me cabe la menor duda. Ahora, pensándolo bien, ¿no te ha resultado graciosa la escena?
– Sí, la verdad es que lo ha sido. Lo que pasa es que soy muy celosa de mi intimidad.
Cuando él terminó de tomarse el zumo y de recordar aquella anécdota, miró su reloj. Quedaban tres minutos para la llegada del tren. Pagó la cuenta, se levantó y se encaminó hasta la zona de los andenes. Allí se iban agolpando algunos familiares, amigos y agentes turísticos a la espera de la llegada del AVE y de otros trenes. A pesar de todo, la afluencia de gente era bastante menor que en otras ocasiones dada la época del año. Este detalle lo agradecería la artista para pasar más desapercibida en la estación.
Los viajeros del AVE comenzaron a bajar y andar el trayecto que les separaba de las escaleras mecánicas. Pasados un par de minutos, vio venir a ella. Ataviada con un vestido negro de algodón rematado por una minifalda cuatro dedos por encima de las rodillas, llevaba unas sandalias negras de cuero con tiras y tacón alto que estilizaban aún más su metro setenta y siete. En el hombro izquierdo colgaba un bolso de hilo fino, mientras que con la mano derecha llevaba la maleta. Portaba unas gafas de sol para proteger su intimidad, algo difícil cuando la elegancia y la belleza se funden. Aquella imagen de la actriz podía serlo de un fotograma de película. Él gozó de aquella visión durante el tiempo que transcurrió hasta que ella llegó a su altura. Y es que a él le gustaba ver venir a las mujeres. Contemplarlas desde la distancia, ver cómo caminan, los movimientos de sus caderas, recrearse con sus piernas y acabar mirándolas a los ojos cuando estuvieran de frente. Era su manera de piropearlas, sin que ellas en ningún momento se sintieran molestas. Ella tomó las escaleras mecánicas y veinte segundos después llegó hasta él.
– ¡Qué guapa estás!
– Me gusta tu blusa blanca –replicó ella–.
– Me he vestido así para la ocasión.
– Te felicito, –contestó sugerente la actriz–.
– Déjame que te lleve la maleta.
– Muchas gracias. Pero no hace falta. Pesa poco y es cómoda de llevar con las ruedas.
– Así saldremos antes de la estación. Corrígeme si me equivoco, pero creo que quieres pasar de incógnita. Aunque siéndote sincero, con tu porte resulta muy difícil pasar desapercibida.
– De acuerdo, toma la maleta. Es verdad que me gusta la discreción, pero de todas maneras soy consciente de que en lugares como una estación resulta difícil el anonimato. He aprendido a moverme en este tipo de situaciones.
Abandonaron Santa Justa y fueron hasta el aparcamiento donde él había dejado su Porsche. Abrió el maletero y cargó la maleta. Se subieron al coche y le propuso a ella dejar el equipaje en su piso, y luego salir a conocer la ciudad caminando. Accedió complacida. Durante los diez minutos escasos que duró el trayecto hasta la casa del periodista, estuvieron hablando sobre la comodidad del AVE y lo bonito que estaban el campo y la serranía desde Despeñaperros gracias a las lluvias del último año. Él le comentó que en sus tiempos de estudiante en los viajes en tren desde Madrid le encantaba llegar a la altura de Despeñaperros. Aquellos parajes le hacían sentir que estaba llegando a Andalucía, a casa. Ver aquellos paisajes con miles de olivos, las fincas rotuladas y limpias, la tierra roja, le transmitían alegría y le hacían meditar absorto en la vida que encerraban. A veces, había pensado que muchos de aquellos árboles eran centenarios y seguían allí de pie, conservando su prestancia, regalando aceitunas o aceite, y haciendo más hermoso el trayecto a los viajeros que pasaban por aquellos lugares. Mientras que cuando tomaba el tren para regresar a la capital de España, ya sentado en su plaza, buscaba con sus ojos la última visión de La Giralda. La torre simbolizaba desde aquella época su presencia en la ciudad, el tomar tierra y reencontrarse con familiares y amigos. En buena medida, aquellas fotografías, que él había almacenado del alminar durante sus años en Madrid, eran retazos de su vida. Cada imagen estaba vinculada a una serie de recuerdos, de vivencias. Y La Giralda era la albacea de un melancólico hasta pronto en días de frío, de lluvia, de calor incipiente, o de una primavera naciendo.
Al llegar a la altura del bloque donde vivía el redactor, éste le indicó a la actriz que bajara y le esperara unos minutos. Iba a aparcar el coche en su plaza de garaje, subir la maleta a su casa y volver a por ella. Así ganarían tiempo y saldrían tranquilamente paseando hacia el centro de la ciudad. Ella esperó a que él hiciera todo ello y regresara. Eran las doce menos diez cuando los dos enfilaban el último tramo de Torneo en dirección al cruce con el Puente de la Barqueta. Alcanzaron el paso de peatones, esperaron a que el semáforo se pusiera en verde para ellos y cruzaron. Situados ya en la esquina de la otra cera, el cicerone se detuvo y le indicó a ella que todo lo que estaba al otro lado del río, con edificios vanguardistas, era la Isla de la Cartuja, donde se había celebrado la Expo 92. Ella le comentó que no había podido venir a la Exposición Universal porque aquel verano estuvo de gira con la primera compañía que trabajó por toda Castilla la Mancha y Castilla León. Fue al finalizar su primer curso de arte dramático. Consiguió una beca para trabajar durante esos tres meses en una pequeña compañía de teatro clásico donde tuvo la suerte de aprender las destrezas básicas del oficio. Además, le permitió conocer a Soledad, que con los años se había convertido en una de sus mejores amigas.
Soledad era toda una entusiasta de la dramaturgia del Siglo de Oro. Había nacido en Yepes, un pueblo manchego de Toledo que reunía todos los ingredientes de la España de siempre: familias dedicadas a la labranza del campo, otras que prosperaron con los oficios de toda la vida, algunas que con espíritu comercial fueron conquistando los pueblos de la comarca llegando incluso a establecer prósperos negocios en la capital. Y un par de ellas que florecieron con la industria del yeso, la cal, el cemento, haciéndose constructores. Era la España de finales de los cincuenta y de los sesenta, que poco a poco se unía y superaba las cicatrices de la Guerra Civil. Sin embargo, determinados hábitos centenarios como las creencias y los usos religiosos, el catalogar a la gente por sus apodos o por sus posiciones ideológicas, o las supersticiones de las abuelas, seguían presentes en la vida de los lugareños.
Entre todo aquel entramado de personajes, emergió Soledad, enamorada desde su adolescencia del teatro y la literatura. Ella, que se había criado en un ambiente familiar marcado por el amor a una tierra que con mucho esfuerzo y dedicación habían cultivado su padre y su gente, quedó atrapada por la prosa y los versos de Lope, Calderón, Góngora, Quevedo o Cervantes. Con el fuego de la juventud creó una compañía junto a su amigo Roberto, que año tras año recorría la geografía de las dos Castilla representando lo mejor del teatro barroco español. Su ímpetu y vocación eran tan firmes que logró entrar a formar parte del equipo de guionistas de la Compañía Nacional y, sobre todo, a forjar una saga dedicada al teatro como gran pasión.
Pablo y Marga bajaron por la calle Calatrava buscando la Alameda de Hércules. Él iba escuchando a ella cómo fueron sus comienzos como actriz, cuando al llegar a la última manzana, se encontraron a la altura del Teatro Alameda. Él se detuvo frente a la puerta principal del teatro y le dijo:
– Este es el Teatro Alameda. Aquí, con diez años asistí por primera vez a la representación de una obra. Se trataba del Zoo de cristal de Tennessee Williams.
– No conocía este teatro. Sabía que en Sevilla están el Lope de Vega –donde estuvimos representando La vida es sueño–, el Teatro Central y varias salas de teatro alternativo como La Imperdible.
– El Teatro Alameda dedica su programación al público infantil y juvenil. Tiene una oferta muy completa de teatro, títeres, cuenta cuentos. Y en los últimos años se han celebrado también conciertos de música dentro del ciclo Territorios.
– Resulta curioso que programaran cuando tú eras niño una obra tan compleja como el Zoo de cristal. Me imagino que era una adaptación de la novela dándole un montaje y una interpretación que los niños pudieran entender.
– Sí, era una versión para niños. El director de este teatro sabe seleccionar a las compañías que acercan esos clásicos a los más pequeños. Les descubren nuevas experiencias de la vida a través de los personajes y la historia de cada obra. Ya de adolescente la leí porque quería ver cómo había cambiado mi análisis de la obra y comparar la visión que tuve entonces y la de unos años después. Me di cuenta de cómo vamos cambiando y creciendo con el paso de los años.
– ¿Es un teatro público o privado?
– Es público.
– Entonces sigue la línea de los teatros que fueron creados durante la Segunda República con el fin de ayudar a la formación de la gente y de transmitir tanto los grandes clásicos como la nueva literatura a la gente.
– Eso es. Recuerdo con gran cariño aquella primera vez que asistí al teatro. Ver cómo personas de carne y hueso interpretaban a unos personajes, les daban vida y te contaban una historia, me dejaron sorprendido. Era como descubrir un nuevo mundo. Una realidad que hasta entonces para mí era desconocida. Se me quedó grabada la imagen de la niña sentada con las rodillas de lado hablándole a su unicornio de cristal.
– Pablo, ¡qué memoria tienes! ¿Cómo puedes acordarte de tantos detalles?
– Porque forman parte de mi vida.
– ¿Te gusta recrearte en el pasado?
– A veces. Pero, sobre todo, hago mi vida mirando hacia delante. Siempre tengo presente que el futuro es el auténtico destino de la vida, es el camino que hay que recorrer y al que hay que dotar de sentido. Sin embargo, también me gusta saborear el pasado para saber de dónde vengo y cuáles son mis trayectorias. De todas maneras, ahora cuando te hablaba de este teatro y te comentaba aquella anécdota quería acercarte a tu mundo, y empezar el recorrido de la ciudad por este barrio tan afín a tu manera de vivir. Para que te hagas una idea, la Alameda es una mezcla entre Malasaña y Chueca. Es la parte más alternativa de la ciudad. Además, también quería mostrarte cómo nació mi vocación hacia el mundo de las letras. Y, en cierta medida, acercar mi mundo al tuyo.
– Buena aproximación. Me decías que la Alameda es una combinación entre Malasaña y Chueca. Ahora, cuando veníamos caminando por esta calle, me han llamado la atención una serie de tiendas, cafés y bares que la verdad me recordaban a los de esos dos barrios. Te lo iba a comentar cuando nos detuvimos en la puerta del teatro y empezaste a hablar. Es curioso, porque Madrid necesita dos grandes espacios para reunir esa amalgama de gentes y sitios. En cambio, aquí se funden en un mismo lugar. La simbiosis y los contrastes, hasta donde soy capaz de percibir, son mayores.
– Sí, lo has descrito con mucha claridad y exactitud. Es curioso el fenómeno porque para mucha gente la Alameda es un sitio distinto. Sin embargo, apenas nadie cae en la cuenta de que es capaz de reunir a personas tan diversas. Es más, las diferencias se notan más si vienes al mediodía o a primera hora de la tarde, y luego regresas aquí a partir de las once de la noche. La gente entre los cuarenta y los treinta, junto a vecinos de toda la vida, dan su estilo, su ritmo, sus inquietudes y aficiones hasta las diez u once de la noche. A partir de ese momento, es la juventud entre los veinte y los treinta la que toma el relevo. Mientras que los primeros sueñan con mantener la felicidad nacida en el equilibrio diario y, a partir de ella, vivir nuevos sueños cotidianos; los segundos toman el testigo de los años mozos de aquellos y cubren a la Alameda con sus copas, su música, sus coros de amigos, sus ligues y sus sueños de rebelión.
Éste es también el barrio romántico de la Sevilla del siglo diecinueve. Muy cerca de aquí, luego te la mostraré, está la casa donde nació Bécquer. También en eso se parece a Chueca, porque como sabes, es el Barrio de las Musas. Y las musas y los poetas desde siempre han caminado juntos. Y la Alameda de noche es la fiesta furtiva y anárquica de Malasaña los fines de semana.
Desembocaron al centro de la Alameda. Caminaron por el paseo central resguardados por las sombras de los árboles, entre cuyas ramas y copas asomaban las cabezas y los cuerpos de las farolas con formas de parábola. La tranquilidad y la limpieza que había adquirido aquel gran parterre, con la nueva reurbanización que se había ejecutado, había dotado de mayor amplitud a aquel escenario público. Ahora, sí había recuperado su esencia original, aquella destinada a ser una vía larga y ancha por donde disfrutar de un paseo en compañía. A pesar de que los más carcas de la ciudad venían lanzando dislates y monsergas en los últimos meses en contra de la nueva fisonomía, la realidad es que tanto la gente que vivía allí como la juventud que los fines de semana tomaba la Alameda, estaba encantada. Incluso los dueños de los establecimientos de la zona que durante las obras se habían quejado amargamente, ya que aquéllas incomodaban el acceso a sus locales y veían mermado parte de sus ingresos, reconocían por lo bajini que la Alameda había mejorado notablemente su presencia y que las nuevas terrazas les estaban ayudando a tener más clientela.
– Pablo, ¿y esas estructuras que están colocando entre los árboles y las farolas?, –le pregunto ella–.
– Son unas guirnaldas que cubrirán con plantas y flores todo este paseo central.
– Cuando estén terminadas va a dar gusto pasear por aquí. En primavera, será un homenaje a los olores. En verano, una tregua frente al calor sofocante. En otoño, un jardín urbano en el que guarecerse de las lluvias. Y en invierno, un paseo para que los enamorados y los amantes entren en calor.
– ¡Qué bonito lo has descrito! –exclamó él con una sonrisa entregada–.
– Un sitio como éste inspira a cualquiera. Viene una caminando por la estrechez descendente de la calle anterior y cuando llegas aquí tienes la sensación de que el mundo se expande. Es como si estuvieras en un callejón enclaustrado y, de pronto, te dejaran suelta y empezaras a sentirte libre.
– Esa es una sensación que se te va a repetir en otros sitios, ya verás. El diseño del casco medieval hace que cualquier caminante tenga esa impresión. Vas caminando por una calle larga, estrecha y con poca luz, o bien vas recorriendo varias calles en zigzag, y al final desembocas en una plaza grande por la que la luz entra desde todos los puntos. Esos claroscuros en buena medida retratan los estados de ánimo por los que pasamos las personas a lo largo de nuestras vidas. No todo es blanco ni todo es negro, hay matices. Cuando uno es capaz de saber interpretar esos colores o tonos intermedios y va hallando el equilibrio en su vida, encuentra la felicidad cotidiana. Por eso, preguntaría, ¿qué es más bella, la noche o el día? Alguien con sentido común y sabiendo vivir diría que ambos lo son, pero que también hay que disfrutar del amanecer, del atardecer y de cada momento que se nos brinda.
– No es extraño que Sevilla reuniera y formara a buena parte de los mejores pintores y artistas del mundo en los siglos XVI y XVII. Este entramado urbano que me retratas guarda en sí muchos de los secretos de las técnicas que un artesano del pincel tiene que dominar; los contrastes de luz, la luminosidad o la oscuridad, las perspectivas, las distancias, los volúmenes…
– En aquella época la ciudad era algo así como la Nueva York de nuestro tiempo. Sin ser nunca la capital del país, sí desde aquí se planificaba y ejecutaba el comercio con las Indias. Muchos de los principales consejeros y validos de los reyes nacieron acá, como el Conde Duque de Olivares. La gente más variopinta e inquieta vino a parar a Sevilla.
– Cuando gente diferente participa de la vida de cualquier sitio, éste y ellos se enriquecen. Los contrastes de los puntos de vista fomentan el debate, la discusión y los intercambios de ideas sobre los asuntos. Cuando ello se produce, siempre respetándose, la vida se expande, cobra nuevas dimensiones. El problema que yo veo, al menos en la historia de España desde finales del siglo diecinueve y durante buena parte del veinte, con la excepción de los primeros años de la transición, es el talante derrotista que adoptan los sectores más extremos.
– Estoy de acuerdo contigo, Marga. La labor que hicieron los regeneracionistas en nuestro país es digna de todo tipo de elogios. Ellos, bien por decisión propia, bien por la influencia de otras personas, se abrieron a nuevas formas de vivir. Salieron a Europa y vieron lo que en otros países se hacía. Volvieron a España y se mantuvieron informados de cuanto ocurría en otros lares a través de sus contactos, de la correspondencia, de los libros y de la prensa. Y asumieron el reto de mejorar el país y ponerlo a la altura de aquellos pueblos hermanos. Sin embargo, por sus talantes, por las circunstancias propias de la vida de cada uno y por el negativo espíritu colectivo, asumieron una postura negativa.
– Personalmente a mí me gusta más el espíritu entusiasta y vitalista de los Ortega, Lorca, Picasso, Buñuel. Ellos, aunque recibieron esa herencia de los regeneracionistas, tomaron una actitud positiva ante la vida. Vieron que el irradiar optimismo era el mejor método para lograr los retos comunes.
– Coincido plenamente contigo. En mis conversaciones con algunos amigos o familiares sobre cualquier tema, denoto todavía ese espíritu pesimista de parte del pueblo español. Hay una especie de gen derrotista que impide sacar todo el potencial y el esplendor que encierra este país. En ciudades como Sevilla, que hace tiempo viven esa dicotomía entre la España oficial y la España real, se tiende a poner primero los peros a las situaciones, a los proyectos, a las cosas. Hay un miedo al cambio, una desconfianza a lo nuevo que resulta llamativa y sintomática. Aquel viejo refrán más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, ha calado en la gente y lo aplica en su vida diaria. Te pongo un caso concreto: este bulevar. La polémica que se ha armado antes y durante las obras ha sido tremenda. Es cierto que es bueno que se genere el debate, porque eso es síntoma de que la opinión pública está viva y que participa de los problemas cotidianos que le afectan. Refleja la salud de la democracia porque todos los implicados expresan libremente sus ideas, sus inquietudes. Sin embargo, hay dos actitudes que me llaman la atención. Una es el periodo en el que se ejecuta el proyecto. Nadie o muy pocos quieren asumir los inconvenientes. La otra es que ese talante se enciende con la actitud de aquellos políticos que ponen unos plazos a las obras, acordados con las constructoras, y luego no se cumplen. Cuando lo uno y lo otro se funden, la crispación aumenta. Y ésta hace que la sensación mediática de lo que realmente ocurre se agrave y distorsione.
– Está claro que el ruido impide la calma necesaria para ver con claridad lo que realmente ocurre y no dejarse llevar por los intereses creados de unos y otros, –remarcó la actriz–.
Continuaron su trayecto a través de la calle Jesús del Gran Poder. Al llegar a la altura de la última manzana, Pablo se detuvo frente a una sencilla y bella casa sevillana de tres plantas, y le indicó a Marga que en ella había nacido Bécquer, como quedaba atestiguado por una placa de mármol blanco y letras negras colocada en la parte izquierda de su fachada. Era una práctica habitual en la ciudad colocar placas que recordaban episodios de la vida de personajes ilustres, así como de pasajes de famosas obras literarias que se habían desarrollado en determinada calle, rincón o plazuela. El arte de homenajear estaba a la orden del día desde tiempo inmemorial, lo que no estaba tan claro era si había existido el auténtico homenaje a esa persona, aquel que nace del respeto hacia su vida, su trayectoria y el tomarle como ejemplo. Era una costumbre muy española la de rendir pleitesía a alguien cuando éste era mundialmente reconocido, mientras que previamente solo sus seres más cercanos le habían apoyado para sacar adelante sus proyectos, su vida. Y el resto de la gente, unos lo desconocían, y otros le ponían obstáculos. En los últimos años, ciertos personajes y determinadas instituciones se habían llenado la boca y algo más recordando el centenario del nacimiento o la muerte de un célebre artista, o de la publicación de una obra universal; y en cambio, esos mismos no apoyaban a aquellos jóvenes que desde sus vocaciones mostraban ese talento, esa sensibilidad especial y diferente hermana de la del homenajeado de turno. Siempre se escudaban en que eran sueños de grandeza de juventud, o en que no hay dinero para todo. Y hostigaban a aquellos jóvenes osados con la puya de la experiencia criada a la sombra de la avaricia, el despotismo y la soberbia.
Ellos dos, en gran medida, eran de esa estirpe nacida a la luz de la ilusión, del amor a un modelo de vida descubierto conforme iban creciendo. Y como hijos de esa filosofía de vida habían tenido que soportar esas putadas, esos obstáculos que se habían encontrado a lo largo de sus caminos. Ahora, cuando la existencia les regalaba la alegría y el guiño de la felicidad por haberse mostrados como auténticos héroes sacados de una tragedia griega, o de una novela romántica, eran conscientes de que aquellas vivencias de la década anterior les servían para afrontar con determinación el resto de sus biografías. Ellos habían madurado para darse cuenta de que ciertos episodios de la vida curten definitivamente para saber cuál es la actitud y el compromiso necesarios a la hora de afrontar lo que les fuese viniendo, especialmente aquellas experiencias no deseadas ni previstas. Ésas que sorprenden porque llegan sin haberlas buscado y, sobre todo, porque son injustas. Sin embargo, frente al dolor, la angustia, la desesperanza, o el egoísmo envidioso y corto de miras, ambos habían desarrollado un amor propio, unas convicciones y una capacidad de lucha, que formaban parte de sus cuerpos, de sus espíritus. Eran tan suyos como la piel, los ojos o las manos.

Prosiguieron su paseo por la calle Jesús del Gran Poder hasta desembocar a la plaza de San Lorenzo. Ella se quedó impresionada por la luz de la plazuela, la fuerza de las copas de los árboles, la armonía arquitectónica de los dos templos y el toque arábigo barroco de la torre mudéjar. Pablo condujo a Marga hasta el centro de la plaza para que pudiera apreciar todos los detalles con un sencillo movimiento rotario sobre sí misma. Al posicionarse la actriz en dirección a la calle Cardenal Spínola, miró primero a la izquierda y luego de frente, y quedó seducida por las casas que allí estaban. Se acercaron al monumento dedicado a Juan de Mesa y él le explicó la vida del escultor, haciendo hincapié en el detalle de que durante tres siglos se había desconocido la autoría de la célebre imagen del Señor de Sevilla, que Mesa había tallado. Y que el descubrimiento del contrato en el que se acordaba la talla de la imagen, en los años veinte del pasado siglo, estuvo rodeado de una polémica social y mediática propia de esa mezcla estúpida de lo que se ha divulgado a partir de falsas leyendas. Ella tenía curiosidad por ver las imágenes devocionales y entraron en la parroquia de San Lorenzo. Anduvieron hacia la izquierda a lo largo de la nave de entrada, y al llegar al fondo, se encontraron la capilla con las imágenes de la Cofradía del Dulce Nombre. La artista hizo una pequeña genuflexión ante la Virgen y durante unos minutos detuvo su atenta mirada sobre el rostro de la dolorosa. Le llamó la atención los bellos rasgos de mujer joven andaluza de la talla. Pablo le explicó que Castillo Lastrucci, su autor, había tomado como modelo a una guapa prostituta que en aquella época vivía por el barrio, viéndose obligado poco después el escultor a tener que hacerle unos sutiles retoques para callar las injurias de los más conservadores. Y es que el talante de la doble moral marcaba a ciertos personajes de ese mundo cofrade.
– Es curioso que esa gente obligara al imaginero a cambiarle parte de sus rasgos y luego se llamen a sí mismos católicos. ¿Ellos no conocían la historia de María Magdalena?
– Seguro que la conocerían. Lo que ocurre es que ese tipo de gente solamente es católica de percha e imagen. Cuando se margina y se condena públicamente a una persona de esa manera, se está haciendo lo mismo que intentaron hacer aquellos que estuvieron a punto de matar a pedradas a María Magdalena. En lugar de acercarse y de intentar comprender a la persona rechazada, lo que sería propio de un auténtico cristiano, emplearon la demagogia de la moral justiciera para condenarla.
– El escultor se debió de sentir como la imagen de Cristo, abofeteado en su libertad artística y personal.
– Probablemente así se sintió. Ven Marga, allí en aquella otra capilla hay otra Virgen con unas facciones totalmente distintas.
Caminaron hacia la capilla mudéjar y se encontraron con la efigie de la Virgen de la Soledad.
– Esta dolorosa sí refleja la edad que tendría María cuando mataron a su Hijo. Es una imagen más de corte castellano, recrea el dolor y la tristeza que está viviendo.
– Es una dolorosa, como bien apuntas, de estilo más propio de la escuela castellana que de la andaluza. Si te fijas en el diseño arquitectónico de esta capilla, verás que su estructura es mudéjar y su decoración barroca católica. Ese detalle como el de la torre que remata el templo son los más significativos que quedan de la antigua mezquita. En Sevilla, como en otras ciudades de España, se levantaron iglesias católicas sobre las estructuras, las plantas o los solares de templos musulmanes.

Se giraron buscando la nave central, se acercaron al altar mayor y durante unos minutos estuvieron recreándose en la suma de detalles que lo componían. Salieron de la parroquia y se dirigieron hasta la basílica del Gran Poder. Anduvieron por el largo pasillo de la nave central que desemboca en la planta concéntrica y allí, frente a ellos, estaba la enigmática imagen del Señor en su camarín. Se sentaron en una banca y durante unos minutos estuvieron en silencio. El rostro de ella transmitía sobrecogimiento. Había quedado impactada por la dulzura y emotividad de la expresión del Señor. Marga le preguntó que si podía acercarse hasta el camarín. Se levantaron y rodearon la nave central por el margen izquierdo hasta subir al altar. A menos de un metro de la hornacina de cristal sobre la que se asienta la peana, ella sintió un escalofrío de ternura al apreciar el realismo viviente del cuerpo del Señor. Se acercó al talón de su pie derecho y lo besó. Él contemplaba las reacciones de ella, siendo consciente de que aquella visita la marcaría. Bajaron las escaleras que desembocan al lado derecho de la nave concéntrica, tomaron rumbo al pasillo central, cruzaron la espadaña y volvieron a estar en la Plaza de San Lorenzo. En aquel instante, sonaron las campanas del alminar mudéjar anunciando las dos de la tarde.

Rodearon la torre mudéjar y desembocaron a la calle Hernán Cortes. Al llegar a la altura de Casa Ricardo, él le mostró la belleza exterior de la cúpula central de la basílica. Ella, tras observar la vista externa, quedó cautivada por el silencio de aquel rincón y por la luz del Sol que irradiaba con fuerza sobre las fachadas de las casas. El periodista tomó por el estrecho pasaje de la calle Esperanza Elena Caro y al llegar prácticamente al final le indicó a la artista que mirase por la ventana principal de la vivienda. Marga asomó su vista y pudo ver cómo un grupo de mujeres bordaba en el interior del taller. Tras esa visión relámpago, continuaron su camino hasta desembocar a la calle Trajano. Cruzaron la acera y volvieron al último tramo de la vía anterior, que terminaba formando un pasaje que confluía con la calle Amor de Dios. Allí se hallaba el restaurante El gallinero de Sandra. Se sentaron en una mesa resguardada del impacto directo de los rayos solares en la terraza. Unos segundos después apareció la dueña para atenderles. Era una mujer cercana a los cuarenta, pelo castaño cortado a capas, unos ojos almendrados color miel, unas estilizadas manos y una voz profunda.
– Buenas tardes, qué van a tomar.
– Buenas tardes. Marga, ¿qué te parece una botella de vino blanco, por ejemplo, un Muga?
– Me parece bien, me gusta.
– Por favor, sírvanos una botella de Muga.
– Muy bien. Aquí tienen la carta para que vayan viendo qué les apetece comer.
– Cómo prefieres que almorcemos. ¿Pedimos varias raciones y vamos picando? O bien, te apetece más alguna entrada y un plato para cada uno.
– Prefiero picar de varios platos, más en plan tapeo andaluz
–señaló ella–.
– Bueno, pues entonces, te sugiero la parrillada de verduras, los huevos salteados y el salmorejo.
– Me gusta tu elección.
– Unos tres minutos después apareció Sara –la propietaria del restaurante–, les sirvió el vino y les anotó la comanda.
– Qué te ha parecido esta primera toma de contacto con la ciudad.
– Los contrastes me han sorprendido. Cómo en un espacio de terreno tan amplio, pero no excesivamente distantes unos lugares de otros, existe una mezcolanza de mundos tan diferentes. El ambiente más rompedor, dinámico e innovador del entorno de la Alameda frente al más costumbrista y decimonónico de San Lorenzo. Se va fijando una en el diseño de los bares, en la gente que entra en unos locales o en otros, la manera de relacionarse y adivina que son personas con vidas distintas. Son como pequeñas ciudades dentro de una misma urbe. Percibes que la mayoría de ellos han nacido aquí, pero se han criado y viven con estilos de vida diferentes. Es curioso porque si te detienes a analizar externamente ese conglomerado de personajes y escenarios, te llaman la atención unos y otros, y ambos mundos tienen su encanto peculiar. Es como si, por un lado, vivieras en un mundo realista y circunscrito a unas normas y a una estética centenarias. Y, por otro, participaras en un orbe de nuestro tiempo, con unos gustos y un diseño transparentes, una manera de relacionarse más espontánea, un sentido del respeto y de la libertad más abierto al punto de vista personal. Sin embargo, la luz esplendorosa de la plaza de San Lorenzo, la belleza agitanada de la Virgen y el magnetismo del Gran Poder me parecen eternos.
– ¡Buena síntesis! Bueno, brindemos por tu primera visita a Sevilla.
– Por esta visita y por la tuya a Madrid.
Tras brindar la pareja, apareció nuevamente la maître para servirles la parrillada de verduras y los huevos salteados con patatas. Los dos comenzaron a degustarlos con apetito, después de su fructífero primer paseo por la capital. La vinagreta y el aceite de oliva le daban un sabor especial a la verdura. La mezcolanza de pimiento verde con pimiento rojo, calabacines y berenjenas, setas y espárragos verdes, remolacha y cebolleta, regalaba una sensación de frescor a sus cuerpos necesitados de calorías. A pesar de que el termómetro no llegaba a los treinta y cuatro grados, el calor se dejaba sentir tras la caminata. Fueron dando cuenta de las verduras y de los huevos salteados. Éstos habían impregnado las patatas doradas, mezclándose las yemas jugosas con el sabor crujiente y sabroso de las patatas.
– ¡Buena elección!, Pablo.
– Me alegro de que estés disfrutando con la comida. Pensé que te podía gustar y que encajaba en este primer recorrido por la ciudad.
– La verdad es que estoy llena con lo que hemos comido. Pero, me imagino que el salmorejo tiene que estar muy rico. Creo que todavía le he dejado un hueco.
– Al ser una sopa fresca de verduras entra muy bien, tanto si queremos seguir caminando, como si prefieres que regresemos a casa y echarte una siesta, y luego seguimos esta noche. Tú eliges.
– Prefiero que regresemos. Así descanso un poco después de haber madrugado esta mañana y continuamos por la noche.
Sara salió a la terraza hasta llegar a la mesa que ellos ocupaban, les retiró los platos y las fuentes, y regresó con los dos cuencos de salmorejo. A continuación, cogió la botella de vino del enfriador y les sirvió un par de copas. Marga llevó la cuchara hasta el cuenco con salmorejo, se la metió entre sus carnosos labios y paladeó recreándose en los sabores de aquella sopa. Los aromas de los tomates, el pan migado, los pimientos, la sal, el aceite de oliva, el vinagre de vino, el ajo y los tacos de jamón eran perfectamente distinguibles los unos de los otros. Y, sin embargo, todos ellos se aunaban hasta dotar de una espesura homogénea y rica al salmorejo. Cuando terminaron de comerlo, él sirvió las dos últimas copas de vino que aún quedaban pendientes en la botella. Pablo le dio un trago y sintió la diferencia entre el sabor afrutado del caldo y el toque de aceite y vinagre de la sopa. Cuando la camarera regresó a la mesa para retirarles los cuencos y les preguntó cómo habían comido, la actriz con una sonrisa le contestó que hacía tiempo que no disfrutaba tanto de una buena cocina y le pidió que felicitara al cocinero. Sara replicó complacida con aquella muestra de gratitud. Acto seguido, él le pidió la cuenta y la dueña les invitó a una copa de licor de melocotón. Cuando él fue a pagar, la artista le dijo que invitaba ella. Sin embargo, a pesar de su insistencia, él abonó el almuerzo previa promesa de que ella pagaría la cena de esa noche.
Se levantaron y tomaron por la calle Trajano para arribar a la Alameda. Caminados los primeros ciento cincuenta metros, él se detuvo en la puerta de la Casa de las Sirenas. Aquel palacete de estilo francés decimonónico había acogido diversas actividades desde que fue levantado entre 1861 y 1864. Residencia del marqués de Esquivel, prostíbulo durante varias décadas, en la actualidad era un centro cívico que acogía exposiciones, conferencias, cursos y conciertos. Su fachada con numerosos balcones y rematada por la buhardilla disponía de vistas hacia el bulevar. Rodearon la tapia del palacio, construida a partir de los edificios de las caballerizas y del apeadero, para llegar a la parte trasera del mismo. En aquel punto, la calle formaba una especie de ele achatada. El cronista dirigió su mano derecha hacia una vivienda que estaba a la espalda de la Casa de las Sirenas. De planta típicamente andaluza, con tres alturas, la última era una buhardilla rematada con cuatro ventanales en arco. A continuación le indicó a ella que detuviera su atención en la casa contigua. Ésta tenía tres pisos más el cuarto rematado por la zona abuhardillada. Él le indicó que la diferencia de altura de las dos buhardillas era la manera que tenían los que habían hecho fortuna en América de demostrar su posición social y económica. Ella le respondió que aquello era un rasgo muy característico de cierto tipo de español, más preocupado por la apariencia pública y el hacerse notar, que por evitar envidias y roces absurdos que acaban por enturbiar la convivencia.
Continuaron por la calle Santa Clara hasta converger al Convento del mismo nombre. A ella le llamaba la atención la cantidad de templos religiosos con los que se había topado en aquel primer paseo por la ciudad. Él le argumentó que eso era debido a que el casco medieval de la metrópoli se había construido a los ecos de la Reconquista, y que al datar de aquella época, con las variaciones propias de todo proceso histórico urbano, la jerarquía eclesiástica y la nobleza habían dejado su huella. En el compás del claustro, se hallaba la Torre de Don Fadrique, único edificio vigente del otrora palacio. La torre de planta cuadrangular se expandía por las cuatro manzanas de los otros tantos puntos cardinales, dejándose ver los estilos románico y gótico mezclados en los diferentes tramos de sus fachadas. Tras ir haciendo zigzag a lo largo de la fachada este, se adentraron entre las calles Las Lumbreras y Becas, y él le enseñó una muestra de las antiguas casas de vecinos. En ese tipo de viviendas habían vivido numerosas familias compartiendo cocinas e improvisados cuartos de aseo durante los años de la posguerra. Hoy en día, esas construcciones se habían convertido en apartamentos y pisos de lujo, aprovechando su sólida estructura, la inteligente distribución de las estancias, las numerosas entradas de luz natural y su estratégico enclave en el casco urbano. Incluso, alguna que otra de aquellas casas de vecinos era un coqueto hotel.
Aunque las manecillas del reloj estaban a punto de dar las cinco de la tarde, el haber caminado entre calles y edificios resguardos del Sol había hecho más grato ese último tramo del paseo. Salieron a la esquina de Torneo con el inicio de la calle Calatrava, cruzaron el paso de peatones y cinco minutos después habían llegado a la vivienda de él.
Pabló le mostró la habitación que iba a ocupar y le dijo que en el ropero tenía las perchas que le fueran necesarias para colgar su ropa. Ella cogió su maleta y la llevó hasta el dormitorio. Colocó el equipaje encima de la cama, lo abrió y comenzó a sacar con cuidado toda su vestimenta y demás pertenencias. Con tranquilidad dispuso todo su vestuario en el armario y situó su bártulo junto al guardarropa. Se giró y alcanzó un pareo blanco que había dejado sobre la cabecera de la cama, se calzó unas zapatillas blancas de esparto y tomó el neceser.
– Muy bien. ¿Te apetece un martini?
– Sí, me apetece. Si puedes preparármelo con una aceituna, te lo agradezco.
– Eso está hecho, –le respondió él–.
El periodista se marchó a la cocina y sacó todos los utensilios necesarios para preparar unos cócteles de martini. Cogió dos copas con forma ovalada y abiertas hacia los bordes. Abrió la bolsa de hielo, extrajo cuatro cubitos y empezó a picarlos con cuidado con el mortero. Tras tenerlos triturados en porciones similares, los distribuyó entre las dos copas. Cortó un par de rodajas de limón y con cada una impregnó los bordes de cada cóctel. Sirvió los martinis por encima de las aristas de los hielos e introdujo sendas aceitunas pinchadas en dos palillos. Puso las dos copas y un cuenco con frutos secos en una bandeja de madera junto a unas servilletas, y se dirigió al salón. Dejó la bandeja en la mesa baja del centro y encendió el equipo de música.
Él comenzó a buscar entre su discoteca y eligió el CD de Dayna Kurtz titulado Beautiful Yesterday. La primera canción que seleccionó fue Love where did you go. Al sonar los primeros acordes de aquella sugerente, vibrante e íntima canción, apareció Marga por la puerta del salón. Llevaba puesto el pareo blanco de lino que envolvía su cuerpo a la altura de sus senos cayendo hasta poco más abajo de la entre pierna. Su curvilínea figura, propia de una Venus urbana del siglo veintiuno, marcaba los pliegues de la fibra en cada centímetro. Su melena aún mojada hacía más sensual e insinuante su presencia. Pablo tragó saliva ante aquella imagen, hecha mujer, que se le estaba presentando. Ella se sentó en el sofá junto a él a una distancia de un cuerpo. Se reclinó sobre el respaldar y dejó caer sus zapatillas de esparto sobre el suelo.
– Bueno, habrá que probar ese martini. Tiene muy buena pinta. Además, como lo has preparado tú, seguro que me gusta.
– Gracias por el cumplido.
Marga y Pablo cogieron sus respectivas copas, brindaron y le dieron un sorbo al cóctel.
– Está en su punto, has logrado mezclar el sabor dulce del martini y la acidez del limón, y está a su temperatura. Eres un tipo curioso, Pablo. Buen periodista, magnífico guía turístico, divertido, caballero. Y hasta buen barman. ¿Qué hace un hombre como tú sin pareja? ¿Es que las mujeres de hoy no saben apreciar una especie en extinción?
– Bueno, yo practico la filosofía del amigo amante.
– Amigo amante, ¿en qué consiste eso?
– Imagínate que un día conoces a un hombre. Empiezas a tener contacto con él y descubres que estáis a gusto, y que existe atracción por ambas partes. Sin embargo, a ti o a él no le apetece comenzar una relación sentimental. Entonces, decidís por mutuo acuerdo que podéis contar con la otra persona como amiga y además compartir relaciones sexuales.
– ¿Y si uno de los dos se acaba enamorando del otro?
– Depende de si a lo largo de esa historia el otro también termina por enamorarse de la otra persona, o no. Si no se le despierta ese sentimiento diferente, esa ilusión por intentar compartir sus vidas, esa voluntad por dar el paso adelante, entonces posiblemente pasen a ser amigos. Siempre y cuando la persona que se enamoró sea capaz de entender que no es posible el amor de pareja entre ellos y lo acepte.
– ¿Y crees que hay mujeres dispuestas a ello?
– Me imagino que habrá algunas que estén abiertas a esa posibilidad. Otras que ni se lo planteen. Las habrá que tengan dudas y decidan o bien dar el paso adelante y vivir esa aventura, o bien al final echarse atrás. Creo que lo más importante es ser sincero con uno mismo y con la otra persona. Para mí lo peor que se puede hacer es crear una serie de falsas expectativas al otro y luego huir. No creo que sea justo embaucar a alguien diciéndole que quieres compartir tu vida con ella y que estás enamorado, y realmente la utilices por el mero placer sexual. ¿Tú qué piensas?
– Desde luego estás siendo totalmente sincero y honesto con tu posición. Ninguna mujer te podrá acusar de utilizarla. Sin embargo, habrá alguna fémina que piense que tal vez ese planteamiento tuyo sea una excusa y realmente intente vivir una relación sentimental contigo. Es posible que para ella sea un estímulo el intentar enamorarte, acepte esas condiciones en un principio, pero siempre con la vista puesta en acabar siendo tu pareja.
– Marga no soy quien para determinar lo que a una persona se le puede pasar por la cabeza, o lo que decida hacer en una circunstancia concreta. Pero tengo claro que aquella que adopte esa actitud se estará equivocando. Sé lo que quiero vivir en esta etapa de mi vida y qué no.
– ¿Acaso tienes miedo a enamorarte?
– No, sinceramente, no tengo miedo. Marga, solamente la muerte o una enfermedad terminal pueden impedir eso. A veces, nos dejamos llevar por las influencias de la gente de nuestro alrededor y de los hábitos más tradicionales. Parece que hay una edad para echarse una pareja, unos años para casarse, otros para tener hijos. Creo que quienes viven así se equivocan o simplemente asumen un modelo de vida heredado de sus mayores. Con todo mi respeto, cada cual es libre de vivir como quiera, pero son personas que van a lo fácil a corto plazo. Y claro, luego, cuando se casan o conviven, empiezan a aparecer los problemas de entendimiento. Entonces, surgen las discusiones, los roces, hasta que terminan por separarse o divorciarse.
Si me preguntas, ¿quieres vivir según ese patrón de vida? Tengo claro que no. Volveré a enamorarme cuando haya una mujer que me atraiga plenamente y exista una complicidad y un compromiso real entre ambos. Es posible que, pese a todo, no termine de funcionar. Acepto que eso pueda ocurrir, pero no quiero ir dando palos de ciego y apostar por una relación sin que tenga consistencia.
– Pablo, eres contundente en tus argumentaciones. ¿Eres igual de brillante para todo?
– Depende a que te refieras con la expresión para todo. Es cuestión de descubrirme y después sacar la conclusión pertinente. Si me preguntas: ¿eres bueno en la cama? Te diré que me pruebes y veamos si nos entendemos y disfrutamos los dos.
– ¡Ah!, ¿pero me estaba refiriendo a tus cualidades sexuales?
– Bueno, al emplear la expresión ¿eres igual de brillante para todo?, desde luego no podrás negar que las excluías. Tampoco puedo afirmar con rotundidad que solamente quisieras referirte a ellas. Sin embargo, es obvio que cuando nos sentamos aquí a escuchar música, disfrutar del martini y descansar un rato, dijiste que era un buen periodista, un magnífico guía turístico, un caballero y divertido. Es más, apuntaste con tono persuasivo que si yo preparaba el cóctel, seguro que te gustaba. Y ahora me toca a mí preguntar, ¿acaso te atraigo?
– Será cuestión de que lo descubras –replicó ella–.
– Solamente se me ocurre este método –remarcó él–.
Él dirigió su mano derecha hacia el cóctel. Tomó la copa y con su mano izquierda cogió la banderilla con la aceituna. Mojó ésta en el martini y lentamente la acercó hasta rozar el centro del labio superior de Marga. Hizo un ligero movimiento hacia abajo con el palillo de manera que parecía que ella besaba la oliva. En ese momento ella esbozó una leve sonrisa de placer y con su lengua comenzó a juguetear con la aceituna. Abría lentamente su boca, asomaba la lengua y rozaba con su borde el cuerpo de aquélla. En uno de aquellos contorneos, él se acercó a escasos dos centímetros de sus labios y le sopló susurrándole hacia el cielo de su boca. Ella parpadeó con sus ojos y emitió un profundo suspiro. Ante aquella reacción, él agachó levemente su cuello y comenzó a soplarle debajo de la barbilla. Dejó la aceituna en el vaso y con su nariz fue acariciando el lado izquierdo del cuello de ella hasta llegar a la altura de su oído. Al sentir el lóbulo de su oreja, él le brindó un intenso mordisco con sus labios. Metió su lengua en el carril de aquélla y cuando logró formar en su boca una gota acuosa la dejó caer sobre el orificio de ella.
Pablo alzó sus dos manos hacia la testa de Marga y arrastró sus dedos desde el comienzo de la melena hasta sus sienes. Cuando hubo alcanzado con sus dos manos la coronilla de la actriz, comenzó a darle un masaje suave con las yemas de sus dedos. Ella se dejaba llevar por las sensaciones que su cuerpo le iba transmitiendo y movía lentamente su cabeza, mientras sus cejas y párpados empezaban a hallar la relajación propia del placer. Él con sigilo se fue incorporando en el sofá y le dio un giro de ciento ochenta grados al cuerpo de ella, de manera que ahora ella le estaba dando la espalda. Le levantó la melena y se la llevó hasta su hombro izquierdo, dejándola reposar sobre aquel. Cuando tuvo libre todo el lado derecho del cuello y del hombro de Marga, Pablo comenzó a darle pequeños mordiscos con sus labios y dientes. Tomó los largos brazos de ella, los unió a los suyos y empezó a acariciarle las palmas de las manos con sus uñas. Sin prisas, fue subiendo sus dedos hacia los brazos hasta llegar a la altura de sus senos. Una vez alcanzada esa zona de la figura, como si de dos imanes se tratarán, fue llevando sus manos hasta el centro de la espalda de ella. Desató el lazo que sostenía el pareo y con delicadeza fue dejando al desnudo el torso y el tren inferior de la artista. La tela de lino quedó circunscrita a las caderas de ella como si de una aureola se tratara.
Ella dejó caer su espalda sobre el pecho de él y giró levemente su cuello hacia el lado derecho buscando la boca del amante. Comenzaron a besarse, mientras que con sus torsos bailaban al son que sus deseos les marcaban. La libido de ambos iba alcanzando nuevas cotas, dejando notarse sobre sus órganos genitales que se iban excitando conforme ellos profundizaban en su grado de compenetración. Para alcanzar un nuevo estadio de éxtasis, él alcanzó una copa y con cuidado fue dejando caer lo que quedaba de martini sobre la parte frontal del cuello de ella, que sintió como su canalillo se convertía en un improvisado curso de un río de placer.

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