Escenas toledanas I

Va llegando la noche a la capital de Castilla la Mancha, y un bebé ya ha comenzado su romance nocturno de cada día. Su mirada profunda e intensa descansa para continuar su descubrimiento del mundo y de la vida el día siguiente. Su cuerpo reposa relajado en el interior de su cama. Su padre busca en su reencuentro el camino que le conduzca a hacer la paz con la ansiedad. Esa primera visión desde el dintel de la puerta son los primeros metros que recorre hacia el sendero de la tranquilidad. Se gira y transita nuevamente hasta la terraza de la vivienda. Desde allí, el Parador, las colinas y un tramo del Tajo se dejan mirar a toda persona capaz de quedar seducida por la belleza bimilenaria del escenario y del paisaje. Su mujer, una valiente e inteligente viajera llegada desde las tierras polacas, encierra dentro de sí el amor y la pasión que él, “abrazo del Oso”, ha sabido despertarle en los últimos años.

Las estrellas y el cielo se presentan ante los ojos del amigo visitante desde la tumbona regalándole una visión idílica. La gata, que permanece en el tejado de la vecina, compartiendo el tiempo del amor con su gato, decide presentarte ante aquel. Como toda felina necesita hacerse presente y sentir una tierna caricia sobre su cabeza de pelo gris aterciopelado.

El viajero de fin de semana y el cabeza de familia, tras saborear la hospitalidad de la regenta materna, continúan su viaje para adentrarse en la serranía toledana. El pueblo les recibe en vísperas de celebrar sus fiestas veraniegas. Allí, en la puerta de casa, el primogénito, tan mayor como sus tres años le permiten, espera con su eterna sonrisa la llegada de su padre de la mano de su abuelo y abuela. Mr. Marshall, a diferencia del de Berlanga, detiene su carro alemán y acoge entre sus brazos a su vástago que continúa con su particular homenaje. Es casi imposible no ver al chaval desplegando su luz hecha sonrisa a través de su rostro y de sus pupilas. El abuelo le regala las atenciones que su vida profesional le negó a su padre. La abuela vuelve a sentirse joven al tener la ocupación de su nieto. Los churros –porras en lenguaje español de la Castilla Vieja– están allí para que los viajeros den cuenta de ellos. El buen aceite de oliva y la masa bien hecha entran en sus bocas con ya horario de vacaciones de fin de semana. Las manecillas digitales de los móviles profesionales dejaron de funcionar porque también han pedido asueto.

Aunque el sábado ya ha entrado en su madrugada, la permisividad del estío y de las celebraciones locales les permite sentarse en la terraza de un bar para dar cuenta de unos sabrosos filetillos de ciervo y de unas croquetas caseras. Una joven y atractiva camarera les atiende con dulzura y profesionalidad.

El último gesto que muestra la transición del estrés a la relajación es que el buen anfitrión deja entera la copa de ron con cola…

Comentarios

Entradas populares