Algeciras, nexo de encuentro

Decía el maestro Julián Marías que las fronteras no eran punto de separación, sino de encuentro. En ellas, argumentaba él, se produce un fenómeno de origen biológico, pero de una indudable fuerza y esencia social, la ósmosis. Ese proceso permite que los cuerpos, en este caso las personas, las sociedades, los pueblos, los estilos y las filosofías de vida entre en relación. Y al relacionarse, debaten, discuten, dialogan y encuentran puntos de conexión en aquellos temas o hábitos de vida en los que se produce el entendimiento, la sinergia. También como consecuencia de ello, se generan puntos de desacuerdo, de fricción. Sin embargo, este último puede ser positivo siempre que se haga por cauces humanamente democráticos.

Para que ello sea posible es necesario un arduo trabajo de mezcolanza, de intercambio de vivencias, de afrontar retos y problemas comunes. Y cuando se produce desde unas tomas de posición sinceras, honestas, leales, que pulen los puntos de vista iniciales, por uno mestizo mejor, tiene lugar la germinación del nuevo fruto: una convivencia más sana, una coexistencia más plural y democrática. Algeciras, para el europeo que arriba hasta allí, es una tierra que lo hace posible. Su posición estratégica, su casi bimilenaria historia de relación entre ambas orillas del Atlántico, su ya histórico paso del Estrecho de cientos de miles de inmigrantes, turistas y viajeros de ambos lados cada verano, las relaciones comerciales…, permite que sea así.

El europeo, llegada la hora del almuerzo, decide sentarse en una terraza de un bar marroquí. Cobijado por la hermosa y grande copa de un ficus que abarca media plaza, se sienta en una mesa rodeado de árabes que han ido allí para disfrutar de la tertulia, de un tentempié previo a la comida, o de su almuerzo. El camarero propietario le hace conocer uno de los secretos del té servido a la manera árabe: no mezclar con hielo, dejarlo enfriar, para que conserve sus esencias primigenias. Tomémoslo así, siguiendo la norma de la casa, de aquella cultura. Aún así, respetando aquel principio posiblemente centenario, tiempo después se sigue cuestionando la posibilidad de tomarlo en ciertas ocasiones con unas escarchas de hielo.

Sin embargo, allí sentado, mientras observa la intimidad social de los árabes, el europeo disfruta no solamente de la comida, del atento servicio, de una bella plazuela andaluza y del hermoso ficus, sino que también ve in situ una genial costumbre Tuareg. La descubrió leyendo a Ortega y asimilando su Teoría de las Generaciones. Éstos cuando transitan por el desierto en busca de un oasis, al hallar uno, van a beber a la fuente. En ella, cada uno bebe y deja su puesto a otro. Es un lema de caravana, es un lema de generación. Es necesario que los europeos y otros pueblos no solamente los de una misma generación, sino también de otras generaciones, asimilemos ese adagio de vida y lo pongamos en práctica. Seguiremos…

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