Periodismo y opinión pública, un equilibrio difícil

La democracia española se ha ido consolidando en las tres últimas décadas gracias a la labor dinamizadora de los medios de comunicación y a la cada vez más activa participación de la ciudadanía en el debate social. El español, un pueblo dado a la tertulia y a los comentarios de todo tipo desde el ámbito interpersonal hasta la esfera social, ha ido forjando junto a sus instituciones políticas, jurídicas y mediáticas un foro de discusión público. Como todo proyecto tiene sus momentos de indudable brillantez, otros de continuismo, fases de uniformidad en los temas tratados y en las posiciones mantenidas por cada grupo de interés, y episodios lamentables. Sin embargo, el balance que podemos hacer de conjunto es razonablemente bueno. Ahora bien, toca seguir haciendo, aprendiendo de los errores cometidos, consolidando los aciertos alcanzados, innovando en nuevas trayectorias.

El nacimiento de los medios de comunicación on line también está fomentando nuevos foros de opinión. Desde cabeceras nacionales con repercusión internacional, nacidas en los albores de la transición democrática, punta de lanza de sus macro empresas informativas y editoriales, hasta los más jóvenes y modestos periódicos on line, están asistiendo a esa participación de la sociedad civil. Asunto este último muy demandado desde todos los sectores y la mayoría de las instituciones para seguir expandiendo y profundizando nuestro sistema constitucional. ¿Qué ocurre según nos hacen saber periodistas que a diario trabajan codo con codo con las opiniones y discusiones que se generan en la Red?

Uno de los principales obstáculos a salvar es el del respeto a las opiniones del otro, de los demás. A veces, más de lo que fuera conveniente para la salud, la convivencia y la coexistencia democrática, las posiciones se enquistan. En ese momento, el ciudadano A se cierra en banda ante los planteamientos de la ciudadana B. ¿Qué consecuencias tienen esos comportamientos, esas actitudes? ¿Cómo es posible reconducir la situación? ¿Hasta qué punto es valioso, decisivo, reconocer el error propio y alegrarse del acierto ajeno?

Decía Ortega, tras analizar larga y seriamente la opinión pública, desde el más modesto ciudadano hasta el más genial de los científicos de cualquier disciplina, que el problema radicaba en creernos siempre en conocimiento de la realidad o de lo que podía llegar a pasar, siendo ignorantes de esa realidad o de ese futuro por venir. Matizaba él que uno de los grandes problemas era darle la palabra a un brillante físico que con su trabajo y el de su equipo nos estaban ayudando a entender el Universo y su funcionamiento, para que con la misma autoridad, por ejemplo, nos ilustrase sobre la política internacional sobre cuyo discurrir tenía un punto de vista poco formado. Ante situaciones de esa importancia, de esa gravedad, ¿dónde empieza la libertad de opinión, de expresión, y cuáles son sus límites –entendiéndose éstos sus obligaciones y responsabilidades? Tengan claro l@s lectores que desde aquí concebimos los límites con una visión positiva…

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