Esperar, un arte

Hay gente que se lanza a los centros comerciales a ver el estreno de una película. O a vivir el primer día de rebajas. Debe ser que escucharon La guerra de los mundos de Orson Welles o que alguien de su familia les contó esa historia. Como buenos bebés de entonces, echaron a andar su imaginación y dan casi todo por creíble. ¿Y si el film resulta ser un chusco, un producto magníficamente vendido por una labor de marketing propia de listos? ¿Se van a acabar esos pantalones que supuestamente te hacen divina de la muerte, o son los únicos con los que puedes estarlo?

Pero también ocurre ese comportamiento, nacido en un ejercicio de profunda meditación colectiva, con los colores políticos. Buenos y malos, en función de si votas a aquel o al otro. Curiosa noticia la que hace unos días salía en un periódico de provincias. En una fosa colectiva se han encontrado cadáveres de uno y otro bando. Por tanto, todos fueron responsables, todos sufrieron. ¿Podemos hacer un ejercicio sereno, sin interrupciones y sin prisas, de cómo evitar ese tipo de comportamientos y realmente consensuar las decisiones decisivas para la comunidad? Ello implicará dejar los egos y las soberbias a un lado. Y aplicar un sentido de colaboración y de escuchar como exigen las circunstancias.

Si nos movemos en el campo de los deportes, parece que solamente existen los colores patrios o este o aquel deporte cuando un deportista o equipo logra ser el mejor. ¿Y no es la excelencia esa lucha callada, constante, sincera, de día tras día durante años haciendo renuncias, hasta alcanzar los logros soñados?

Por todo ello, saber esperar es un arte vital. Y escuchar solamente a aquellos que aportan luz, parte del método. Otra parte del mismo, aplicar el silencio con aquellas otras cuyo gran logro es hacer ruido.

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