Las cuatro estaciones en un rostro

Estaba sentada en la orilla de una playa urbana. Sobre un asiento rojo dejaba reposar su cuerpo digno de la paleta de un colombiano genial. Si hubiera alcanzado esta etapa de su vida en los tiempos de Rubens, los maestros de la pintura se la hubieran disputado para que fuera una de sus musas y compañera de tertulias. Le habrían abierto las puertas de sus cerrados mundos masculinos sedientos de la presencia femenina y de su perspectiva cultivada con tesón agrícola desde su niñez. Ya nos recordó el maestro Ortega que la primera cultura fue la agrícola, y ella como sabia Madre Tierra había hecho la transición a la urbe universitaria llevando consigo el pozo de la felicidad en el campo.

Cuando el otoño estaba llegando a nuestras calendas, con rebrotes veraniegos al mediodía, su rostro iba pasando de una estación a otra según las emociones y los pensamientos se iban agolpando al calor de su mente y de la conversación. Un gesto cuasi agresivo y contundente con las cejas reafirmó el talante de fiscal que cuajó cuando fue heroína de las mujeres a finales del siglo XX. Una Libertad del siglo XXI llegada desde las tierras onubenses, donde años atrás había vencido las cadenas de las vidas con poca transición. Y, sin embargo, como todo otoño que se precie, aquella inicial furia facial caminó hacia una dulce sonrisa de primavera. Recordar sus pasos hacia adelante con la milenaria acupuntura, vacilar con ilusión con los planes de su nueva amiga gaditana, y echar a fuera los sapos de una inoportuna conversación del día anterior, hicieron que emergiera su nobleza irradiando una flor hecha sonrisa. Donde unos minutos antes caía hielo y nieve sobre su cosecha, ahora aparecía un jardín esbozando una paz largamente buscada.
¿Dónde encontrar ese punto de equilibrio?, se preguntaba ensimismada ella. En ti, en todas aquellas personas y vivencias que te transmitan ilusión, cercanía y proyectos vitales.

Nuevamente, cansada de estar sentada sobre aquel butacón de Coca Cola, se levantó enérgica la melancolía otoñal reafirmándose su figura sobre el asiento que ocupaba su amiga. Allí de pie, bolso de mando y dama al ristre decidió coger el ejército de la amistad como compañero de viaje. Era una generala dispuesta a seguir dando batalla.
Se giró y acompañada por sus dos amig@s, se encaminó hasta el cuartel general de su casa. El retrato mitad literario, mitad electrónico, mitad burlón, era una atrevida hoja de ruta para que ella reencontrara en la poesía, en su mundo interior, una muleta izquierda con la que dar un pase de pecho definitivo a la Fiscal que se había creado con las experiencias de la vida…

¿Dónde estás cuenta cuentos? –le espetó desde el balcón de su casa una adolescente cuasi mujer. Ella giró su rostro hacia su torso izquierdo buscando el libro que llevaba consigo. Buscaba como Don Quijote aventuras en obras de múltiples ciencias y caballerías. Aquella chavala al ver el gesto de la Generala, con sorna y picardía le recordó: no leas más madre Mía, y lánzate a vivir, que gracias a eso yo estoy aquí…

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