Miedos y democracia

Vivimos en una sociedad, en un mundo occidental, regidos por Estados de Derecho, por sistemas democráticos parlamentarios. Y, sin embargo, en el día a día, much@s tienen miedos a perder sus libertades, sus derechos. Y reaccionan evadiéndose, quitándose de en medio, dejando que otr@s hagan por ell@s. Y ést@s últim@s actúan a su antojo, a su libre conveniencia. ¿Dónde está la madurez vital para dar un paso al frente y convertirse en una persona luchadora junto a decenas de miles, y decir hasta hacer realidad el lema HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO?

Confunden un superfluo bienestar económico con la felicidad. Por eso, después de una semana laboral de tensiones, buscan en los centros comerciales masificados, en los bares llenos de gente, el refugio de la evasión efímera y vacía. Recurren a la cocaína, a la bebida, a las relaciones de usar y tirar para dar la apariencia de ser guays, super hombres y mujeres. Cuando en definitiva son fantasmas de espejos sin cristal. ¿Para eso estudiásteis una carrera universitaria? ¿Era ese el sentido de una vida en pareja? ¿Qué valor más allá del sueldo tiene currar como hórmigas cada semana?

Afortunadamente, frente a ese retrato de muchas ciudades europeas, occidentales, existen en ellas y en otros lares, otras gentes, otras maneras de vivir, otros escenarios. Son las inmensas minorías que llevan una vida coherente a pesar de las dificultades de vivirla. Ellas son conscientes de la dureza que supone vivir, pero lo hacen con alegría, sabiendo que es tan humano reír como llorar. Y que la risa es una terapia contra el dolor. Y una lágrima, un sueño consumado que libera tensiones.

Por todo ello, reividiquemos desde el compromiso diario los modelos que ofrecen aquellos que después de cumplir con sus obligaciones laborales, son capaces de disfrutar de una comida en la mesa compartiéndola en íntima y sincera conversación con los suyos. Esos para los que la televisión no existe cuando padres e hijos, o parejas, o simples amigos, se sientan a comer.

Postulemos el paradigma de las dos amigas que disfrutan de las tardes paseando y haciendo deporte en un entorno maravilloso como es un río. Ese que con sus aguas, sus mareas, su vegetación propia y la creada en torno suyo, nos regala serenidad, armonía, belleza.

Tomemos como ejemplo a esas mujeres que estando una fastidiada emocional y físicamente, a pesar de las discusiones mantenidas a lo largo de sus vidas por haber vivido la amistad, son capaces de ir limando asperezas y ser solidarias entre sí.

¿Qué es necesario para pasar de un cuadro a otro? ¿Queréis ser hij@s de la transición más allá de haber nacido en ella? Entonces comportaros como adult@s. Dejad de vivir con miedos, y hacedlo con coherencia y libertad. Esto último exige esfuerzo, constancia.

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