Réquiem por un fantasma

Estaba corroido por la envidia y la impotencia. Su pelo a punto de ser la cumbre nevada de alguien que no llegó a los cuarenta, fruto de la vida de rata que se había ganado, marcaba la temperatura de los últimos meses de su existencia. De niño gafota acomplejado a padre irresponsable incapaz de sacar adelante a sus vástagos. Los pequeños gracias al talento y a la capacidad de lucha de su mujer y de sus mayores, salían adelante con felicidad y con las necesidades básicas cubiertas. Él hacía tiempo que los había abandonado afectiva y económicamente. Aquella dama se había ahorrado años de infeliz matrimonio; los bebés un retrato que les acompañara vacío de todo el resto de sus días.

El infarto, acompañado de una sirrosis galopante, le concedió la medalla de oro en el olimpo de los poetas que no publicaron ni una línea más allá de los panfletos mediocres con los que se regodeó en su Villa. Era la morgue buscada por alguien que en la vida solamente había aprendido a ser un fanfarrón de tasca que iba mendigando trabajos de los que era despedido paulatinamente. Entonces como cualquier perdedor cogía sus armas favoritas, las únicas que aprendió a usar en su vida, el alcohol y la droga barata.

Descanse en paz semejante fantasma con tarjetas de defunción que repartía a quien como él vivía de la caridad de otros.

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