Crecer desde el silencio

La terapia del silencio, así se llama un tiempo nacido en la era de la Red. Si Internet nació como consecuencia de las tensas relaciones entre Occidente y parte del mundo aliado con los revolucionarios soviéticos, alrededor de setenta años después, el correo del Zar vuelve a traer una misiva, esta vez electrónica, para disfrutar del aroma de la concordia. Ofrecido el tabaco americano por la India, cuya estirpe mezclaba ADN desde romano a castellano de tierras limítrofes entre Híspalis y Gadir, el castellano portugués de nariz aguileña estaba dispuesto a saborearlo. Siempre y cuando, ese sea el auténtico contenido de los mensajes cibernéticos transmitidos por la asimétrica figura de melena etrusca.

Y es que el silencio es enemigo del ruido, de la confusión, del egoísmo propio y de los recuerdos de un tiempo de entrega no correspondida. El deseo nace de la ilusión de compartir. Y qué experiencias pueden vivir personajes regados sus cuerpos por experiencias tan diversas. Nunca se sabe a ciencia cierta, por cuanto la vida es el secreto a descubrir. Sin embargo, la virtud de las actitudes intermedias es ayudar a entender y negociar las necesidades de cada una de las personas implicadas.

La separación, aliada de las épocas de enemigos enfrentados, abre la senda de un futuro por diseñar aunque solamente sea en el mapa de la imaginación soñada mientras se está con los sentidos abiertos. La terapia del deseo ayuda a liberar las toxinas de la agresividad y a descargar la emotividad que como un virus dañino se intenta colar en el CD ROM de la trayectoria personal. Más aún cuando las biografías de dos seres se cruzan. Decían los antepasados que la unión hace la fuerza.

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