La desconfianza ganada a pulso

Cuando alguien se implica en un equipo de trabajo con un grupo de personas, el cumplimiento de la palabra dada respecto a las decisiones tomadas es clave para que el trabajo del mismo salga adelante. Y también para que se establezca un buen ambiente entre sus miembros. Cuando eso no se produce de manera sistemática, diaria, entonces el único camino que queda es dejar de formar parte del mismo. Es lo más sano para quien se ve obligado a tomar esa decisión, y lo más justo ante la falta de ética de quien incumple un día tras otro con la palabra dada, con los compromisos adquiridos.

Seguir formando parte de esa filosofía de trabajo, de esa manera de querer tratar a la gente, es dejarse engañar con cambios que nunca se producirán en la manera de proceder de quien actúa con mentiras, compromisos incumplidos, y una detentación caciquil de sus funciones. Dice el refrán castellano "si quieres saber quién es menganito dale un carguito". En buena medida, una de las razones que llevan a cualquier empresa, a una institución, a perder el rumbo, a tener pérdidas, radica en la elección de esa supuesta autoridad profesional. Cuando se yerra en la persona elegida, aunque a corto plazo, los resultados la avalen; a largo plazo, saldrán a la luz las carencias, las decisiones erróneas, el equipo de trabajo roto, las cuentas en negativo. ¿Quién tiene la responsabilidad de ello? La persona o el órgano responsable de la organización, su máximo accionista, su consejo de administración.

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