Sintra, hospitalaria

Cuando arribé a la estación, la cercanía con la parte trasera de la misma y de ésta para con la parada de taxis, me hizo tomar la salida más práctica de aquella. Una sencilla cancela verde conducía hasta la calle donde se encontraban estacionados un par de taxis a eso de las siete y cuarto de la mañana. Al día siguiente descubriríamos el bello artesonado de cerámica que daba vida y prestancia al interior de la estación. Me senté en el interior del Wolkswagen Skoda donde sentí la comodidad de su tapicería de cuero, del reposacabezas y del espacio vacío para estirar las piernas. Le informé al taxista de que el destino era el Hotel Pestana Sintra Golf. Con la ventanilla semiabierta pude notar el frescor del aire limpio de la sierra sintrense. Aquel aire era un nuevo alivio frente al aire acondicionado del autobús hasta Lisboa y del paisaje urbanístico propio de treinta años atrás. Me di cuenta de que a pesar de la idea inicial de haber dejado en consigna el equipaje en la estación de Sete Ríos, había sido mejor optar por tomar rumbo a Sintra y al hotel aunque no pudiera entrar hasta las doce de la mañana en la habitación. Siempre sería más fácil andar recorriendo el paisaje campestre, que intentar ir descubriendo el encanto de Lisboa con el cansancio noctámbulo a la espalda.
Cuando habíamos recorrido los primeros kilómetros, pasamos por una de las dos puertas del Museo del Bonsai, haciéndole un guiño mi imaginación al pasado político nacional de la transición. ¿Qué encontraría aquel presidente en el cuidado y cultivo de los pequeños arbustos? ¿Se pararía a meditar sobre las cuestiones de gobierno? Si aquellos árboles pudieran hablar, ¿qué historias de Estado o personales podrían narrar? ¿Qué paz o que descanso le aportaría verse delante de sus bonsáis?

Tras unos primeros kilómetros subiendo cuestas, el taxista llegó hasta la zona del Valle de Sintra donde se podían ver sucesivas señales de tráfico indicando la ubicación del hotel y del campo de golf adyacente. Nos adentramos en la urbanización de descanso para la clase media alta portuguesa donde estaba el hotel en un trayecto que duró unos diez minutos. Allí, junto a los chalets terminados y con sus propietarios disfrutando de sus días de vacaciones, se hallaban otras moradas en proceso de edificación. Dado el horario de trabajo veraniego en la construcción, ya se veían albañiles mulatos, blancos y negros inmersos en las tareas cotidianas.
El taxista me dejó en la puerta del hotel y le aboné los siete euros cincuenta de la tarifa. La recepción del hotel estaba a la izquierda de un vestíbulo con forma de ovoide rectangular. Allí me atendió un recepcionista de unos treinta años. Dados mis datos, me comentó que mi habitación era la 1257 y que hasta aproximadamente las doce no estaría disponible. Una vez dejada la maleta en la consigna, me dirigí hacia el jardín de la piscina. Un operario negro estaba en esos momentos pasando el limpia fondo a la piscina mayor, que como la pequeña, tenía forma de estrella.

Me acomodé en una silla de nea con el propósito de seguir relajándome tras el viaje y de tener una primera toma de contacto con el hotel, para decidir qué hacer hasta las doce. Atisbé a mi izquierda uno de los hoyos del campo de golf y la sede de la casa de campo. Ya se empezaban a dejar ver los primeros jugadores. El hotel, el campo, la urbanización se hallaban acogidos a los pies de la bella serranía, cuyas montañas pobladas de árboles y vegetación estaban rodeadas por una bucólica bruma. Con el transcurrir de los días de estancia en el hotel, nos daríamos cuenta de que esa masa de aire húmedo fresco y envolvente era característica de esa zona.

Mi estómago empezaba a dar las primeras señales de que necesitaba desayunar. Salí del jardín del hotel y me encaminé buscando la puerta principal del edificio. Al salir de nuevo a la calle, me dirigí hacia la casa de campo. Me adentré en sus dependencias, hasta hallar la entrada al restaurante cafetería, que se ubicaba en la planta primera. Un cartel en la puerta indicaba que ya estaba abierto al público, y tras una rápida visión del lugar, tomé una banqueta alta junto al mostrador semicircular de madera. El camarero y yo nos intercambiamos los buenos días en español y portugués. Le pedí una menta poleo con leche y una tostada entera con mantequilla y mermelada. Me apuntó que no tenían mermelada, así que asentí a tomarla solamente con la manteca blanca. Sin embargo, al servirme la supuesta menta poleo con leche, comprobé la anarquía matutina del camarero al servirme un café con leche. Opté por no comentarle su desliz, y le di los primeros sorbos a un exquisito café. Pensé que me ayudaría a mantenerme despierto al menos hasta que pudiera instalarme en la habitación. Mientras esperaba a que me sirviera la tostada con sorpresa o sin ella, él estuvo cortando con gusto y parsimonia unos limones y luego unas naranjas. Tras cortar los limones que guardaría para servir las futuras bebidas de refresco, se puso manos a la obra con un saco de unos tres kilos de naranjas, con los que preparó unos cuantos litros de zumo natural. Pasados cerca de diez minutos, dando ejemplo de la pausa portuguesa para cocinar bien, me presentó una magnífica tostada con una doble y finas rodajas de pan de pueblo. Al darle el primer bocado, saboreé aún más la espera de aquel sencillo y sabroso manjar. Entonces me afirmé en la decisión de cambiar de sitio de desayuno cuando volviera de las vacaciones al trabajo. No solamente era cuestión de estado de ánimo, del tiempo dedicado a la elaboración, sino también de la calidad de los alimentos. ¡Qué error, salvo que nos convirtamos en unos enemigos de nosotros mismos, ir a desayunar, a comer o a cualquier cosa, cuando no te están dando la calidad que requieres! Podemos decir que hay cafeterías o bares y restaurantes donde da igual ocho que ochenta lo que se sirva. Pero no es cuestión de comer y callar cualquier cosa. Más aún, cuando al pedir la cuenta, el camarero me dijo dos euros con diez. ¡Diez céntimos menos que lo que venía pagando en los dos últimos meses por un desayuno laboral que dejaba mucho que desear!

Con el grato sabor del desayuno en el paladar, reandé el camino mientras veía golpear en la distancia a los cincuentañeros jugadores de golf. Tenía tres horas por delante para desentumedecer las piernas e ir descubriendo poco a poco la urbanización. Sin embargo, cuando había recorrido unos trescientos metros, la ayuda celestial madrugadora se alió conmigo al escuchar el motor de una furgoneta. Era una reluciente Mercedes Benz blanca que conducía el director del hotel. Éste, un caballero de barba cuidada y frente despejada en torno a los cincuenta, en un fluido español me indicó que le habían dicho en el hotel que estaba dando una vuelta por la urbanización, pero que ya tenía la habitación a mi disposición. Le di las gracias por la buena noticia y me fui con él hasta el hotel, adonde llegamos un par de minutos después. Nuevamente en el hall, el joven conserje me dio mi maleta y la tarjeta electrónica de mi habitación, deseándome una buena estancia. Con una sincera sonrisa correspondí a la hospitalidad del servicio y tomé rumbo al ascensor.

Comentarios

  1. Se dice 'desentumecer'. Si es que las ínfulas literarias no son buenas compañeras...

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