Trazos de Portugal I

El autobús tomó la ruta colombina en dirección Huelva. Fue como si más de quinientos años después para llegar hasta Lisboa, tuviese que recorrer el camino que transitó Colón en sentido inverso. Si él, para arribar hasta Sevilla y entrar en contacto con la reina española a través de los contactos con los monjes cartujos, hubo de recorrer la vía onubense, nosotros con la mediación de la empresa de transportes saludamos a su recuerdo desde el otro lado de la vía. Para alcanzar el centro del país ibérico, la compañía había optado hace tiempo por dar servicio a los turistas que en la época estival viajan en torno a la zona de Faro.

La forma rectangular de los asientos y del reposacabezas impedía encontrar el hueco para dejar descansar la cabeza en posición oblicua, lo que ayuda a adoptar una posición más estirada y relajada favorable a la hora de conciliar el sueño. Eso provocó que apenas pudiera dormir más de una hora durante aquella madrugada. Cuando miraba alrededor, me encontraba que el resto de pasajeros intentaba con unas u otras artimañas alcanzar aquellas posturas más favorables para dormir. Los intentos eran múltiples, desde aquellos que se hacían acompañar por una almohada inflable hasta otros que dejaban caer su cuerpo dentro de lo posible a lo largo de los dobles asientos. Incluso las personas que viajaban en compañía utilizaban la forma géminis para su esforzado intento.

Resultaba más cansino viajar en autobús cuando el tiempo del viaje supera las cinco horas, a pesar de que paramos una hora para que el conductor pudiera descansar y tomar nuevas fuerzas a la hora de reiniciar el camino. Fue esta una nota curiosa, ya que a diferencia de los autobuses que normalmente hacen la ruta Sevilla-Madrid, que recorre una distancia muy similar, con dos chóferes para hacer el trayecto, los portugueses optan por un solo conductor para hacer el viaje. Quizás consecuencia del talante más pausado de la gente del país vecino, quizás consecuencia de una menor población laboral, quizás fruto del ajuste laboral propio de un número importante de compañías.

La llegada a la capital portuguesa fue sobre las cinco y media de la mañana, una vez descontados los sesenta minutos pertinentes del ajuste horario. Lisboa nos daba la bienvenida desde el Lusoponte con los brazos abiertos de este a oeste de Cristo Rey. Debido a su disposición en torno a siete colinas, la ciudad ofrecía una panorámica escalonada, resaltada por la luminosidad eléctrica y la inmensidad de la confluencia del Tajo con el Atlántico. Un par de kilómetros antes de llegar a la estación de Sete Ríos, se iniciaba un acueducto de unos treinta metros de altura rematado en arcos ojivales, todo un guiño al pasado romano arábigo de la polis.

Arribado a la estación, como numerosos viajeros me acomodé en una de sus sencillas y largas bancadas de asientos, a la espera de que el sistema ferroviario empezará a dar servicio aquella mañana. Para confirmar el trayecto hasta Sintra le pregunté a una señora de unos cincuenta años que se hallaba sentada a mi izquierda. Ella me ofreció la primera buena nueva del día, ya que me informó de que los trenes empezaban sus rutas desde las seis de la mañana, media hora antes de lo que indicaba la guía que llevaba, e incluso de la información que había extraído de la web del sistema ferroviario. Una nueva prueba de que los portugueses tampoco tienen excesivas prisas por actualizar su información cibernética, como otras cuestiones de la vida. ¿Será porque temen llegar antes al final de sus días con tanta aceleración o tanto estrés?

La luz matutina se adentraba en Lisboa cuando me dirigía de la explanada de la estación al túnel de metacrilato que conduce hasta la terminal de los comboios. Ésta es la palabra portuguesa para designar a los trenes. Mi mente juguetona, en un alarde de extravagancia lingüística y de guasa madrugadora, pensó que el origen de ese término pudiera estar en una cuádruple posibilidad: harás el viaje más grato con unos buenos bollos que degustar. O aquel otro más espiritual de te ganarás el bollo de tu casa con el sudor de tu frente. O bien una última fruto de la influencia británica-estadounidense, donde la palabra comboios fuese un calco léxico-fonético sui géneris de cowboys, dados los orígenes transatlánticos del ferrocarril. O, por qué no, un grito adolescente de las chicas que iban en busca del amor o del sexo con los boys.

Con la tranquilidad de coger la línea ferroviaria correcta, esperé un par de minutos en el andén hasta que llegó el tren que me llevaría hasta Sintra. El viaje se prologó cerca de una hora dado que me tuve que bajar y volver a subir en otro tren en la estación de Cacem. Éste último dato lo desconocía porque en el plano de esa línea ferroviaria se interpretaba que la línea era directa, aunque comprobé que solamente en el sentido inverso. Ayudado por la cortesía de un trabajador de la construcción, quien también iba camino de Sintra, hice el cambio de tren. El trayecto desde Lisboa hasta Sintra me permitió otear el desarrollo urbanístico de la capital en los últimos cuarenta años. Las edificaciones de pisos de hasta siete u ocho alturas, propios de los setenta y ochenta, se prolongaban hasta Cacem. Ello me hizo pensar en el tránsito de la vida de las casas de vecinos a esos pisos, donde hombres y mujeres con veintitantos años entonces se habían ido a residir con el propósito de iniciar su vida de recién casados con perspectivas de formar una familia. Unos barrios que hoy actualmente parecían ocupar los jóvenes de la generación de sus hijos que se iban independizando, o los inmigrantes de piel negra o mulatos principalmente que residían allí. Unos representantes de la inmigración que en unos casos eran de primera generación, y en otros de segunda generación. Estas realidades eran más difíciles de descubrir para un recién llegado por el cruce de etnias existente en Portugal dada su expansión siglos atrás por Brasil y ciertas zonas de África. Teniendo presente la consolidación en esos núcleos residenciales de aquellas familias que, con el paso del tiempo, habían optado por continuar en aquellos barrios.

La presencia de aquellas personas y de aquellos paisajes me ofreció un pequeño corte en mi conciencia vacacional. Por unos minutos pensé en que buena parte de ellos estaban comenzando el día con el propósito de emprender su jornada profesional. ¡Qué sordidez y qué poca belleza sensual la de aquellos mastodónticos bloques de pisos iluminados desde mi posición por la siempre molesta y clínica luz blanquecina de los flexos!
¡Qué mundo aquel de los años sesenta, setenta y primera mitad de los ochenta! Se veía el tránsito de las casas de vecinos hasta los pisos unifamiliares como un síntoma del progreso. Cocina propia, cuarto de baño propio, cuartos separados para el matrimonio y sus hijos… Y, sin embargo, sobre todo, en las grandes urbes ello también provocó, por un lado, la pérdida de la vida cercana y respetuosa en muchos casos con los vecinos. Y, por otro, el afeamiento de una paisaje urbano bello nacido desde la Edad Media y que había dejado el artesonado sencillo de sus construcciones prolongadas hasta principios del siglo XX por viviendas nidos que aglutinaban a millares de familias cobijadas.

Me pregunté dónde quedaba la hermosura de la vida. Dónde el espacio y el tiempo para ver entrar la luz del día por una espaciosa ventana. Dónde el lugar por el que mirar teniendo una bonita vista alejada del hormigón de la vida industrial. Dónde el momento en el que realmente disfrutar del reencuentro con la pareja o con la descendencia. Dónde el tiempo para seguir poco a poco dando cuerpo a nuevos sueños frutos de ilusiones nuevas, o de ilusionar al futuro con alegrías hermanas del cercano pasado.
Había que encontrar la belleza, la idoneidad y el sentido justo a todo aquel entramado de espacios residenciales, verdes y viarios que lograba atisbar o intuir desde mi asiento en el tren.

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