Vacaciones placenteras

Los rayos solares del Atlántico gaditano y la brisa de los Caños habían hecho florecer su belleza facial y dieron nuevos bríos a la dulce mirada de ella. Él inició sus vacaciones reencontrándose con la seducción que ejerce la Bahía de Cádiz. Pasó allí tres días recorriendo las callejuelas de esta Habana europea y caminando por su kilométrica playa de la Victoria de un extremo a otro. Fueron días para rememorar otras jornadas allí vividas y para hacer balance de los últimos años y poner las miras en los proyectos de la próxima década. Después de ello, primera vuelta a casa para planificar la siguiente etapa, cambiar de indumentaria y sentir los primeros silencios de las callejuelas cuando agosto las envuelve.

La segunda estación fue al Portil, una zona de playas a caballo entre Punta Umbría y Cartaya. Al estar en tierra de nadie, o según la calle en la que un@ se encuentre, en un pueblo o en otro, tenía un@ la sensación, sobre todo, por la noche, que aquello en invierno debía ser un desierto de dunas, pinares y casas, donde la vida la pone la brisa del mar y el canturreo de los pájaros. Allí, al tercer día les sorprendió la lluvia, algo que no acaecía por esta tierra desde hacía al menos un lustro. La tormenta veraniega suavizó aún más las temperaturas llevaderas hasta la fecha e introdujo un ambiente otoñal en los jardines.

Para no variar de hábitos, nueva vuelta al hogar con la intención de poner rumbo al sur de Portugal. ¡El Algarve les esperaba! Nada más cruzar en coche la frontera con el país luso, Vodafone Portugal tuvo la gentileza de darles la bienvenida en el móvil; debe de ser que eran clientes de Orange y pretendía que cambiaran de compañía. Agradecían el detalle pero seguían siendo fiel al verde; un verde que predominaba a derecha e izquierda a lo largo de los pueblecitos y parajes que iban transitando en su recorrido hasta Albufeira. Un paisaje presidido por pinos, alcornocales, limoneros, algunas higueras, mostraba la continuidad geográfica y botánica de la Península Ibérica. Mientras sus ojos deambulaban de izquierda a derecha simultáneamente, pensaron en que aquellos parajes serían mejor saboreados contando con los conocimientos sobre la materia de su amiga la bióloga.

El contacto con los portugueses les llevó a calificarlos, al menos por los tiempos que vivimos, como el pueblo tranquilo. Sus rostros desde niños a mayores reflejaban una serenidad curiosa de la que gustan sentirse. Les recordó la tranquilidad reconcentrada de los canarios, mientras que las mujeres portuguesas poseían una sensualidad en su hablar y en su mirar muy a tener en cuenta. Además, sería interesante animar a algún antropólogo y a algún fisiólogo a estudiar la anatomía de éstas en comparación con las brasileñas. Éstas últimas, con razones, se llevaban la fama mundial por sus caderas y culos, pero resulta que la atención de él le llevó a apreciar que el tren inferior de las portuguesas tenía unas similitudes casi idénticas a las de las otras. El movimiento de algunas caderas lo firmaría cualquier maestro de un Sambódromo. Y salvo que algún genio de la historia no nos cambie ésta, resulta que fue Portugal la que descubrió Brasil y la colonizó. Y en esto las mujeres portuguesas también en su día tuvieron que poner su granito.

Había que visitar el limítrofe pueblo de Vila Real de San Antonio, a solamente un kilómetro de Ayamonte, una pequeña ciudad medieval donde las artes marítimas y pesqueras se simultanearon con las propias del comercio con las Indias. Tuvo que ser una urbe de paso muy interesante en aquella época al estar en la misma frontera y en su momento pertenecer a España. La mente de él le llevó a elucubrar que cuando se hacían las paradas de las postas de los carruajes, se iniciaban historias de todo tipo: desde amantes en busca de una renovada aventura huyendo de algún plomizo matrimonio, trapicheos comerciales de toda índole hasta algún que otro movimiento sociopolítico subversivo. De hecho, el día anterior en la Plaza Mayor de la Villa, donde se concentraban el Ayuntamiento renacentista con la Iglesia del mismo estilo rodeados de naranjos y presididos por un obelisco, se celebró una representación medieval con su tribuna al más puro estilo de la película El halcón y la flecha de Burt Lancaster.

Muy recomendable la visita a Portimao, una villa turística a unos sesenta kilómetros al norte de la frontera sur española, porque salvo varios edificios a contra estilo en el centro de la ciudad, era un ejemplo de cómo combinar el turismo de sol y playa de nivel con el respeto al medio ambiente. Y si querían una noche al más puro estilo bacanal, propio de los maratones radiotelevisivos universitarios, los bares y las discotecas del centro de Albufeira estaban esperándoles.

En cada uno de los cuatro días que anduvieron por Portugal, la gastronomía ocupó un lugar destacado, siendo el pescado la materia estrella. Los restaurantes y chiringuitos costeros eran especialistas en preparar los salmones, atunes, bacalaos, lubinas, doradas y demás a la parrilla. Con su buen aceite de oliva, su ajito y su perejil se saboreaban tan deliciosos manjares. Y para terminar, era obligado saborear y degustar el arroz caldoso con marisco y pescado. Con un refrito a base de tomate, pimiento, cebolla y ajo, preparaban el arroz mezclado con los sabores y las piezas del pescado y del marisco. La generosidad de los portugueses también se mostraba en la cantidad que servían: les dio por pedir una cazuela para dos y repitieron cada uno, y a un sobró para un tercero.

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