Bamberg, belleza medieval (I)

Conforme iban bajando, les venían los sonidos y acordes de una banda de música. En aquella ciudad, durante el estío eran frecuentes los espectáculos musicales al aire libre. Buena parte de los músicos que componían la internacional y reputada Orquesta Sinfónica habían nacido en Chequia, provenían de la Filarmónica de Praga y habían llegado huyendo de los ecos del estalinismo en su país. Cuando completaron el descenso de la cuarta rampa, desembocaron en una recoleta plazuela, en cuya esquina derecha se encontraba un grupo de músicos interpretando aquellas partituras que habían llegado a sus oídos. Situados en la terraza del café, era todo un espectáculo que se les regalaba a los clientes y paseantes. Durante unos quince minutos, los tres se detuvieron allí junto a decenas de personas para deleitarse con las interpretaciones que aquellos ejecutaban con maestría. El entusiasmo de la gente escuchando a aquella pequeña orquesta se reflejaba en sus caras y en el silencio expectante con el que acompañaban cada pieza interpretada, solamente roto por la atronadora ovación con que despedían cada composición y anunciaban la llegada de la siguiente. La música en las vías públicas era un ritual frecuente en las calles y avenidas del centro y este de Europa, que con la apertura de las fronteras interiores del Viejo Continente se iba insertando en la vida cotidiana de los países del sur como España. Era aquella otra manera de hacer Europa, más vital, espontánea, polifónica.

Siguieron su trayecto por la urbe y alcanzaron una hermosa plaza abierta. Era la Marienplatz, en cuyo espacio central se encontraba el monumento gótico dedicado a la Virgen. Construido sobre una base granítica rectangular, en sus cuatro esquinas se disponían otras tantas esculturas de santos en posición de genuflexión hacia la efigie de María. Ésta, alzada sobre un pedestal de una columna, reinaba divisando toda la vista frontal de la plazuela. A los pies del conjunto se disponía un pequeño jardín con hermosas flores rojas.
Al fondo a la izquierda, se hallaba una iglesia gótica de tres naves cuya torre campanario estaba rematada por una bóveda de cebolla de color verdoso. El arco ojival de la puerta principal estaba a una altura superior a los cinco metros, escoltado por sendas esculturas de piedra de personajes bíblicos. Era curioso observar cómo en la techumbre del templo en lugar de los rosetones habían colocado unas pequeñas ventanas abuhardilladas. Junto a la parroquia había un par de hermosas casas decoradas con pinturas. La más cercana al oratorio tenía en el centro de la fachada un fresco que recreaba el momento en que San Pablo fue alcanzado por el rayo de luz divino, tirándole del caballo. Aquel lienzo sobre la pared indicaba que aquella basílica era protestante. La segunda de las edificaciones, en plena esquina del margen izquierdo, tenía tres plantas rematadas por su buhardilla con un pequeño torreón decorado con su bóveda de cebolla. El frontispicio de la casa y los dos balcones principales estaban ornamentados con escenas compuestas por dibujos simétricos de flores divididas por un reloj central con agujas doradas.

En el punto más al norte de la Marienplatz había una sencilla construcción de viviendas dispuesta en tres cuerpos, en cuyos soportales había un restaurante y una tetería. Las terrazas de aquellos estaban dispuestas con cómodas mesas y sillas de madera con sus respectivas sombrillas. Y es que los alemanes del sur no dejaban escapar un rayo de Sol que les pudiera alegrar la jornada, almacenándolo en sus cuerpos y mentes de cara a los días cerrados y lluviosos del largo invierno. Era curioso comprobar el grado de civismo de este pueblo en gestos tan sencillos y sintomáticos como el de compartir mesa en el mirador de cualquier cafetería o bar. Si se llegaba a un sitio en el que todos los veladores estaban ocupados y se encontraban unas sillas libres en uno de ellos, se podía pedir permiso a las personas allí congregadas para compartirlo. Ellas gentilmente invitaban a hacerlo. Aquel era un rasgo que mostraba lo desarrollado que los alemanes tenían el sentido de lo público y su capacidad de compaginarlo con el respeto a lo privado.

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