Bamberg, belleza medieval (II)

Prosiguieron su paseo por las empedradas calles de Bamberg hasta llegar al ayuntamiento. Sus fachadas eran todo un símbolo del quehacer artístico. En la portada principal se alzaba un balcón barroco con sus curvas y florituras que anunciaban el estilo rococó. Bajo éste, un arco ancho de medio punto servía de pasaje para que los transeúntes fueran de la cara sur a la norte. A través de ese pasadizo se transitaba desde el Barrio de los Pescadores a la antigua zona noble feudal. El pórtico estaba rematado con un dintel a la altura de la tercera planta en cuyo espacio central había un reloj de cuerda. El interés de los germanos por el uso del tiempo y por los avances científicos era tal, que aquél servía de complemento al sistema de campanas que anunciaba el caminar del día y que se hallaba en el estrecho campanario que remataba el consistorio. Era aquel un claro ejemplo de cómo conciliar el respeto a los logros de los hombres de ciencia y darle su lugar a cada uno, sin que ninguno se sintiera desplazado.

Los frescos de la fachada sur eran un museo al aire libre. Recreaban escenas de episodios míticos, con imágenes de célebres emperadores y generales tras obtener la gloria en la batalla. Las figuras eran de un tamaño cercano a los tres metros con el propósito de magnificar su personalidad y sus logros. Situados bajo sus respectivos templetes, eran tratados como cuasi divinidades, mostrando bien a las claras el máximo poder que tenían en la época, alcanzado por la gloria militar y reconocido por la autoridad divina. Ángeles y arcángeles tan del gusto barroco anunciaban con sus trompetas la llegada de aquellos personajes a los que el pueblo debía rendirles pleitesía. Los juegos de colores rojizos, ocres, verdosos, combinados con el tono azul suave de los marcos de las ventanas, daban al conjunto la sensación de un tapiz al aire libre.

Los tres se detuvieron en el puente de piedra que separaba el Barrio Alto del Barrio de los Pescadores. Allí, como otros caminantes, contemplaron el curso del Regnitz. Aquel paisaje kilométrico de aguas que se presentaba ante sus ojos con vegetación frondosa de arbustos y plantas, les ofrecía su vida. Sentir tanta naturaleza y agua a sus pies, les daba vitalidad y les regalaba paz interior. Cuando atravesaron la pasarela, pudieron divisar en toda su magnitud la belleza colorista romántica del Barrio de los Pescadores. Sus casas de dos plantas con sus buhardillas con tejas formaban un mosaico para inspirar cualquier historia que contar a unos niños. En las ventanas y en los balcones, los macetones de flores daban colorido y alegría. Los tonos rojos, amarillos, anaranjados, violetas, creaban todo un espectro de matices que se ofrecían a la vista de quien quisiera quedar atrapado por él. Los embarcaderos terrazas de las viviendas con las barcazas y alguna góndola azuzaron la imaginación de Pablo.
Durante unos minutos, trasladó su fantasía hasta la Noche Italiana. Se imaginó cursando el río Regnitz en una góndola acompañado de una mujer. Podía ser aquel un hermoso enclave en el que sorprenderla. Navegando al ritmo que las aguas y el gondolero fueran marcando, rodeados por cientos de velas encendidas, sería llevar la Verona de Romeo y Julieta del siglo catorce a la Bamberg del siglo veintiuno, con el embrujo de esta Venecia alemana desconocida para muchos. Si París, Brujas o Venecia habían atraído a millones de curiosos a lo largo de la historia y se habían convertido en rutas del amor, Bamberg contenía en sí misma todas las esencias necesarias para impresionar a una dama capaz de descubrir los misterios de la sensibilidad.

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