Caterina se va a Roma...

es el título de una hermosa y profunda película italiana. A través de las experiencias de la joven Caterina, llegada junto a su familia a Roma desde su provincia costera, se aprecian las dicotomías europeas reinantes en este último tercio. El posicionamiento en clase de las adolescentes según las dos familias ideológicas tradicionales -derecha e izquierda- muestra una sutil crítica contra el bipartidismo reinante en los países europeos, y ese reflejo en buena parte de la sociedad que se hace cómplice de una de las dos posiciones. En ese entremado, que podemos ver en cualquier otro Estado de Europa, el personaje de Caterina humaniza y aporta cordura a los talantes radicales de los extremos. Ella, al principio de la película, muestra su inteligencia y humildad prefiriendo escuchar a sus compañer@s. Y desde esa actitud, adopta una visión diferente de los problemas sociales a partir de su análisis de cómo se gestionan los mismos.

Caterina es aristotélica, representa el término medio, la virtud. Además, su papel de adolescente le hace ser permeable a las formas de vida de ambos lados. Comparte con ellos sus caprichos, sus preocupaciones, sus juegos. Pero, a lo largo del film, siempre acaba formándose su propio punto de vista. Esa serenidad para decidir qué quiere hacer o no, le permite ser decisiva en la resolución de la trama. Al final, un incidente en el que ella es la protagonista principal, lleva a mostrarnos a los espectadores que en el consenso con el otro está la clave. Es precisamente esa gestión coherente, humana, de los problemas diarios, la que tiene que prevalecer en la vida política, que en definitiva es la vida en sociedad. Cuando eso ocurre, los sueños de cualquier adolescente se cumplen como la armonía y el afinamiento entre los miembros de una orquesta y de un coro.

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