Escena del norte en el sur

Las gotas de agua acariciaban las hojas y las naranjas, iluminando con su cristalina luz la oscuridad de la noche. Allí alojadas transmitían la sensación de que no querían desprenderse, caerse. Se encontraban a gusto refrescando y dando vida al fruto del naranjo. La noche se iba tornando madrugada y en aquella imagen urbana vista desde el interior de la casa el día volvía con toda su fuerza. La cantidad de lluvia caída durante toda la jornada dio paso a una profunda neblina posterior, que se mantuvo a lo largo de la tarde adornando al cielo de un gris difuminado. En ese color se condensaba el resto de la borrasca que todavía no había caído y el frío polar que los meteorólogos anunciaban. Ese era el paisaje otoñal que regalaba una ciudad del sur de Europa característico de una urbe del norte. Las mujeres transitaban ataviadas con sus abrigos, chaquetones de cuero y botas. Las mallas para estilizar sus figuras habían recobrado protagonismo desde el invierno anterior.

Las ropas de las mesas de camillas acompañadas por los calefactores eran de nuevo los protagonistas en las horas de tertulia. Los osados acostumbrados a los viejos hábitos daban cuenta de un buen coñac para entrar en calor, mientras otros optaban por una taza de chocolate o por un café aromático. La vida en las calles no tenía la vitalidad de esas mañanas o tardes de sol de otoño. Y, sin embargo, el humo del castañero asando los frutos, los edificios semienvueltos en aquella bruma, regalaban unas sensaciones al alcance de las almas románticas. Quienes se atrevían a andar por aquel cuadro urbano, a callejear por la ciudad, podían soñar despiertos con estar viviendo algo diferente. Un guionista de cine o una artista del pincel tenían ante sí una visión distinta, un fotograma que podía sorprender a cualquier espectadora, una escena de un lienzo inesperado.

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