Escenas íntimas

María no era la juvenil y cándida Doña Inés, ni a simple vista se atisbaba la presencia de ningún varón dispuesto a batirse en duelo con él. Aunque la italiana podría motivar por su belleza, elegancia e inteligencia el deseo de cualquier hombre que se cruzara con ella. María podría ser ese amor eterno, esa pasión diaria que iluminara cada segundo de su vida. La duda residía en la sensibilidad del periodista. Pero, después de tanto tiempo y tras múltiples aventuras sexuales, había llegado la hora de contestar con decisión esa experiencia emocional. Podría sufrir si la historia no cuajaba, si los primeros síntomas intuidos de la personalidad de ella no eran tan reales como creía. Podría ser imposible porque ninguno de los dos terminase de dar el paso de irse a vivir a la ciudad del otro, o bien vivir en una tercera urbe. Podría ser frustrante si después de convivir se daban cuenta de que aquel sueño compartido no tenía más recorrido. Ahora bien, si María quería, Pablo estaba dispuesto a vivir la esperanza, la ilusión, el trance del amor. No se podía quedar sin jugar aquel encuentro. Eso sí que sería propio de cobardes. El intentarlo, símbolo de ser persona, de querer vivir.

María, también periodista y profunda conocedora de la Historia, percibió que Pablo había elegido aquel sitio, aquel restaurante, por un motivo especial. Había leído el Don Juan de Zorrilla y antes de viajar hasta Sevilla se había documentado sobre los mitos, las leyendas y curiosidades de la ciudad. Al captar el mensaje que Pablo pretendía transmitirle, tomó la rienda del envite.
– Pablo, ¿no es esa Hostelería donde D. Juan y Don Luis Mejía hablan de sus aventuras mujeriegas y pugnan por la seducción de Doña Inés?
– Sí, María. Veo que has leído con sumo cuidado la obra y que has hecho acopio de excelente información sobre Sevilla.
– Como tú, soy periodista. Trabajo para el Corriere della Sera. Llevo la sección de Cultura y Viajes. ¿Qué piensas del mito de Don Juan?
– ¿Y tú de la leyenda de Casanova? –le respondió gallegamente Pablo–.
– ¡Uf..! Nuevamente tu fino humor y tu mirada profunda, –precisó ella–.
– Así soy y no reniego de mi libre condición, –aseveró él–.
– Eso es lo que más me atrae de ti de lo que hasta ahora he podido ver, –afirmó tajante ella–.

Pablo se detuvo unos segundos y respiró profundamente. Dirigió sus dos manos sobre los pómulos de María acompañándolas del movimiento de su busto hasta besar con vigor sus labios. Los atrapó de abajo a arriba, con ese impulso salvaje de la primera vez. Cuando los labios de ella dejaron un pequeño hueco, él le lanzó un soplido de aire que voló desde su boca hasta el cielo de la de ella. María sintió como sus almendrados ojos miel empezaban a ponerse acuosos. Ella contragolpeó acariciando con sus labios los de él. Con dulzura, tacto y habilidad recorría la carne superior e inferior de la boca de él de un extremo a otro. Las manos de ambos estaban paralelas sobre los pómulos del otro en un perfecto ejercicio de simetría.

Había pasado un largo periodo desde que ambos no experimentaban aquella furia sentimental. Y ahora que podían vivirla habiendo superado los traumas, los rescoldos del pasado, tal vez podían sentirla, pensarla, vivirla desde las nuevas circunstancias y posición vital. El recorrido que fueran capaces de darle a aquella historia recién inaugurada, sería tan corto o tan largo como ellos permitiesen quitarse sus respectivas corazas. Habían de torear sus circunstancias personales, sus vidas hechas hasta entonces. Roma y Sevilla estarían tan lejos o tan cerca como ellos quisieran que estuviesen. Siempre también cabía la opción de un lugar intermedio. El arquero del amor les ponía la diana frente a sus vidas. A partir de ahora, en ellos dos estaba la elección de decidir lo que querían compartir. Si intentar hacer blanco en el centro del tan literario amor eterno. Si juguetear con el círculo del folletín aventurero.

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