Miradas

Pablo iba contemplando los paisajes agrícolas, campestres, que estaban al otro lado de la ventana del tren. La cantidad de agua de lluvia caída durante el otoño invierno permitía a la tierra, a las cosechas, a los bosques, tener un aspecto de salud envidiable. Aquellos escenarios vegetales transmitían vida. Eran capaces de ayudar a levantar el ánimo a una persona dolorida o triste por cualquier acontecimiento desgraciado o inesperado que le hubiera impactado de lleno. Podían fortalecer la alegría, la vitalidad, a aquella que estuviera viviendo una buena etapa. O simplemente sacar a alguien de un estado de apatía transitoria. Mientras miraba desde su asiento en el AVE, pensaba en los cientos de veces que había disfrutado de aquellos espacios de la naturaleza desde que se montara en sus tiempos de estudiante universitario. Había conocido épocas con altos índices de lluvia; recordaba un par de años de sequía en los que la tierra marrón moribunda ofrecía sus costuras sangrantes.

Aquella mañana camino de Madrid le aportaba un nuevo cuadro medioambiental. El verde intenso, las frondosas ramas de las arboledas, el vigor de las tierras rotuladas y cultivadas, animaban a que la cosecha agrícola tuviera una recompensa emocional. Desde los hombres y las mujeres que cuidaban aquellos tesoros de la naturaleza, hasta los ancianos y las niñas que los observaran, tenían que recibir un impulso de ánimo ante tanta vida regalándose a sus sentidos.

El coche iba casi lleno. Curiosamente junto a su asiento no había nadie. A su espalda, una mujer cercana a los cuarenta entretenía a su hija de unos cuatro años. Ambas iban acompañadas del padre y de la madre de ella, que ya habían superado los setenta. Era una familia que por la conversación que mantenían, su forma de vestir y organizarse, tenía un alto poder adquisitivo. La hija de sus mayores y madre de la pequeña estaba casada con un gerente empresarial con el que se reencontrarían en la capital de España cuando el tren arribase a Puerta de Atocha. Su figura estilizada y curvilínea desde los senos hasta la cadera, que se podía ver a simple vista al ir vestida con unas mayas negras, había ganado con el embarazo y parto de la cría. Calzaba unas botas de piel con tacón de unos cinco centímetros, que la alzaban hasta alcanzar el metro ochenta. Sus grandes ojos marrones daban un matiz de simetría a su angulado rostro rematado por una recta nariz a modo de fino florete. Aquella amazona urbana propia de la moda de finales de la primera década del siglo veintiuno, había cometido el desliz de pintarse las uñas con una pintura característica de las abuelas de sesenta años de la década de los ochenta del pasado siglo. Aquel dato revelaba un toque rancio a la personalidad hereditaria de aquella mujer, poco dada a romper con los patrones de comportamiento de sus mayores. Sin embargo, también se mostraba como una incipiente madre capaz de dotar de los valores esenciales para la vida a su hija.

La abuela de la chiquilla, ataviada con un abrigo de visón negro, profusamente maquillada, permanente del día anterior y sendos pendientes de perlas majóricas, tenía un rictus que apenas había variado en los últimos cincuenta años de su vida. A su derecha, su señor marido, vestido con una chaqueta de lana de cuadros en tonos miel, camisa blanca y corbata roja rematada por un alfiler de oro. El abuelo, que había llevado a la familia a las altas cotas de la vida socioeconómica, como un general ganador a su ejército, ahora se había convertido en un serio cordero dispuesto a ver la vida pasar sin más pretensiones que la jerarquía y el orden logrado no se alterasen.

La niña dejaba volar su imaginación acaparando la atención de su madre y abuelos, y la lejana y dispersa del periodista que le escuchaba desde su asiento. Era un espíritu inquieto, capaz de hacer sentir a los demás su centro de atención como otros niños de su generación. Ya había empezado a desarrollar la picardía como instinto de supervivencia frente a la falta de sobre atención de los demás, o al aburrimiento en el que caía a veces por falta de estímulos propios o de la vida que es así cuando aún no se sabe cómo irla toreando. La rubilla que ya superaba el metro de estatura, se mostraba ágil de mente y de movimientos en su asiento. Igual iba contando los árboles, que alzaba la voz al ver la cantidad de agua acumulada a modo de lagunilla en el campo, que le preguntaba a su madre cuánto quedaba para llegar. Ésta con paciencia y buen ánimo le seguía el juego, las reflexiones y los cambios de postura de su cuerpo que a veces se introducía en el sillón materno como si fuera un soldado invasor. Entonces, su entregada madre tenía que reconducirla al orden y a los modales sociales civilizados.

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