Pasión en las tablas

Pablo accedió al interior de la escena y se sentó en uno de los sillones. A unos cinco metros de él, estaba todo el elenco de artistas ultimando los detalles de su actuación. Marga al verle sonrió momentáneamente, recuperando al instante la atención y la concentración sobre el escenario. Cinco minutos después, el Director, daba con un par de palmadas secas por terminado el ensayo de aquella tarde. Felicitó al grupo de actores por el esfuerzo y el grado de compenetración logrado, y los citó a las dos de la tarde del día siguiente para tener un almuerzo de confraternización previo al estreno de la obra. Luis García, que así se llamaba el dramaturgo, con ese tipo de encuentros buscaba que la complicidad y el espíritu de equipo entre los actores se fomentaran. Sus más de cincuenta años actuando y dirigiendo compañías de teatro, y haberse criado junto a los discípulos de Stanislavski en Moscú, le habían hecho cuidar esos detalles. Al final, los buenos o los malos rollos, o la apatía o la empatía que hubiera entre los actores se acababan transmitiendo al público.

Marga, acompañada de Luis García, salió al encuentro de Pablo. Este dejó su asiento en la cuarta fila, cogió el ramo de adelfas y caminó hasta el punto de fusión entre la primera fila de butacas y las tablas. La actriz presentó a su amante y a su maestro, que estuvieron hablando unos minutos. Éste, conocedor de la historia entre su discípula y el periodista, se despidió y anduvo hasta la puerta de acceso a la sala. Cuando la atravesó, pícaramente la cerró, dejando el escenario para la soledad de los amantes. Los ojos de Marga brillaban con expresiva fuerza.

- Me imagino que este original ramo de adelfas es para mí, -apuntó la comediante-.
- No veo a nadie más aquí, así que quien mejor que tú para regalárselo –le contestó Pablo–.

Marga lo cogió entre sus manos, acercó un poco su nariz y se inundó del aroma fresco y sensual de las adelfas. Ella le cogió la mano a su amigo, recorrieron unos metros hasta detrás de una de las cortinas de la escena, se inclinaron para dejar reposar el ramo en las tablas, y comenzaron a besarse. Los meses que habían pasado desde su aventura en Sevilla, hacían que la temperatura de la pasión se desatase. Se olvidaron del lugar donde estaban, contando con la complacencia del resto de miembros de la compañía, que como buenos cómicos estaban acostumbrados a los ritos espontáneos del deseo, y retomaron la obra que habían empezado a escribir a cuatro manos en el piso de Pablo.
La fuerza brotaba del interior de ambos con espontaneidad, como el curso de un río que lleva agua, que late, que se mueve, que corre y que fluye de un punto hacia otro. La química entre ellos nuevamente se desataba como gotas de agua que forman parte de un embalse y que cuando se agitan o se tocan, empiezan a provocar energías. Se tocaban y despertaban la imaginación del otro para que ella o él continuara sorprendiéndole con sus caricias, con sus besos. Ella extendió sus piernas y su pelvis todo lo que pudo, dejando caer el peso del torso y de la cadera sobre el varón. Él recorrió con su mano derecha el cuerpo de ella desde su tobillo, alcanzado su pecho izquierdo. La camisa empapada en sudor de ella, dejaba traslucir la excitación de sus pezones, que sentían el roce de la fugaz brisa del escenario. Ella se miraba, le gustaba verle como él le acariciaba con su lengua sus pechos y recorría su escote. Ella soplaba de nuevo sobre su escote y acariciaba el pelo de él. Las costillas de Marga se le marcaban, mientras él bajaba sus manos con fuerza hacia las caderas de ella, y la actriz acariciaba la marca del pantalón de Pablo. Ella jadeaba y se contorneaba con fruición.

Pablo despojó a Marga completamente de la camiseta, y con la mano estirada tocaba con la muñeca su vientre. Sus dedos, todos juntos, condensaban el deseo sobre el pantalón y el tanga de la actriz. Todo era suave, salvo las respiraciones de ambos. Él alcanzó la vagina de ella con su mano izquierda, masturbándole su clítoris con la derecha. Ella recorría con su lengua y sus labios el cuello, los hombros, el pecho de Pablo. Él notaba como su prepucio se iba mojando, y continuaba acariciando la vulva de Marga. Se detuvo un momento, dejando caer su cuello y su cabeza hasta el sexo de ella, colándose por debajo de una de sus piernas. Ante aquella nueva postura, ella le acariciaba las sienes. Él iba combinando con su lengua y sus sabios la succión y el mordisco, a veces rápidos, a veces lento. Ella iba sintiendo como el orgasmo le iba a romper en cualquier momento. Se arqueaba fruto del placer y del dolor.

- Ahora, penétrame, despacio, más rápido, le pidió Marga.

Pablo le levantó las piernas por encima de sus hombros, clavando sus rodillas sobre la madera del escenario. Ella se inflamaba, y su vagina dejaba notar en el pene de él que se había corrido. Marga dio un salto de pantera, y clavo sus dos piernas y caderas sobre la cintura de Pablo, dejando caer sus brazos, su rostro, su melena, sobre los hombros y la espalda de su amante.

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