Un oasis en Madrid

El taxi llegó a la garita de entrada de la Residencia de Estudiantes en la calle Pinar. Se detuvo, y Carla y Pablo bajaron del coche una vez que el cronista le abonó la carrera y guardó la factura. Sacaron las cosas de viaje y se despidieron con cercanía. Pablo se colgó su maletín de trabajo en su hombro derecho, agarró la maleta con su mano izquierda, y en la diestra llevaba el guardapolvo del traje. Saludó con la mirada al vigilante de la garita que le dio la bienvenida, y subió con ímpetu la pequeña cuesta que desemboca a la Colina de los Chopos y al Trasatlántico. Al llegar a la escalerita con escalones de ladrillo de principios del siglo veinte, sintió la alegría de reencontrarse con su particular casa en Madrid. Él que en tantas ocasiones había ido a aquel lugar a escuchar conferencias sobre los orígenes de la Institución Libre de Enseñanza, a ver exposiciones sobre la Generación del 98 o la del 27, o a participar en una tertulia para íntimos con Gabriel García Márquez, se alojaba como un residente más en sus míticas estancias.

Al llegar a la recepción, le atendió amablemente la encargada del servicio de habitaciones. Comprobó que había hecho la reserva, le tomó los datos del DNI y le dio la tarjeta de acceso a su cuarto. Le había proporcionado su estancia en la segunda planta. Tomó el ascensor y accedió hasta él. Una vez abierta la puerta de entrada al dormitorio, se encaminó hasta la cama. Con mesura, dejó su maletín de trabajo sobre la mesa del escritorio, puso el guardapolvo del traje en el interior del armario empotrado, y comenzó a deshacer la maleta. Sacó toda la ropa, los zapatos y el neceser y los fue colocando en el ropero y en el cuarto de baño. Una vez hechas las labores de acomodamiento básicas, paseó por el suelo de madera color arena oro hasta alcanzar la ventana. Abrió de par en par con deleite la ventana de arco de medio punto de aluminio verde y la doble puerta exterior, y postró sus brazos y codos. Desde allí tenía una panorámica del Jardín de las Adelfas, del Trasatlántico, y de la Colina de los Chopos. Aquel lugar, en primavera y verano, acogía actos cargados de simbolismo, desde lecturas de poemarios hasta homenajes a aniversarios de la publicación de una obra genial.

Pablo podía absorber el aire limpio y seco que entraba por sus fosas nasales y su boca. Los jardines, la vegetación y arboleda allí arraigadas, la ubicación del complejo residencial, y la sencilla y sabia ejecución arquitectónica permitían separar el Madrid íntimo, profundo, sensual y humano que la Residencia encarnaba; del Madrid de polución y carreras desenfrenadas a ningún cuerdo lugar. De pronto, pensó en el reencuentro de aquella tarde con Marga. La actriz le había emplazado a partir de las siete de la tarde en el Teatro de Cámara. Allí estaba dando los últimos retoques a su papel en Pabellón número seis de Chéjov. Después de un par de años en los que ella había estado trabajando con algunos de los más importantes cineastas españoles y europeos, había decido darse una tregua de los rodajes cinematográficos y recluirse en la escuela siempre viva del buen teatro. Uno de sus maestros, propietario del escenario, le ofreció uno de los papeles de la obra del dramaturgo ruso, con esa sabiduría paternal que regalan los que han visto a la discípula llegar a la cima y conocen la necesidad del descanso ante tanta parafernalia mediática y comercial.

Pablo al observar las adelfas, pensó en la posibilidad de cortar unas cuantas ramas con sus rojizas y rosáceas flores aterciopeladas, hacer un ramo artesanal con unas cuerdas, y llevárselo a ella. Siempre un gesto así podía entenderse como un guiño más cercano que el de comprarle un ramo por catálogo. Y ahora que ella había optado por tomarse un tiempo de descanso frente al fuego de los flashes y las cámaras televisivas, el jardinero improvisado podía darle ese regalo persuasivo y sugerente. Después de dejar volar la imaginación, tocaba poner los pies en el suelo. Había que cortar unas ramas y flores de las adelfas. Y a bote pronto se le venían a su cabeza dos opciones; una primera, furtiva y traviesa, propia de un antisistema, cortarlas sin que nadie se diera cuenta. La segunda, pedir permiso al Director de la Residencia, explicándole el motivo y que un jardinero las cortara con sumo cuidado. Su mente a caballo entre el espíritu institucional correcto y el juguetón de un adolescente rebelde, fue interrumpida por el sonido del móvil. Se giró ciento ochenta grados y se encaminó hasta la mesa del escritorio donde había dejado el maletín. Colgado del asa, tenía un porta móvil de cuero a juego del que sacó el teléfono. Lo descolgó viendo que se trataba de Josep Pujol. Se saludaron efusivamente y su interlocutor le comentó que en un cuarto de hora le esperaba en la puerta de acceso al comedor de la Residencia.

Josep Pujol era uno de los más inminentes sociólogos y politólogos internacionales. Durante los gobiernos socialistas de los años ochenta y noventa, había compartido la responsabilidad de hacer relevantes estudios sociológicos a nivel estatal. La amistad entre ambos venía de la lectura de la obra de aquel, y de la presentación que en su día le hizo un íntimo amigo de D. Josep, profesor universitario de Pablo. El periodista se quitó el abrigo, lo colocó en el armario y se puso una chaqueta de pana color marrón oscuro. Cerró la ventana dejando la doble puerta abierta para que entrara el calor cálido del Sol, y salió hasta el pasillo. Decidió bajar por las escaleras hasta la zona de recepción contigua al comedor, y se sentó en uno de los confortables sillones a esperar a su colega. Éste también se alojaba en la Residencia durante aquellos días. D. Josep era un auténtico salvoconducto para moverse por los intríngulis de la diplomacia patria y europea. Conocía a los Jefes de Prensa y a los Responsables de Gabinete de los presidentes y ministros, y eso le hacía ser un as para un periodista que quisiera llegar hasta ellos. Además de ser íntimo de algunos ex presidentes del gobierno. Aunque Pablo durante semanas antes había trabado contacto con aquellos personajes y les había remitido cartas para oficializar las entrevistas, el empujón definitivo que siempre Josep le ofrecía resultaba clave. Y, sobre todo, el sabio sociólogo le proporcionaba a Pablo desde datos confidenciales a la hora de plantearles las entrevistas a los estadistas, hasta información de programas que iban a ser puestos en marcha a nivel nacional y europeo, y que serían anunciados con todo el arsenal del marketing mediático en los próximos meses.

La sala de recepción conjugaba el respeto al diseño original del Pabellón Central con la organización y el estilo minimalista de principios del siglo veintiuno. Alrededor de una coqueta y pequeña mesa de cristal redonda se disponían frente a frente un par de cómodas sillas. En el margen derecho a las mesas y sillas alineadas al muro frontal del Pabellón, por cuyos dobles ventanales se disfrutaba del Jardín, se disponían los confortables sofás de tres piezas. Las paredes recubiertas de madera noble daban calidez a aquel corredor acondicionado entre el Salón de Actos y el Comedor. Pablo imaginaba a Lorca tocando en su piano expuesto en el Salón de actos. A escaso medio metro de cada sofá triplaza y junto a uno de los sillones había lámparas de pie que dotaban de una luz íntima a las tertulias de la tarde noche.

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