El paraíso terrenal

El día había amanecido con el celeste a caballo entre esa luz primaveral del mediodía y aquella otra propia del otoño. Posiblemente eran los meses de septiembre, marzo y abril los que guardaban y ofrecían los más bellos contrastes de luz en aquella ciudad del sur de Europa. Se percibía en la atmósfera, en el ambiente, un aire de expectación, en consonancia con el estado espiritual propio y el de otras personas cercanas. Él se fijaba en los rostros y en los movimientos de la gente en la calle, y parecían transmitir vitalidad y alegría. Esperaba que esos talantes fueran más allá de los ánimos renovados tras las vacaciones, y fueran manifestaciones de un nuevo tiempo vital. No había algo que rechazace más que ver el rostro de las personas agrios, con dosis de excesiva tensión, especialmente cuando les ocurría a las mujeres.

Y, de pronto, estalló el Universo, la vida galáctica comenzó, los planetas se formaron, Dios hizo a Adán y de su costilla creó a Eva. Y Adán al ver a Eva sintió una descarga de energía que vertió sobre ella. A cada insinuación de ella, Adán daba un paso al frente. A cada insinuación de Adán, Eva se descubría y declaraba. Eva quería estar en los mejores sueños de Adán y le guardaba los mejores sueños para Adán. Eva no podía dejar de hablar a través de mensajes con Adán. Eva le decía que sabía que su encuentro no era casual y que esperaba no asustar a Adán en la cita sabatina. Adán le contestó que no le asustaría, que en todo caso le sorprendería por su sensibilidad e ilusiones. Eva le respondió que aún estaba a mitad de sus ilusiones y que quería mostrárselas a Adán. Eva le apuntó que esa cita del sábado podría ser el principio de una serie de citas a lo largo de la vida. Adán, se echó la muleta a su mano izquierda y le sugirió un mundo mágico.

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