Ciudades y democracia

Cuando caminamos por una urbe, si observamos cómo se desarrolla la vida de la gente en ella, apreciamos los distintos ritmos vitales, los diferentes proyectos diarios, sus hábitos, sus varias maneras de organizarse y de relacionarse entre sí. Al ahondar poco a poco en su historia, desde la más reciente hasta siglos atrás, podemos ver cómo determinadas costumbres o usos se han mantenido en generaciones sucesivas, constituyendo rasgos que definen a esa sociedad, y también podemos intuir las trayectorias que han sido sesgadas. ¿Qué realidades, qué indicios nos pueden dar señales sobre el grado de felicidad y autenticidad de la vida en una ciudad? Y, su anverso, ¿qué luchas, qué esfuerzos frustrados, nos pueden indicar sus niveles de desaliento, de obturación de posibilidades de vivir con fidelidad a un programa de vida personal?
Siguiendo a Ortega y a Julián Marías, coincidimos con ellos en que un país y, por tanto, sus municipios, mide su calidad democrática a partir de las posibilidades reales que ofrece a cualquier persona de hacer posible su proyecto vital cada mañana. Siempre y cuando, ella se comprometa a diario con las obligaciones y los esfuerzos necesarios para hacerlo posible. En nuestros dos pensadores, esta es cuestión decisiva por varios motivos: el primero, porque descubrieron que en ello radica la estructura empírica de la existencia de cualquier individuo. Por tanto, que cualquier ser humano pone su dedicación en llegar a vivir como anhela, como proyecta. Y en ello va su felicidad real, el poder realizarse conforme sueña a partir de sus circunstancias.
El segundo, porque ambos diseñaron su discurrir vital a partir de esa nueva Filosofía para la vida personal que ellos crearon. Y tengamos presente que ellos tuvieron que luchar contra las circunstancias de su tiempo para hacerlo factible. En el caso de Marías, son significativas dos citas suyas que aplicó a lo largo de su recorrido: por mí que no quede. Y cuando al término de la Guerra Civil Española se le cerraron injustamente muchas puertas, su decisión de si no puedo hacer lo que quiero, si haré lo que puedo hacer.
En nuestro tiempo, estamos viendo como uno de los rasgos de la crisis es esa obturación de los programas vitales que cualquier persona se hace cada jornada, y que es consecuencia de un sincero y profundo debate consigo misma desde hace años. Se sufren situaciones de mobbing laboral en determinadas empresas e instituciones, precisamente por ser alguien competente y comprometido.
Se padece el efecto del enchufismo, sobre todo en naciones como España, tristemente ancladas en esa errónea e injusta manera de selección de personal. Uniéndose al padrinazgo por motivos familiares o de intereses comunes, desde los inicios de la democracia la pertenencia o no a un partido político.
¿Cómo se pretende generar riqueza, empleo de calidad, sueldos que permitan vivir con una mínima holgura, si la excelencia en la vida diaria de las empresas, de las instituciones, se margina? Si solamente se quedan en falsos eslóganes de propaganda que se incumplen. Cuanto más tiempo se permita seguir conviviendo, coexistiendo, bajo esos parámetros, mayor será el empeoramiento de la calidad de vida, de la autenticidad de la realidad cotidiana de una sociedad, de un Estado. La gente, las instituciones, las naciones que opten por seguir con esa filosofía, están abocadas a perder derechos colectivos, a cortar o a paralizar durante demasiado tiempo un mundo más libre, más justo, más humano tanto a la hora de permitir proyectos de vida auténticos como a la hora de redistribuir los recursos y de cuidar el medio ambiente. 

Comentarios

Entradas populares