La llave de Sara

Resulta gratificante como espectador encontrarse con una suma de historias de vida como las que se nos ofrecen en esta película. La existencia de las familias judía en Paris y la de Julia, entre las que median casi setenta años, nos muestran la complejidad de las trayectorias humanas. Y ese cruce de historias de vida refleja la incidencia del pasado sobre el presente y el futuro de las personas implicadas. Ello es posible por la habilidad del director, de los guionistas, de los montadores y de los actores mediante un continuo juego de flash back. Con esa técnica, nos sitúan en lo que ocurrió en el Paris bélico y nos van narrando lo que ocurre hasta llegar al desenlace presente. Y siempre la intriga está presente, se siente, se palpa, lo que ayuda a mantener la atención.
Los escenarios, las escenas de la Segunda Guerra Mundial, el tránsito hasta Auschwitz y la vida allá, son recreados con notable acierto, algo por otra parte más sencillo dado el cúmulo de películas que sobre ese asunto concreto se han hecho. Sin embargo, lo que destaca es la sencillez narrativa, técnica y fotográfica para transportarnos al Paris de principios del siglo XXI, a la redacción de la revista donde trabaja Julia, o al apartamento que conecta las vidas de las tres familias. Y desde allí dar el salto hasta Italia y a los Estados Unidos, con el propósito de hilvanar los microrelatos.
Los símbolos juegan un papel clave en la narración: el piso parisino, la llave del armario, el diario de Sara, la ventana del restaurante neoyorquino. La perspectiva global de nuestro tiempo queda reflejada con la presencia con mayor o menor protagonismo de tres ciudades: París, Nueva York y la Provenza. A través de esos paisajes y de esos escenarios, el telespectador capta los rasgos sociales y demográficos de esas tres urbes: el carácter reflexivo laico de París en la redacción de la revista; la pasión vital de la Provenza en la charla en el restaurante; el espíritu heterodoxo y libre de Nueva York en la casa familiar de los Ramsfeld. Y es en esa ciudad en la que termina por producirse la catarsis de los personajes.
Frente a la acidez y al dolor de la Segunda Guerra Mundial; frente a la realidad difícil y estresante de la crisis socioeconómica actual; el espectador tiene aquí un mensaje de esperanza, de guiño a la vida. Esas trayectorias vitales, que transitan desde el dramatismo hasta la alegría, se reflejan con acierto por la labor coral de actores, guionistas y director. En la niña jugando y mirando desde el ventanal, observada por su madre y por el hijo de Sara, tenemos un canto a la belleza de vivir. 

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