Las evoluciones de la Europa actual

Comentaba Julián Marías con una imagen muy metafórica que Europa era como una gran orquesta. Durante los últimos meses de 1996 y hasta ya entrado el mes de mayo de 1997, el filósofo desarrolló con magisterio un curso titulado Las formas de Europa en el Centro Conde Duque de Madrid. En el otrora cuartel militar de líneas neorrenacentistas, durante los miércoles de cada semana reunía a más de doscientas personas. La mayoría de ellas pertenecían a la generación que andaba entre los 70 y los 55 años. Ése grupo de mujeres y hombres eran leales lectores y seguidores de la obra intelectual, humana, del pensador. A continuación, las generaciones entre los 40 y los 20 años completaban el aforo de los asistentes habituales. Éstos se empezaban a sumar a ese interés por la sabiduría de Marías que transmitía con tranquilidad, pasión, una visión innovadora, y con generosidad.
Don Julián llegaba puntual a su cita desde su cercano domicilio en la calle Vallehermoso, a escasos cinco minutos andando. Trajeado y con corbata, accedía por el pasillo central hasta el atril donde se encontraba la mesa con un micrófono en el centro. El escenario, la puesta en escena, irradiaban sencillez, cercanía. Se sentaba y tras saludar con cordialidad a las personas congregadas, comenzaba a introducir el tema de la nueva sesión del curso a partir de los datos, de los argumentos, que había desgranado y aportado en la lección magistral precedente. El método de investigación y de exposición que utilizaba era la Filosofía de Ortega y del propio Marías, esa que en los años cincuenta durante la experiencia de ambos al frente del Instituto de Humanidades, pasarían a llamar “nuestra Filosofía”. Recurría a la razón histórica, a la razón vital, a la teoría de las generaciones, a la razón narrativa para mostrarles como Europa se había ido edificando a lo largo de su historia, con sus épocas de plenitud y de decadencia, y sus tiempos de transición, de dudas, de recorrer los caminos posibles. 

La perspicacia de Marías y el disponer de ese método innovador que es la razón histórica, le permitía mostrar a los presentes incluso qué otras trayectorias hubiera podido tomar Europa a lo largo de su historia y cómo eso hubiera desembocado en otras realidades, con otras circunstancias. Sobre todo, cuando trataba los asuntos bélicos, las innumerables guerras intraeuropeas, el meditador, que desgraciadamente había conocido las locuras de la Guerra Civil española y de la Segunda Guerra Mundial, transmitía un sentimiento hecho quejío al auditorio reflexionando cómo se podrían haber evitado. Esa reflexión, que como todas las importantes, las acompañaba de un profundo silencio posterior, que nacía en su persona y que compartía con el colectivo congregado, iba adherida de tristeza por lo ocurrido. Pero también de honda esperanza en que con sentido común, humanidad y altura de miras, hubieran podido no ocurrir. Y alertaba de que se tuvieran en cuenta para el discurrir actual de Europa y, en definitiva, del mundo.
En nuestro tiempo, con la crisis que estamos viviendo, leer a Marías, libros como la España inteligible –una visión española de su esencia europea y una manera personal de mirar el mundo-, o sus Memorias –tituladas Una vida presente–, nos puede alumbrar a todos para saber a qué atenernos. 

Después de la Segunda Guerra Mundial, Ortega marchó a Alemania a dar un ciclo de conferencias a modo de curso, que dio origen a su maravillosa obra Meditación de Europa. En ella, destacan numerosos argumentos, valiosas reflexiones. Para la época que estamos viviendo, os propongo ésta: decía Ortega que Alemania era mucho más que aquella que había desatado la Segunda Guerra Mundial. Había otra Alemania real, que había regalado humanidad, avances científicos, técnicos, saber estar al resto del mundo. Y los demás Estados, a lo largo de la historia, también habían cometido errores, tropelías. Y, por supuesto, habían hecho aportaciones decisivas para el avance de la humanidad. Proponía Don José la necesidad del hermanamiento sincero, leal, comprometido de los pueblos de Europa por un proyecto común. Por eso en este momento que estamos compartiendo, no cabe el lugar para los especuladores de cualquier sector que solo pretenden el bien para ellos. No hay espacio para las posiciones partidistas. Hay que saber tender la mano y aprender a acoger esa generosidad. El liderazgo con capacidades y recursos de unos tiene que ir adherido a la capacidad de los otros por responder a los compromisos adquiridos. 

Comentarios

  1. Excelente artículo, como todos los tuyos. Enhorabuena.

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