Ser persona entre personas


La época que estamos viviendo se está caracterizando por la suma de dificultades que se afrontan cada mañana. A lo largo de la historia, ese es el escenario que se han encontrado todas las generaciones precedentes, cualquiera que haya venido a esta vida. Conseguir un empleo o mantenerlo; las relaciones sentimentales que tienen que coexistir con las influencias labores, sociales, familiares; en las familias con descendientes, la educación de los pequeños; en el ámbito social la convivencia de sucesivas generaciones con sus proyectos, sus realidades, sus ideas y sus creencias. La vida se ha hecho más compleja desde la niñez. En aquellas familias en las que trabajan el hombre y la mujer fuera de casa, los pequeños van a las guarderías en muchos casos, o se quedan al cuidado de familiares o de personas asistentas.
La vida de adulto nos hace entrar de lleno en la importancia de las tomas de decisiones. Como nos advertía Ortega y Gasset a lo largo de su obra filosófica, el riesgo es el estado en el que vive la persona. Nos vemos obligados a elegir, en ocasiones acertamos, en otras erramos. Lo más difícil, aunque creamos lo contario, es acertar. La necesidad de rectificar, por tanto, va de la mano de la elección cuando nos equivocamos. Eso explica las trayectorias humanas, y como Ortega y Marías reiteran en esas huellas están las personas que pretendemos ser.
El acierto nos permite sacar adelante el quehacer que nos habíamos propuesto, y coger confianza de cara a próximas elecciones. Ese estado de ánimo, esa experiencia vital, sin embargo, no nos debe hacer pensar, sentir, en definitiva, vivir, creyendo que el acierto nos acompañará siempre. Ese es un error que tenemos que intentar evitar. Posiblemente, para alcanzar el equilibrio personal hemos de tener presente esa doble circunstancia.
En los momentos de alegría, de estar viviendo una buena etapa vital, hay que contar con la compañía de aquellos seres humanos que nos acompañan en muchas de las circunstancias, sobre todo en las difíciles. Un buen amigo, una pareja que merezca la pena, un ambiente laboral sano, o un vecindario bien avenido, son muy valiosos para construir y mantener ese clima. Y tenerlos, no es fácil, exige esfuerzos, grados de comprensión, compartir vivencias.
En las situaciones de dolor, de tristeza, de desesperanza o de desilusión, la presencia y ayuda de personas comprometidas con los problemas de uno, de una familia, de un grupo social, o de una institución, es básica para afrontarla. Toda ayuda que aporte compromiso, que entienda lo valioso de dar y recibir, son energías que suman al duro esfuerzo cotidiano.

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