Varias ciudades en una

Cuando una persona camina por una urbe, si se detiene a observar cómo son sus calles, sus avenidas. Si se para a mirar con atención cómo evoluciona la vida social en función de las horas del día, de la época del año. Si hace una parada bien en cualquier negocio, pongamos por caso, una carnicería; o bien en un lugar público que invita al recogimiento, por ejemplo, una iglesia. Si ve la evolución de los estilos de vida, en función de si visita una zona comercial, y un rato después transita junto a una de las riberas de su río. Cuando todo eso acaece, y alguien participa como espectador en todo aquel elenco de vivencias, aprecia la simultaneidad de tiempos vitales que existen. Se capta el punto de cohesión, de ruptura o de indeterminación de sus relaciones institucionales y sociales.  
Profundizar en cada una de esas realidades, nos permite encontrar matices en la sociedad opulenta, en los hábitos desmedidos de la sociedad de masas. La gente empieza a estar cansada de los desmadres, de los excesos. La autocrítica es sinónima de virtud, de tener capacidad de reacción y rectificación. En una joven democracia como la española, los globos sondas que lanzan las altas esferas de los dos principales partidos con la connivencia de aquellos medios de comunicación que le hacen el juego, cada vez causan más rechazo diario en la sociedad de nuestro país. La ciudadanía no está dispuesta a seguir soportando el que ella se apriete el cinturón, y que los ex presidentes del gobierno y otros que han ocupado cargos en las Cortes, continúen con sus sobresueldos vitalicios. Eso es una rémora para la convivencia democrática, para continuar mejorando nuestro sistema parlamentario. Es un ataque contra la supuesta justicia redistributiva del Estado del bienestar que dicen defender socialdemócratas y demócrata liberales. Señorías, dejen de llenarse la boca con discursos vacíos y den coherencia a su comportamiento con actuaciones que lo demuestren.
Hay un choque de olores entre esos estilos de vida, y los de la gente de la calle, que día a día sale a sus trabajos, a sus negocios, para ganarse los recursos imprescindibles para poder vivir. Entra uno en una parroquia, y en la paz que regala su silencio, puede escuchar con nitidez el sonido de las manecillas del reloj de pared. Se detiene junto a un mostrador, y puede disfrutar del color vivo, fresco, de una carne de cerdo. Y, sin embargo, cuando se llega a casa, la experiencia empieza a decir que es mejor no poner el televisor y escuchar la actualidad política. Ella está llena de incoherencias, de intereses partidistas, de mirar y actuar sin tener presente las necesidades y circunstancias de la mayoría.


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