Las perspectivas del Sol

Las sensaciones que nos transmite y nos genera el Sol varían en función de la época del año y de las circunstancias personales que siente quien recibe sus rayos. Es grato en un invierno como el que estamos viviendo, sentir la fuerza de su energía después de una dura jornada de trabajo, o cuando el resto de obligaciones diarias nos piden buscar un espacio para disfrutar de la vida y limpiarnos de los cansancios acumulados. Salir a pasear y buscar las aceras por las que el astro llega con vitalidad en el momento del paseo, es un buen comienzo en ese camino de transición hacia el encuentro con la paz interior, el gusto por la vida, y las emociones que regeneran a la persona.

Es curioso para quien camina sintiendo en su cuerpo y en su interior la luz y la energía que le transmite, y también piensa en quienes en verano se lanzan a tostarse al Sol. Como todo en nuestra existencia, ya lo mostró Aristóteles, la virtud está en recibirlo en su término medio: el poderlo disfrutar sintiendo realmente que nos ayuda. Y que esa sensación no sea una realidad imaginaria sin contenido.

Caminar reconfortado por el Sol permite transitar dando tiempo al tiempo y tomando distancia frente a lo que se vive. Nos regala el fijarnos en los pequeños detalles de la existencia diaria; por ejemplo, en el estado de las calles y de las vías urbanas, su grado de limpieza y conservación. Cómo los profesionales encargados en su mantenimiento cumplen o no con su cometido. O cuál es el compromiso real de cualquier ciudadan@ en mantener limpia su ciudad. O el grado de competencia de un ayuntamiento a la hora de conservar e innovar en su tierra.
Y claro, en todas esas realidades hay niveles y calidades muy diversos, varían. Todo ello repercute en la calidad de vida de la gente que en ese municipio hace su día a día. Por tanto, tiene influencia clara en la convivencia y en la coexistencia ciudadana, desde las esferas públicas a las privadas.

Cuando quien pasea, alcanza un parque cuidado con mimo, sabiduría profesional y humana, y se sienta bajo la copa de un árbol, siente que el Sol está en otro punto, su efecto es otro. Empieza a saborear el placer y el ungüento de la brisa, sobre todo, si ella viene acompañada de la frescura del agua de la fuente del lago. Las sombras se entremezclan con la luminosidad de la luz vespertina. La persona recibe las energías que la naturaleza le regala en su proceso regenerador. Mientras unos corren o pasean para cuidar su salud; otras caminan acompañadas por sus perros haciendo puestas al día de sus vidas. Y el Sol, desde sus diferentes planos, regala a quien elige apreciar su presencia. No es igual el Sol en verano, que en invierno, y entre ellos viajan los de otoño y primavera. Tampoco ni tu lectora, ni yo, somos los mismos, porque evolucionamos conforme nuestra vida acontece y nuestras circunstancias viran.

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