Clara Campoamor, ejemplar


Después de estar dándole vueltas a cómo titular este artículo, he decidido por el que podemos leer. El motivo es que esta mujer es a su vez persona, algo obvio, una de las dos maneras de serlo. Incluso, aunque no sea el argumento de este escrito, la homosexualidad en cualquiera de sus dos vertientes o la transexualidad, no son más que otras maneras de vivir la condición sexual que tiene una persona. Evidentemente, sus circunstancias y las formas de relacionarse con los otros, con las instituciones y la sociedad, es lo que les hace tener unas vivencias peculiares y, por tanto, personales en unos casos. Y, en otros, al ser compartidas con aquellos y aquellas que viven las mismas singularidades, ser interpersonales y de grupo. Bueno, hecho este matiz, continuemos con el propósito principal que nos traía: glosar la figura, la vida, de esta extraordinaria mujer que fue coherente con su trayectoria vital. Su ímpetu, su vocación transparente, su capacidad para asimilar lo vivido, su sensibilidad para tender su mirada preocupada por los demás, su talante luchador constante, permitieron que las féminas de su tiempo lograran el derecho al voto en España, allá por el año 1931. Un momento en el que a priori y durante buena parte del debate social y parlamentario la mayoría, no todos, de los diputados y los estamentos sociales, estaban en contra de esa reivindicación humana, social, jurídica y política.

Ella, junto al apoyo ganado a pulso de una mayoría de votos de diputados en la Comisión pertinente y en el foro parlamentario, alcanzó por cuatro votos de diferencia ese logro decisivo. Alguien, que desde la temprana edad de trece años, por su circunstancia de orfandad paterna, tuvo que ayudar profesionalmente a su madre y familia para sacar la economía doméstica a delante. Esa dificultad extra no le impidió seguir estudiando. Y tras cursar los estudios de bachillerato ya siendo una adulta, lograr entrada en la treintena licenciarse con brillantez en Derecho.

Cualquier persona que se acerque a leer su experiencia autobiografía sobre el periodo preconstituyente de la II República hasta los meses previos a la Guerra Civil, recogida en el título Mi pecado mortal: el voto femenino y yo, sentirá la lucidez, la honestidad, la vitalidad, la coherencia y la capacidad de superar las adversidades de Clara Campoamor. Como una reciente película dedicada a ella al final de la misma decía en espacio dedicado a los créditos, “lo que en otros países lograron miles de mujeres, en España lo logró una sola, Clara Campoamor”. Es curioso porque esa excepcionalidad de la vida española, esa heroína que sin lugar a dudas fue Clara –en el sentido clásico y original griego–, muestra la dificultad que entonces había para formar buenos equipos. Circunstancia que aún hoy en día en cualquier orden de la vida se sigue manifestando en nuestro país. Determinada gente, desde el ámbito laboral al político, incluso en las esferas de los entornos familiares, anda más pendiente de lo que hace o deja de hacer un compañero, o la oposición, o el vecino, que en elegir qué necesita hacer con su vida. Y qué tiene que compartir con el otro, que es imprescindible que se comprometa con el prójimo a hacer, porque es un problema o proyecto común.

De la lectura de este libro, una obra que cualquier persona atraída por la lectura es aconsejable que la tenga en su biblioteca, se desprenden algunas otras enseñanzas. Vamos a presentar unas, quedando para otra ocasión la exposición y el desarrollo de las restantes. Tras el cotejo de esas páginas impregnadas de documentación rigurosa, sencillez y hermosura literaria, y de una tremenda e inteligente lucha personal. Después de haber leído España invertebrada de Ortega o el primer volumen de Una vida presente de Julián Marías, se observa la incapacidad de buena parte de los representantes políticos de aquel Parlamento Nacional para ejercer sus competencias como portavoces de las cuestiones sociales que el pueblo español requería. La mayoría de aquellos parlamentarios, no todos, adolecían del talento, de la sensibilidad, de la altura y profundidad de miras, necesarios para ponerse en la posición del otro, de quien tenía una visión diferente sobre un tema. En lugar de ver qué les unía, se obcecaron en enfrentarse por lo que les separaba. Eso conllevó a que conforme los debates y los asuntos se fueran abordando que las posturas se fueran llevando a los extremos. Y que aquellos que manejaban con torcicera y egoísta actitud los hilos de los partidos políticos, se preocuparan de alcanzar el poder en beneficio propio y en detrimento de la ciudadanía y del país. Ya sabemos las consecuencias de aquellos lamentables episodios: la Guerra Civil. Además quienes oligárquica y partitocráticamente usaron su posición parlamentaria, azuzaron tanto en un extremo como en otro a sus juventudes, para que éstas en las calles y en los espacios públicos usaran la violencia para amedrentar al adversario. Es curioso ese paradigma de comportamiento, porque en el fondo es muy similar por no decir idéntico al que ellos habían denunciado y contra el que se habían revuelto en tiempos de la dictadura y de la monarquía. Al final, fueron más excluyentes y autoritarios que aquellos, porque desde su rechazo acabaron haciendo una vida demagógica y asumiendo patrones de comportamiento gemelos.

Al detenernos sobre las vivencias, las preocupaciones y los asuntos que Clara Campoamor tuvo que vivir en aquel periodo de su biografía, y que entre otras consecuencias le obligaron a abandonar el país a principios de la contienda bélica, llama la atención cómo hizo de los problemas y de las necesidades de los demás, de los más desfavorecidos, como por ejemplo los Niños de la Beneficencia, su causa vital de actuación. Su compromiso fue leal y activo, de ese modo único que puede serlo: haciendo lo que se predica con la palabra. Hoy en día, en un momento de crisis en todos los órdenes de la vida, echar la vista atrás a trayectorias como la de Clara Campoamor, o a la que estamos viendo en personas a punto de cumplir los cien años como José Luis Sampedro, deben alentarnos a hacer posible otra filosofía de vida.

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