¿Por qué la gente quiere que los partidos cambien?


Caminaban una ciudadana y un ciudadano por un bello parque de su ciudad. Un rato antes, camino de aquel maravilloso lugar donde la naturaleza se siente y se disfruta, se cruzaron con un amigo de ella que, entre otros asuntos, les habló de que por aquel barrio había un mitin electoral. Conforme iban tomando una pequeña cuesta de aquel edén urbano, una música no identificable aún por sus oídos les empezaba a llegar. Se hicieron una idea de en qué lugar podía estar el escenario y los demás elementos del espectáculo ante los comicios municipales. Cuando hubieron transitado unos doscientos metros más, las intuiciones se confirmaron. Aquellas notas musicales iniciales ya eran identificables. Era la sintonía que aquel partido político venía usando desde hacía más de veinte años.

La conversación entre aquellos dos se dirigió hacia ese asunto durante unos minutos. Curioso, eran tan innovadores hasta en la selección musical. Una cosa es el respeto al pasado, por supuesto a las señas de identidad propia y a las de los demás. Y otra cosa es el acomodamiento que detalles pequeños como ese mostraban. A eso se sumaban otros matices como las banderitas con los logos del partido. Después de su uso, ¿desarrollarán una campaña responsable y sostenible para su reciclaje? O alrededor de una decena de autobuses que traían a gentes de otros municipios para que hicieran muchedumbre y aquel espectáculo de masas diera una sensación de fuerza, de unidad, hacia las gentes de aquel barrio y, sobre todo, hacia la ciudadanía que posteriormente viera la crónica de aquel acto en los medios televisivos. ¡Qué originalidad! ¡Qué prueba de honestidad cuando aquellos comicios eran municipales y había personas que votarían en sus localidades de empadronamiento y no en aquella! Y buena parte de aquel acto, como los de otros partidos, sufragados con dineros públicos, ¡con la que está cayendo! ¡Qué ejercicio de compromiso y solidaridad, compañera, compañero!

Prefirieron tomar por otro sendero, alejarse durante su trayecto por el parque de aquel arcaico episodio de la propaganda política. Poco más de veinticuatro horas antes, decenas de miles de personas se habían manifestado pacífica y cívicamente en España, como en los últimos meses venían haciendo millones de personas en otras partes del mundo, pidiendo no votar a aquellos políticos. Y reclamando otra manera de hacer de los banqueros y del mundo de las finanzas, opuesta y diferente a la deshonesta y egoísta de los últimos años. Esa ciudadanía quiere otra democracia sincera, honesta, humana, donde cada hijo e hija de vecino tenga la oportunidad de hacer su vida con libertad, responsabilidad y recursos cada mañana.

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