Interpretar la sociedad con los medios


El siglo veintiuno nos exige a las personas que trabajamos en los medios de comunicación una evolución, un cambio, si realmente queremos seguir ofreciendo una información veraz, lo más completa posible, sobre los fenómenos y acontecimientos personales y sociales que están produciéndose o se vayan dando en el futuro. Para eso, las personas dedicadas profesionalmente al campo de los medios de información requerimos dar un paso adelante que rectifique los errores o las manipulaciones cometidas en el pasado. En este sentido, dada la influencia que la televisión viene ejerciendo en buena parte de las sociedades de cualquier país, la información televisiva requiere una perspectiva diferente. El periodista ha de dejar de ser un mero altavoz que reproduce el contenido que un sujeto o una institución transmite. El motivo es obvio, dejar de ser un altavoz de una fuente interesada que trata de lanzar un mensaje a la comunidad para que su punto de vista se legitime. Y si el contenido de esa fuente es equivocado o es egoísta y manipulador, y va contra la soberanía popular,¿cómo han de reaccionar la periodista y la empresa informativa? En los últimos días, por citar un caso concreto, estamos viendo en Europa la polémica que se ha suscitado por la muerte de una serie de ciudadanos como consecuencia del brote de E.coli. Cómo han de actuar los medios de comunicación cuando situaciones de este tipo se producen. O cuando situaciones personales o realidades de colectivos marginados son excluidas de las redes informativas y del debate civil y público, qué tiene que hacer el comunicador para acabar con esa censura y opacidad informativa.
El seguir asumiendo una postura propia del periodista altavoz lleva como consecuencia, si nos ceñimos al caso de la alarma social causada por el E.coli, a fomentar esa desinformación, a manipular la realidad porque realmente se desconocen los orígenes y los causantes. Por tanto, en lugar de cumplir con una de las obligaciones de la institución comunicativa, informar con veracidad y en beneficio de la ciudadanía y del sistema democrático, se incurre en un erróneo ejercicio de la profesión. Aún más grave es cuando esa equivocación es intencionada y se acompaña de la mentira consentida. Entonces, se quiebra la vocación periodística y se convierte en un obstáculo para la construcción y maduración de la vida democrática. ¿No hubiera sido mejor no entrar al trapo de las fuentes interesadas para explicar los orígenes del E.coli cuando aún no han sido probados?




En este sentido, más aún con la incorporación de Internet a la realidad comunicativa, es necesario dar un giro decisivo en la concepción de la actividad periodística y en la vida de cualquier medio de comunicación, desde la prensa escrita a la radio y televisión. Y esa evolución ha de venir dada por acabar con el paradigma de que quien da antes la noticia es el mejor. Eso como la historia nos demuestra es una realidad muy incompleta. El buen periodismo no es una carrera de 100 metros. Los medios de comunicación que alcanzan la excelencia son aquellos que dotan de sentido a toda una trayectoria profesional y humana a un equipo de profesionales. En este sentido, por qué perduran espacios televisivos como Tierra y mar, Redes, o Días de cine en la Televisión Española. Por qué aparecen con fuerza y constancia, esa que les hace consolidarse y permanecer a espacios como Los imprescindibles, Biodiario, El escarabajo verde, Ciudades para el siglo XXI o Babel. Posiblemente porque ejercen el periodismo con una mirada maratoniana, dando pausas y su tiempo a los temas, a las personas que retratan en sus reportajes, entrevistas y documentales.

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