El placer de los sabores cotidianos


Frente a la crisis que estamos viviendo, frente a las noticias negativas o dramáticas que recibimos a diario, vamos a proponer un cambio de tendencia, de actitud, que mire en positivo y abogue por el disfrute de los placeres cotidianos. Eso implica desconectar la televisión en horario de almuerzo o de cena, y compartir los sabores de los fogones familiares con la conversación cercana y entrañable. La cebolla se va dorando con la ayuda del aceite de oliva. Su color blanco transparente se va tornando caramelo, y va perfumando la cocina. Mientras, también al abrigo del oro líquido, como lo llamaron los romanos, las judías troceadas se van haciendo; esperando su turno el pepino y la calabaza cortados, y las habas. El pisto está en camino.



Uno de los mayores goces de trabajar cerca de una cocina es deleitarse con los aromas que ella va ofreciéndonos. Quien se deja atrapar por ellos, permite volar a su imaginación. El trabajo se vuelve menos fatigoso, se hace más llevadero, e incluso se redescubre el gusto hacia él cuando el estrés se deja aparcado. Normalmente ese aparece fruto de una equivocada planificación o aplicación, o de un erróneo diseño de los recursos humanos. En lugar de generar empleo y de redistribuirlo con sentido común, se sobrecarga. Esa manera de proceder es contraria a los secretos abiertos del buen arte culinario. A fuego lento, sin tener en cuenta las malas prisas consejeras. Por ello, cuando escuchamos a maestras y maestros de ese noble arte que es cocinar, nos llaman la atención varias aptitudes y actitudes que ponen en marcha a diario: una, es esa sonrisa con la que se acercan al hornillo. Muestran su pasión, su vocación, sincera, hacia su profesión. Por eso desde un tiempo para acá están teniendo el reconocimiento social que les hace ser vist@s como una nueva saga de artistas. Otra, sabedores de la impaciencia que puede traer la clientela cuando se acerca a sus mesas o barras, la capacidad de lidiar con esa ansiedad ajena y propia –la de atenderla–, son capaces de afrontarla y superarla. ¿Cuánta Filosofía para la Vida fomentan estas personas? Por tanto, aunque no seas ni chef, ni maître, ni sumiller, ni camarero, aparca a un lado las ansias por llegar y saborea el goce de pasear, de sentarte en la mesa, y de sentir en tu paladar la buena comida acompañada de una conversación inteligente.




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