El placer de pasear




Cualquiera que lea estas líneas habrá disfrutado a lo largo de su vida del placer de caminar. De lanzarse a la calle sin otro propósito que recorrer las calles, avenidas y plazas de su ciudad o de cualquier otra, por el simple hecho de deleitarse con esa sencilla y gratificante acción. No cuesta dinero, nace de la libertad personal, y además nos permite ir descubriendo los matices que envuelven a cada zona de un municipio. Nos aporta un conocimiento práctico de su historia a través de las evoluciones sociales, demográficas y urbanas que ha experimentado a lo largo del tiempo. Si tenemos una mínina capacidad y conocimiento de los procesos urbanísticos, podemos apreciar hasta qué punto las evoluciones que cualquier villa viene experimentando durante la sucesión de generaciones, pueblos y épocas, son más o menos armoniosas. O, por el contrario, carecen de los más básicos niveles de diálogo entre los estilos arquitectónicos, entre los procesos urbanísticos, que se han ido sucediendo en la conformación de la misma. Cuando esto último sucede, cualquiera que se haya detenido a observar con sensibilidad una urbe, habrá descubierto como esa pierde belleza, encanto, capacidad de integrarse dentro de una trama histórica. Si hablásemos en términos filológicos, diríamos que las sucesivas etapas de construcción de la ciudad destacan por hacer prevalecer sus aspectos sincrónicos. Eso implica que el diálogo diacrónico se rompa, se superponga, el municipio se ve privado de la virtuosidad que alcanzan aquellos en los que los procesos urbanísticos se han hecho respetando las transiciones de unos estilos a otros, de unas etapas a otras.


En cambio, cuando la evolución de los diferentes espacios urbanos alcanza un diálogo armónico, fruto de un trabajo consensuado entre las personas y las instituciones que participan en sus planes de ordenación, de un respeto hacia lo valioso del pasado y de un fomento de lo original y enriquecedor de lo novedoso que se proyecta hacia el futuro, las ciudades fortalecen su coherencia interior. Caminar por sus lugares públicos, contemplar la concatenación de sus edificios, zigzaguear por sus plazuelas y callejuelas, se convierte en un auténtico deleite para los sentidos. Todo esto, en los centros medievales de la Vieja Europea es posible. Dependiendo del grado de protección que tengan esos cascos urbanos resulta más placentero y más fácil saborear el arte de pasear. Curiosamente, esos espacios empezaron a construirse desde hace más de ocho siglos con la vista puesta en que las personas que transitaban por ellos, lo hacían a pie, montado en animales, o en carros transportados por bestias.


La locura, la estupidez, humana, que se ha fomentado desde ciertos sectores industriales, políticos y sociales, desde finales del siglo diecinueve, y a lo largo del siglo veinte, promoviendo la cultura del coche para ir hasta el cuarto de baño, se han convertido en enemigos de esos cascos medievales, de la buena salud de los edificios –muchos de ellos auténticas obras de arte que requieren de una protección especial, y de la tranquilidad de la ciudadanía. Tod@s hemos presenciado alguna vez los ataques de nervios, de ansiedad, y de falta de civismo, que se producen en los atascos. Estos son aún peores cuando ocurren en esos centros históricos. Por eso, cuando ayer, el nuevo regidor municipal del Ayuntamiento de Sevilla hacía realidad efectiva la promesa de su programa electoral de acabar con el plan centro, much@s nos preguntamos qué de positivo va a traer ello a la gente de esta ciudad, a sus empresas, a quienes tengan el gusto de visitarnos. La peatonalización de ese enorme enjambre urbano que es el casco medieval de Sevilla, incluso para quienes despotricaban comercialmente con su puesta en marcha, ha resultado ser un éxito económico. Salvo para quienes se hayan quedado anclados en una visión arcaica de los negocios, y su bienestar no es viable ni en esa zona ni en cualquier otra por el simple hecho de que se han quedado estancados.
Bien hará el nuevo equipo de gobierno y la minoría rancia que apoya esa medida, reconsiderar su decisión legislativa. Si se quiere un nuevo consenso mayoritario de su sociedad civil y que las medidas, técnicas y tecnologías funcionen frente a los fallos que se hayan podido supervisar, es momento de actuar con profundidad y amplitud de miras. Ayer ya se produjeron concentraciones ciudadanas pidiendo la anulación del decreto municipal. A un gris ministro de Trabajo, del segundo gobierno de Aznar, ya le ocurrió en su día con la promulgación de una reforma laboral por la vía del decretazo. Al final, tras una huelga general y otras medidas de presión, tuvo que derogar su equivocada ley. Seguro que a la vuelta del verano, nuevos actos se llevarán a cabo para que pasear por el centro de esta y de cualquier ciudad, saboreando los olores de sus naranjos, de sus jazmineros, o de sus damas de noche, no sea una quimera y sí una realidad.

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