Periodistas diferentes

Aquel joven profesor convertía el aula universitaria en una auténtica redacción, en un foro de opinión, en el que reporteros, redactores y miembros del consejo editorial, se reunían para cotejar lo más interesante publicado en la prensa nacional y a partir de ahí ir aprendiendo a formular puntos de vista personales y diferentes. Tenía la virtud de reunir artículos, entrevistas y reportajes de los más diversos temas, de tal manera que en aquella montaña de papeles que le acompañaban cada mañana había materiales, documentación, para l@s amantes del deporte, de la salud, de la política internacional, de la economía o de las artes escénicas. Su mirada era amplia porque abarcaba desde las más conocidas cabeceras nacionales hasta nuevos diarios que iban surgiendo y que eran minoritarios. E incluso a través de las revistas de prensa, o de influyentes magazines internacionales publicados en Francia o el Reino Unido, les mostraba a l@s jóvenes cómo hacían periodismo l@s colegas de otros países.

Con aquella manera de trabajar, aquel caballero nacido en tierras de la Castilla Antigua, donde el románico, el gótico y las ruinas romanas daban personalidad a su paisaje urbano, lograba estimular a la juventud estudiantil y hacer que las horas académicas fueran dinámicas. Suponía romper con los hábitos de las clases magistrales sin romper abruptamente con aquel otro método. Posibilitaba el intercambio vibrante y cercano entre tod@s, destacando su presencia por la inteligencia y sensibilidad con la que se mezclaba entre ell@s. Tal era así, que durante los dos cursos que él les dio clases, impartiendo sesudas materias, casi nadie recordaba que se hubiera sentado en la mesa del profesorado, ni tan siquiera en días de exámenes. A los que por cierto, en la mayoría de los casos se iba casi evaluado, ya que su método de evaluación era continuo y prevalecían la participación en el aula y los trabajos que se iban haciendo por encargo de él y por iniciativa personal de cualquier alumn@.

Conforme avanzaba el curso, se rodeaba de un cuerpo de estudiantes voluntari@s con quienes formaba un equipo para ir clasificando y catalogando aquel Teide que se iba formando con los recortes de prensa. Entonces, la interdisciplinariedad y la transversalidad daban un salto cualitativo. Aquell@s universitari@s se veían obligados libremente a ir aprendiendo las técnicas y los métodos de archivística y documentación científica que iban a tener que manejar en su profesión. Con ello daba un pase torero al arcaico plan de estudios que había dejado la asignatura troncal de Documentación para el último curso. ¡Menudas lumbreras quienes diseñaron aquel programa de materias y su distribución en los albores de la transición! Y, sobre todo, siguiendo el ejemplo de l@s peripatétic@s griegos, de Don Francisco Giner de los Ríos y su emblemática I.L.E., o de la mítica Facultad de Filosofía y Letras de los años diez a 1936 en Madrid, promovía el intercambio personal, las relaciones de amistad, el fomento de las vocaciones y de las personalidades que se iban formando.

Por eso, cada vez que cualquiera de aquell@s periodistas se reencontraban fruto de las amistades cocidas en el horno de las paredes de la Universidad, en sus fogones de la cafetería, o en la tertulia improvisada en casa de cualquier de ell@s, su figura mítica reaparecía con su mano alzada acompañada de un mineral periodístico y su genial voz diciendo Para los amantes de…

http://www.youtube.com/watch?v=grdTe5IZqkY

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