Rayo de esperanza


Decía Ortega qué solo creía en los pensamientos de los náufragos. Entre otras razones, a su amigo y discípulo Julián Marías, esa realidad inherente a la vida personal, le llevó a elegir como símbolo de su filosofía el barco del escudo de la ciudad de París. ¿Y por qué nos preguntaremos? Porque ese icono va acompañado de un lema que dice “navega, sin ser nunca sumergido”. La declaración de intenciones, que tanto en Ortega como en Marías resulta ser un programa de vida personal, es trascendental. No solamente abarca la vida de ellos dos que fueron quienes descubrieron esa realidad humana, sino que afecta, es inherente, a cualquier persona. Esa razón vital le llevó al pensador madrileño a realizar varias navegaciones a lo largo de su existencia, como él mismo declaró poco después de la publicación de La rebelión de las masas, y en respuesta a un homenaje que recibió por su trayectoria en la universidad española. Julián Marías explica y narra con magistral comprensión, talento, sensibilidad y amplitud de miras el significado y la intención de las navegaciones de Ortega en su monumental obra Ortega, circunstancia y vocación. Un texto que completará años más tarde con la publicación de Ortega, las trayectorias.

Ambos filósofos, a quienes su discípulo norteamericano Harold Raley ha denominado como los dos mayores pensadores de la Historia de Occidente, sabían a ciencia cierta, la ciencia de la vida, los porqué de sus afirmaciones. Tanto Ortega como Marías tuvieron la osadía, la valentía, la coherencia y la honestidad de poner en juego sus existencias, sus programas de vida, en las más complicadas circunstancias vitales. Incluso en dos momentos concretos de sus trayectorias, sus vidas corrieron serio peligro de verse cortadas, injustamente laceradas, como consecuencia de la acción vengativa, envidiosa y delictiva de determinados personajes y ciertas instituciones que fueron a por sus personas. Ortega se tiene que refugiar en la Residencia de Estudiantes que era la sede la Embajada británica, hasta que junto a buena parte de su familia logra partir hacia Francia. Marías tras la cobarde e injusta denuncia de un gran amigo, estuvo en los albores de un consejo de guerra, por ser discípulo de Ortega, Besteiro, …

Superadas esas situaciones extremas, con el dolor y el desgaste emocional e intelectual que circunstancias como esas provocan en quienes las padecen, la alegría a la que tanto invocaban ambos, volvió a aparecer en sus vidas cotidianas. La ilusión, los proyectos irrenunciables, retomaron su liderazgo a partir de los cuales afrontar cada jornada. Después de la cruenta y perversa tormenta que fue la Guerra Civil, Ortega y Marías se comprometen con el mapa personal que habían ido trazando años atrás, y deciden seguir dando argumentos a sus vidas. En el caso de Marías, recordará en su primer volumen de Memorias, titulada Una vida presente, que si bien no podía hacer lo que quería, si tenía la obligación de hacer aquello que le era posible desde la total independencia. Y su biografía nos muestra que lo logró.

¿Y por qué hablamos hoy de Ortega y de Marías? En este tiempo, el nuestro, en el que las dificultades asoman por cualquier rincón del planeta, y los problemas se aglutinan con la velocidad con la que lo hacían los gremlins cuando se tiraban al agua para reproducirse, tener presente las existencias, la Filosofía de Ortega y Marías, nos ha de hacer mirar el presente y, sobre todo, el futuro con optimismo y compromiso. No podemos caer en la desesperación, en la desilusión. Todo lo contrario, es el momento, es la etapa de nuestras vidas, en la que más estamos obligados a coger el toro de la vida, torearlo y cortarle las orejas. Ha llegado la hora de que el timón del velero no solo no vaya a pique, sino que seamos capaces de hacerlo entrar en el puerto con toda la tripulación salvada y con la ilusión de que lo que está por venir será mejor que lo ya vivido. En nuestros intentos hasta conseguirlo, nos definiremos como personas, grupo, generaciones y sociedades.




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