Horas previas a la conquista




Estaba al otro lado del teléfono cargada de emociones que había vivido en los últimos meses. Y las había toreado con esa sagacidad que aporta el talento, la sensibilidad y la capacidad de lucha de quien, a pesar de su juventud, ya había vivido mucho. Su ánimo se hallaba expectante de cara a la reunión que iba a tener a primera hora de la mañana. Era consciente de que se le habían puesto por delante unas puertas que tenía que terminar de abrir a su gusto. Como a ella le encantaba decir “son ellos los que tienen la necesidad, y yo y mi equipo los que podemos resolvérselas”. Conforme la conversación fue transcurriendo por el hilo telefónico, se soltó a hablar con la espontaneidad y la dulzura que le caracterizaba cuando daba la oportunidad de traspasar su coraza. Dejaba el kimono de luchadora de artes marciales de la vida para convertirse en una narradora con espíritu de heroína poética.
Aquella mañana se iba a levantar siguiendo todos los rituales que le gustaba llevar las jornadas especiales. Iba a mirar por la terraza para sentir la fuerza de los vientos alisios que llevaban la música del Atlántico a ritmos de boleros, cumbias y merengues. La noche anterior para ir entrando en trance, en ambiente, había optado por las notas musicales de Enya. Sentía como la brisa fresca llegaba hasta su rostro. Era aquel un síntoma de que se encontraba en plena vorágine negociadora. Miraba con sumo cuidado cada uno de los detalles de su plan de acción. Y, como experta en las lides de la negociación, se ponía bajo la figura de su rival para desentrañar las tácticas y estrategias que él iba a plantearle. El propósito final era que aquel se sintiera tan irremediablemente atraído por la propuesta de ella, que el tipo acabara sucumbiendo ante el conjunto de proyectos que le iba a presentar.
Se sentaría mirando al mar para coger fuerzas dando buena cuenta de una tostada con aceite de oliva virgen y tomate. Regada aquella con el jugo de la naranja y con el sabor inconfundible del café. Tras ello, con ímpetu se dirigiría hasta el cuarto de baño para sentir la fuerza del agua sobre su cuerpo. Una vez secada, comenzaba el ceremonial de sacar la diva que llevaba dentro. Y es que en el ritual del ajedrez profesional, su imagen seductora aportaba la melodía que envolvía la magia que iba a venderles. Se alzaría sus inseparables tacones, cual reina segura, y saldría de su guarida caminando con la fuerza de quien se sabe vencedora incluso antes de dar el jaque mate…

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