Nubes en agosto








Anda el tiempo diferente. Es agosto y parece ser octubre. El cielo color gris plomizo anuncia lluvias que no terminan de caer en el sur. Mientras en otras partes del país desde el día de ayer, aquellas se han dejado sentir sobre los campos y los municipios españoles. Resultaba curioso ayer escuchar a una propietaria de un restaurante playero pronunciar sus preocupaciones con que este tiempo, que estamos teniendo, pudiera afectar negativamente a la temporada estival. Esa manera de ver las cosas es fruto de una arcaica visión de las vacaciones y de la concepción del modelo turístico. En estados como España, que cuenta con un patrimonio histórico singular y extraordinario, resulta desalentador quedarnos anclados en el modelo de sol y playa. Se puede seguir disfrutando de ellos sin necesidad de centrarlo todo en la vetusta costumbre de vivir el tiempo de descanso sentado en una silla o hamaca recibiendo los rayos solares. 
En cambio, quien estas líneas escribe, escuchaba hace unos días a tres mujeres en la década de los treinta alegrarse de que estaban viajando por el sur de España sin tener que soportar las exigencias de las temperaturas extremas. Esa significativa bajada de temperaturas que estamos teniendo tanto de día como de noche, está permitiendo redescubrir las ciudades y los pueblos durante el verano. Con la tranquilidad, la ausencia de ruidos desagradables, sin tener que afrontar los malos rollos de los atascos y de las prisas. El día o la actividad diaria se expanden como consecuencia de que se puede pasear, caminar, sin soportar condiciones climatológicas adversas. El cuerpo se cansa menos, la fatiga mental se reduce. Eso está renovando y rejuveneciendo el sentido de viajar, que no es otra vivencia que recorrer las calles, los lugares, de un país, impregnándose de la vida cotidiana de sus gentes. Ello implica que un vasco se convierta en un andaluz durante los días que vive en esas tierras, o que una canaria haga propio los usos de vida alemanes cuando pasea con una salchicha en mano por la Marienplatz de Múnich.   
Y todo ello no impide que cualquiera cuando la noche empiece a caer, se vaya a un chiringuito de playa para escuchar como las olas del mar rompen sobre la arena y el espigón, y la luz de la luna ilumina el mar. Mientras los olores de un espeto de sardinas se expanden haciéndose a fuego lento y los sabores de una buena sangría se dejan sentir sobre el paladar, sonando música de fondo…

Comentarios

Entradas populares