Ortega, un siglo después




Cuando Ortega regresa a España en 1945, después del exilio forzado de la Guerra Civil, y una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, lo hará manteniendo su domicilio oficial en Lisboa, dado que no se fiaba del régimen dictatorial español del cual siempre se mantuvo alejado y al cual rechazaba. Eso le hizo no recuperar su cátedra de Metafísica y tener problemas para cobrar su pensión cuando llegó la hora. Como diría entonces, en España es difícil hasta morirse. Sin embargo, ese apartarse del mundo oficial le hizo dentro de sus circunstancias adentrarse nuevamente en la España real. Esa que representaban la juventud de la época, como les decía a sus discípul@s y amig@s Dolores Franco y Julián Marías, tenía ganas de verles las caras a los jóvenes españoles. Y la multitud de pequeños comerciantes que a diario trabajan con buen ánimo, ilusión, para levantar sus negocios, sacar adelante a sus familias, y contribuir a la reconstrucción del tejido productivo español. Al poco tiempo de su regreso, cuando ocupaba su tiempo entre algunas conferencias, la escritura para medios internacionales, y la creación del Instituto de Humanidades junto a Julián Marías, le comentará a éste que le parecía indecente la alegría del pueblo español. Esta declaración de Ortega estaba preñada de admiración y cariño hacia sus paisan@s. En esa alegría por la vida, por seguir teniendo ilusiones, rehaciendo proyectos personales y colectivos, hallaba él lo realmente decisivo y valioso.
En muchos de esos pequeños negocios de aquella época, encontramos las raíces de PYMES que han continuado hasta nuestro tiempo, mayoritariamente por la labor familiar de las nuevas generaciones. Y en algunos casos, por la continuidad de antiguos empleados de aquellos que optaron por adquirirlos cuando el fundador se jubiló. Esa primera generación de autónom@s españoles, como de otros países de nuestro entorno, no contaron con una serie de prestaciones que merecieron como el desempleo. También es cierto que afortunadamente su magnífica dedicación a la pequeña empresa les aportó unos fondos valiosos para afrontar con recursos la etapa final de sus vidas. Igualmente, le va a suceder a la siguiente generación que en estos años se está jubilando, y que ha dedicado parte de sus ingresos a los planes de pensión. Aún no siendo las mejores condiciones posibles en materia del Derecho Laboral, l@s autónom@s han visto una mejora de sus circunstancias en los últimos años. Ello no es óbice para que en los próximos años ojalá logren un salto cualitativo. Respecto al comentario que nos hacía un lector anónimo en el blog, raros son los casos que él apunta, la negación de devolver un local a su arrendatario que no sea un banco. Éste último, respondiendo a Anónimo, debe conocer las circunstancias de su arrendador, un nuevo autónomo, porque previamente ha conocido las dificultades de sacar una compañía adelante. Así que es difícilmente creíble, por un lado, que se pare la cancelación de un contrato mercantil entre dos personas. Y, por otro, que el supuesto que apunta, puede ser arreglado por las partes con una mínima predisposición de ambas. Un jubilado autónomo, salvo rarísimas excepciones fruto de su mala previsión del futuro como tal, no tiene afortunadamente problemas económicos.
Ahora, volviendo al inicio de nuestro artículo, en aquella década de los cuarenta, en España como sabemos no había partidos políticos. La dictadura los impedía. Quince años antes, Cuando Ortega, entre otros, crean la Agrupación al Servicio de la República en 1931, lo hacen con la intención de colaborar con la constitución de la misma, con la elaboración de su constitución, y con la clara intención de que ese tránsito fuera pacífico, coherente y aglutinador de todas las fuerzas democráticas, sociales e institucionales de España. Desgraciadamente, la labor de los extremos impidió que ese inteligente y visionario talante fructificara. Sin embargo, todas las personas que formaron parte de la Agrupación al Servicio de la República, cumplieron con las responsabilidades que cada uno a título personal y colectivo habían asumido libremente. ¿Qué analogías podemos encontrar con la situación actual que estamos viviendo? Tanto la década de los treinta del pasado siglo como esta que vivimos son tiempos de crisis. Por eso, el Movimiento 15 M que se declara apartidista, pero no apolítico, de hecho está participando a su modo de un nuevo modo de intentar hacer Política, se ha levantado pacíficamente para reclamar el fin de los modos presentes de hacer política y de un sistema democrático que se ha anquilosado. Y al anquilosarse, se ha quedado vetusto, arcaico. Sus maneras de proceder, y ahí tenemos los casos de corrupción, de violación de leyes democráticas, de los abusos de poder, de la falta de separación de los tres poderes clásicos, entre otras realidades, están impidiendo que nuestra democracia nacional e internacional madure, crezca, reconozca sus carencias y las afronte con seriedad, coherencia y transparencia. Hoy en día, desgraciadamente, en la mayoría de países no se puede cumplir ese sueño de Ortega que él propuso hace ya casi un siglo. Al preguntarse y preguntar qué era país o Estado, Ortega respondía lo que cada persona sueña cada día al salir de su casa. Eso tan básico es una reclamación fundamental del Movimiento 15 M. Y en esa ardua tarea vamos a seguir hasta que sea una realidad. 

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