Sábado de playa




La gente apura las últimas jornadas veraniegas. Poco a poco, las temperaturas comienzan a bajar, no habiendo sido afortunadamente altas este verano salvo en días puntuales, y las horas marinas se van reduciendo. Los atardeceres los saborean aquell@s que vencen el frescor del poniente y deciden anteponer el goce de los sentidos a las incomodidades de la arena sobrevolando a la altura de las rodillas. Las familias se reúnen para compartir estas jornadas postreras que anteceden a la vuelta de la chavalería a colegios e institutos. Ya hace unos días que los padres y las madres más previsores hicieron la inversión anual en la compra de libros y materiales escolares. En los corrillos de bares y cafeterías, l@s futboler@s comienzan a hacer sus cábalas sobre una liga que desde hace dos temporadas a pesar de jugarse en la piel de toro, cada vez tiene más rasgos propios de la céltica escocesa.
Esto es un claro ejemplo del modelo socioeconómico que se ha implantado en buena parte del mundo en las tres últimas décadas, la concentración de riquezas en una minoría en detrimento del resto. Ahí tiene el 15 M un botón de muestra más del absurdo paradigma de vida que se ha atesorado e implantado. La ciudadanía deportiva se convierte en una mera comparsa al servicio de los intereses espurios de los caciques que medran en los despachos balompédicos. Agentes que especulan con los traspasos de futbolistas. Medios de comunicación a nivel nacional que promueven el cainismo entre dos opciones, como si unos fueran los semidioses y los otros los diablos. Un reducto de hinchas extremistas que expulsan sus iras y frustraciones insultando al máximo rival. Un elegante e inteligente entrenador censura la actitud de los hinchas extremistas de su equipo, pidiendo que no se acuerden de su máximos rivales en los cánticos. Esa manera de actuar es un buen ejemplo de fomento del juego limpio, del respeto al contrario, de la defensa de los valores de tolerancia, deportividad, que tienen que presidir cualquier vínculo deportivo y humano.
Por eso, cuando uno se detiene a observar a niños y niñas mientras juegan con el balón en la arena de la playa, o cuando mira cómo otr@s se lo pasan bien jugando con las palas, o un par de parejas practican el voleibol, recapacita y se pregunta qué nos lleva a pasar de jugar por el simple hecho de saborear un buen rato con la gente querida, a en otros contextos entrar en una lucha encarnizada, alejada del cumplimiento de los valores democráticos básicos. ¿Influyen papá o mamá pidiendo a su vástag@ que sea el mejor? ¿Qué incidencia tienen las instituciones formativas desde la escuela a la universidad en que ya de adultos se proclame la competitividad, en lugar de ser competente y cooperante? ¿Cómo provocan esos comportamientos los propietarios de las empresas o las ejecutivas exigiendo más rentabilidad a sus compañer@s de trabajo? ¿Cómo están fomentando esa condición de enfrentamiento l@s polític@s con sus discursos, con las leyes que promueven y con sus políticas de gobierno?
Ante ese panorama, me quedo con la brisa marina, el salitre de la arena, el sol emergiendo y poniéndose, las olas chocando en la orilla ganando o perdiendo terreno a la tierra… Si tú, cómo yo, después de sentir el mar, te sientes más feliz, cuéntamelo…

Comentarios

  1. http://www.youtube.com/watch?v=h2mk2hjgLwc&feature=related
    Sigue siendo un placer entrar en el Rick's Café :-)
    Flor

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