Silencios del estío




El tiempo se ha invertido conforme agosto se ha hecho presente. Apenas se escuchan los ruidos de la mañana, invitados a tomar descanso. El run run de las persianas metálicas no suena anunciando la llegada de una nueva jornada. Ni tras él, los diálogos futbolísticos de las voces graves del frutero y del repartidor. Un debate que azuzan cada lunes o tras cada partido europeo. La calle se ha quedado huérfana del tránsito constante de hombres y mujeres en busca de los zapatos que llevaron a arreglar. De los niños que cruzaban las calles con un balón entre sus manos, camino del patio o de la cancha de juegos. Los corrillos de mujeres, esperando su vez en la pescadería, están ausentes. Los camiones de carga y descarga pueden aparcar a sus anchas en la puerta de los establecimientos a abastecer, sin temer la preocupación de una multa policial o el grito de un conciudadano pidiéndole paso malhumorado.
La mañana se ha convertido en las últimas horas de la madrugada, mientras el cuerpo no hace sonar su gallo biológico hasta las doce del mediodía para hacerlo despertar. A partir de ahí, el día busca su propio argumento y ritmo. No hay prisas. ¿Qué desayunar? No sabe uno bien, si un café, un zumo, con tostada o sin ella. Hace calor, mejor sentir en el paladar el jugo de la piña y unas piezas de fruta.
La mente, la figura, la conciencia, están en ese tránsito que camina entre el sueño y el sentirse despiertos. Ellos y ellas llevan una velocidad distinta. Hasta que la tarde no alcanza la hora en que Lorca retrató la muerte del torero, no entran a vivir con intensidad. ¿Qué tienen las cinco de la tarde, convertidas ahora en referente de su particular mediodía? Desde ellas hasta sus hermanas metidas en plena vorágine de la noche, el cerebro, el cuerpo, la voz interior, adquieren progresivamente un nuevo y constante ritmo. Las intrahistorias de cada jornada comienzan a sucederse; la brisa que agita las copas de los árboles, los veladores de las terrazas, los diálogos entre amantes.
Van cayendo los minutos postreros del día y, sin embargo, aquellos personajes se encuentran en ebullición. Para ellos y ellas, la noche se ha mutado en su compañera de vivencias. El teclado del ordenador recibe la fuerza de sus manos con más impulso. Las caricias, a veces palabras, a veces tacto, entre aquellos dos seres cobran inusitado vigor. Mientras los silencios de las calles y avenidas se escuchan, para ellos dos el día solamente empieza a entrar en su cénit…  

Comentarios

  1. "Las intrahistorias de cada jornada comienzan a sucederse..." sugerente, sobre todo si de fondo suena un bandoneón... Sigue siendo un placer entrar en el Rick's Café ;-)
    Flor

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  2. El placer es mío. Ya sabes, estoy disponible al sonido de una llamada.

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