Tardes con Marías



Llegaba caminando a buen paso después de haber traspasado la línea que le marcaba su octava década. Iba acompañado de una joven azafata que transitaba junto a él a lo largo del camino central de la sala de conferencias hasta alcanzar la mesa atril. La rodeaba y se sentaba frente al micrófono en aquel sencillo escenario. Daba las buenas tardes, dejando sentir su voz clara y llena de bondad. Y como sabio que dominaba la materia y el arte de impartir cursos y conferencias, retomaba el asunto por donde lo había dejado una semana atrás. Frente a él, más de trescientas personas le seguían con entusiasmo cada jornada de miércoles o jueves. Alguno de ellos, que estaba en el segundo decenio de vida, se colocaba junto a los altavoces de la sala para con sus equipos técnicos grabar cada sesión del curso. Aquellas cintas constituían un material documental exclusivo para conocer cómo era posible pensar en voz alta. Sus cuerdas vocales, su mente, su sensibilidad, se paraban cuando quería destacar un pensamiento, cuando veía necesario que l@s oyentes detuvieran la atención en un conjunto de ideas, de pensamientos, que había hilvanado y que condensaba el núcleo de la cuestión. Solía rematarlos con unos silencios profundos, esos que revelaban que había alcanzado un nuevo estadio de conocimiento de la realidad tratada. Había tocado la llaga con ese talante sincero y honesto que se había forjado durante su trayectoria vital y daba a conocer a la gente que le escuchaba cómo la historia podría haber sido muy diferente. Cuando eso ocurría lo remataba diciendo ¡esto es lo importante, lo decisivo! Y hacía una pequeña mueca con su cabeza que danzaba desde el lado izquierdo hacia su pómulo derecho.
Había nacido en 1914, año de inicio de la Primera Guerra Mundial. Vivió en su juventud desde la cercanía del ministerio que ostentaba otro Julián, Besteiro, el drama encarnizado y loco de la Guerra Civil española. Y cuando los ecos de ésa se apagaban, vio desde la distancia el desencadenamiento de la Segunda Contienda Mundial. Las dos últimas ya las había avisado, vislumbrado, su maestro y amigo Ortega. Por eso, cada vez que abordaba episodios de enfrentamientos bélicos de la Historia de Europa regalaba dos meditaciones. Una, el Viejo Continente había transitado a lo largo del tiempo combinando larguísimos periodos de guerra con etapas de paz. Así se había configurado Europa. Dos, nos preguntaba ¿podrían haberse remediado? ¿Habría sido posible evitarlas? Después de dar un tiempo hecho segundos de silencio, retomaba esas disyuntivas y respondía, sí fue posible evitarlas. Faltó imaginación, se careció de humanidad, y los líderes políticos, económicos y militares que las provocaron, demostraron su desconocimiento de la historia para ser capaces de entender la historia común del pueblo europeo. Fueron miopes que negaron las circunstancias comunes, los recursos que se compartían.
Por eso hoy, cuando otras generaciones afrontamos el proyecto de nuestras vidas, desde la personal a la colectiva, volver la mirada a la persona, a la obra, de Julián Marías es descubrir respuestas a problemas del presente con clara proyección en el futuro de la humanidad.  Ahí está, esperando a que tomemos su senda para diseñar y construir la nuestra propia. Tenemos el impulso de la juventud, con independencia de las edades, para tomar el legado que nos brindó y que sean semillas fructíferas en el huerto de la vida, de la de cada un@ y de la de cada pueblo. 

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