Pepe Bao, magisterio al bajo



Estaba allí sentado sobre una silla de enea. A sus pies, una sencilla plataforma con los pedales. Ataviado con su bajo en aquel rincón comenzó a desplegar una sinfonía musical. Llevaba una gorra colocada al revés, una camiseta de tirantas y un pantalón tipo bermudas, chanclas de playa. Aquel músico acostumbrado a escenarios rodeado frente a la multitud de miles de seguidores, se sentía pleno tocando en aquel modesto local. Ese gesto mostraba su vocación sincera hacia la música, ya hacía tiempo que había madurado el veneno del estrellato, y ahora se limitaba a vivir de su pasión. Frente al ruido del marketing excesivo que desplegaban ciertos agentes, productoras y medios de comunicación, él se sentía con la libertad de tocar junto a su banda allá donde les placiera.
Aquella noche de finales de verano, cuya fresca brisa anunciaba la llegada de las primeras fuertes lluvias, le acompañaban El Pechuga al cante, un cajista y el historiador del teclado. Cuando los acordes de su bajo se fusionaban con los del órgano electrónico, parecía que estaba Beethoven tocando su piano. El blues, el flamenco rock, el reggae, salían de sus manos con la facilidad que tiene un maestro forjado en la escuela de la vida y del esfuerzo cotidiano. Los primeros en quedar atrapados fueron los niños y  las niñas colocados a menos de un metro de ellos. Alguno se lanzaba espontáneo a bailar a los sones de aquel cuarteto. Más tarde, cuando los padres y las madres de aquellos tomaron el frente, quedaron embelesados por la magia de aquel genio. Verles sus caras, era retroceder a la niñez de ellos y ellas, atraídos por la esencia de aquella música que cual flautista de Hamelín había transformado su bajo en un arcón de sueños que hasta él atraía…
http://www.youtube.com/watch?v=e5WoFA_OFU0

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