Santa, el sabio local




Escuchar como te llamamos la gente desde hace décadas, Santa, es sinónimo de sentir tu mirada dulce, profunda y tu voz suavemente grave que estalla en la intersección del paladar para lanzar tu palabra que se irradia hacia tus ojos, tus cejas, con los que siempre hablaste y hablarás. Un torrente que tiene un punto de afonía, de quejío, cuando acaba rompiendo en el cielo de tu boca. Tienes ese don tan latino e hispano que es el buen orar, la Oratoria. Por eso estar atento a tu discurso es sinónimo de seguir tu lenguaje verbal y no verbal que has ido atesorando a lo largo de tu vida, a punto de alcanzar la octava década. Sin embargo, no se te notan los años fruto de haber sabido como las personas nacidas en el campo, darle pausas y temple a la trayectoria vital. Y a que como maestro de la peluquería te has cuidado desde la estética capilar hasta la del vestir con sencillez y al estilo de los hombres de tu generación.
De tus orígenes en el municipio de Villanueva del Río Minas te trajiste la cercanía de la gente de la campiña y de la minería. En tu peluquería, en la que has gozado de tu vocación peluquera del corte a navaja de otro tiempo artesanal; los hombres, los jóvenes y los niños han esperado su turno al buen son que tu sensibilidad y tu capacidad psicológica iban regalando. Verte una mañana de sábado en un otoño, invierno o primavera de la Sevilla de los años setenta a finales de los noventa, era ver seducir con tu tertulia y tu inmensa capacidad de trabajo a unas treinta cabezas a lo largo de ese espacio de tiempo. Y la gente, tu numerosísima clientela, que iba desde futbolistas a estudiantes, desde empresarios a bebés, de trabajadores a abuelos pensionados, o varones en busca de empleo, te esperaba. Se sentaba en las sillas acomodadas para la espera, se implicaba en el debate, pedía hora para regresar a la dada, porque sabía que tú, Santa, ahí estabas dentro del área para resolver la papeleta. Y lo hacías con el don de la palabra y el silencio que acompañan a los maestros que saben escuchar, mirar y aprender. Cuando decidiste tomar el descanso del capitán, nunca del todo, esa gente sigue buscándote para disfrutar en tu compañía.
Como todo pionero, fuiste valiente y recorriste los casi dos mil kilómetros que separaban tu provincia sevillana natal para lanzarte a la escuela estética y de la vida parisina. Si tus amigos y paisanos iban a las tierras francesas para hacer las campañas agrícolas de la vendimia, tú –hijo de peluquero– te lanzaste a continuar con la saga peluquera familiar. Sentías que podías decir algo diferente, personal, en tan longevo oficio. Palpabas que después de ser reconocido en tu primera juventud en terrenos franceses, y de destacar en la más reconocida barbería de la Sevilla previa a la Transición donde a diario afeitabas al arquitecto del Consistorio, había llegado el momento de recorrer tu propio camino. Te hiciste autónomo, algo ligado a este más que centenario arte, y plantaste tu estadio de juego en el barrio de Pío XII. Entonces también fuiste de los primeros en dar vida y lustre al mismo como otros muchos pequeños negocios que han dado historia al mismo. Hasta tres generaciones han pasado por tus manos, tijeras, navajas y peines.
En la España posterior al Mundial de Fútbol de 1982, la más universal de las empresas españolas de distribución al por mayor, cuando abrió su sede junto a tu amado Ramón Sánchez Pizjuán, te planteó antes que a nadie que te hicieras cargo de su peluquería y centro de estética. Lo consultaste con tu voz interior, miraste tus circunstancias y las de tu familia, y declinaste tan suculenta oferta. Los valores de toda la vida, la lealtad hacia los seres más cercanos y queridos, te hicieron adoptar aquella decisión que la mayoría hubiera aceptado. Entre las alegrías posteriores a aquella grave opción personal, están que tu hijo y tus sobrinos hayan continuado tu labor en varias peluquerías además de la que tú fundaras. En estos tiempos tan recientes, en los que determinada gente de las finanzas, del macro empresariado, de la falsa política, o de los deportes para millonarios, promulgaron la cultura del pelotazo; Santa representas, como muchos hombres y mujeres, la cultura de la constancia, de la honestidad, del trabajo bien hecho, de la economía real. Por eso personas como tú sois eternas aquí en esta Tierra o dónde sea.
Verte cualquier tarde de domingo, o noche de sábado, martes, miércoles o jueves en la Tribuna de Preferencia de la Bombonera sevillista, era como sentir el olor del césped del Sánchez Pizjuán superar los metros de distancia que lo separan de los muros de tan majestuoso coliseo balompédico. Tuve la suerte gracias a ti de conocer a otro mito de la escuadra futbolística de las once barras, Juan Arza, una noche dominguera en la que el juego y resultado del equipo traía al Niño de Oro y al Padre Estudillo de los nervios. Tu fidelidad a tus sentimientos futboleros te ha regalado desde su insignia de oro hasta la consulta del presidente más laureado, pasando por las cámaras de Sevilla Fútbol Club Televisión. Si alguien fuera capaz de acordar la fusión de los dos clubes de esta ciudad, seguro que tú estarías en el grupo de los que lo hicieran posible, y de eso pueden dar cuenta desde nuestra gente amiga de la Peña Bética Serra Ferrer hasta las leyendas béticas que han pasado por tu tijera, navaja y peine. Engalanados todos ellos por el arte de tu don de gentes. 

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