Claridad y humildad




Evidentemente vivimos unos años, una etapa, de vaivenes. La crisis va de lo personal a lo global afectando también a las relaciones interpersonales (amistad, pareja, discipulado, ...), a la familia, a los colectivos, a las instituciones (públicas, privadas, híbridas), a las sociedades y a los Estados. Hay constituciones democráticas, sobre todo en los países occidentales, pero la vida en democracia está resentida, está dañada. ¿Por qué ocurre eso? nos vemos obligados a preguntarnos. Eludir esa pregunta implicaría o bien no detectar con lucidez las cuestiones decisivas. O bien, asumir una actitud irresponsable que no vamos a permitirnos. Ahora bien, una cosa es la existencia de esos textos constitucionales, y hoy celebramos el bicentenario de una que fue pionera y avanzada en su tiempo; y otra bien distinta es que todas las personas, los grupos y las instituciones que los hayan firmado crean en ellos y a diario se esfuercen por hacerlas reales en las vidas cotidianas. ¿Qué provoca esto? ¿Qué consecuencias están teniendo para nuestras vidas diarias, para nuestras relaciones y nuestros proyectos? 

Cada una de esa tres preguntas que parten de la primera que nos planteamos y de mirar a la vida, a la realidad de nuestro entorno, a pesar de que hayan determinadas personas o instituciones que se afanan en negarlas, bien por actitud obstusa de ellas, bien por actitud maliciosa de otras, son imprescindibles si con honradez y coherencia pretendemos aportar una mínina claridad a lo que nos ocurre o está ocurriendo a nuestro alrededor. Y voy a insistir una vez más en el uso de la expresión mínima claridad porque hemos de ser conscientes de que la humildad es valiosa compañera de viaje. Porque la humildad ayuda a afrontar proyectos valiosos a diario. Porque la humildad es compañera libre y comprometida de quienes se saben personas y, por tanto, no ajenos a equivocarse. Porque quien actúa con humildad tiene la decencia de reconocer el error propio o compartido. Precisamente, en esta crisis que venimos viviendo, es la humildad compañera de viaje que pocos han asumido como modelo de vida, aunque seamos muchos en el planeta. E incluso voces concienciadas que nacieron con fresco aroma en primavera pasada pueden marchitarse si se obstinan en modelos de conducta erróneos, fracasados y, sobre todo, viciados. Enarbolar banderas o figuras de gerontocracias que controlan todas las instituciones gubernativas, económicas y sociales de un supuesto paraíso caribeño, es hacerse partidario de la mentira y de la ruindad. No es casualidad que hace años se acuñara a los salidos con dolor, tristeza y una mano delante y otra detrás de allí el término de balseros. 

Necesita España, necesita Europa, necesita Occidente y, por ende, el mundo, las miradas y los comportamientos cada vez más libres de incoherencias, mentiras, mentiras a medias o verdades a medias, de prejuicios y de esto es el Estado, o esto es sociedad, o este es un movimiento social porque lo dice Menganito o le refuta Setanito. Y lo necesitamos todos y cada una de las personas. Ya está bien de maniqueísmos lo bueno es lo público o lo bueno es lo privado. Al menos quien esto escribe conoce a personas e instituciones públicas y privadas que lo hacen con honradez, coherencia y compromiso. Voy a enumerarles algunas (el grupo de investigación de Manuel Ángel Vázquez Medel; profesores en universidades públicas como Garrote Bernal o Velasco Fernández; pero también personas y grupos valiosos como Charles Powell o Santiago Coca en centros privados). Gente de las nuevas generaciones que están intentando hacer sus proyectos de vida siendo honestos (De Nigris, Hidalgo, Flores, Gómez, Flornieles, Gómez Martín...). Hace unos días una entidad que agrupa a asociaciones públicas y privadas como la Organización Médica Colegial salía a través de su presidente advirtiéndonos de los riesgos que está corriendo nuestro sistema sanitario de salud. Lo hacía desde el compromiso y del profundo conocimiento de la realidad española y mundial. 

Y toca hablar y comunicar la labor valiosísima que hombres y mujeres con sus vidas, sus nombres y apellidos, pero que no se alzan con egolatrías ni vanidades, están haciendo desde hace años. Una cosa es que tengamos el derecho a pensar y a expresarnos libremente sobre lo malo o lo erróneo que está pasando a nuestro alrededor. Otra bien distinta, es que no tengamos la altura ética ni moral de reconocer lo valioso que se está haciendo o intentando hacer. Ver, como personas paradas se buscan las habichuelas con honradez y capacidad de superación cada día, es ejemplar. Cruzarse con hombres y mujeres que cansados de la vida que llevaban, han tomado el toro de la vida por sus cuernos, y se la están jugando por iniciar una nueva trayectoria conservando lo valioso de la vida anterior, hay que sacarlo a la luz. Sentir como mujeres que han sido ejemplares amas de casa, madres de familia, amigas de sus amigas, y que ahora llegada a una etapa de sus vidas tienen inquietudes y espacios para hacer otros proyectos personales, hay que aplaudirlo, reconocerlo y apoyarlo. Y quien no lo haga o es un obstuso o un demagogo que invoca a mensajes utopistas con los que populistamente pretende engañar a la gente. En la Alemania hitleriana ocurrió; en la España previa al trágico desenlace del 36 también pasó. Y las consecuencias ya son de sobras conocidas. 

Es día de celeste claro y luz que calienta de manera agradable en el sur de Europa, por eso hagamos cada uno un ejercicio de mirada limpia antes de ofuscarnos en seguir por senderos equivocados. A veces, el silencio es el mejor compañero de viaje para a partir de él intentar con ilusión, esperanza y resiliencia afrontar cada razón vital y colectiva con compromiso. 


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