La sabiduría de los libreros de viejo


A Nieves, Luisa y Verónica

Entrar en una librería de libros antiguos o de más de un uso, lo que históricamente se han llamado librerías de viejo, es una gozada para los buenos lectores, los bibliófilos y para cualquier persona con sensibilidad y curiosidad. Llegar a una librería de viejo un día, sobre todo si se coincide con que mujeres y hombres están buscando entre sus estanterías y fondos es una alegría para los sentidos. Especialmente para el sentido de la inteligencia, ese que permite saber elegir entre un repertorio de posibilidades. Emociona traspasar la puerta de una librería de viejo, tras haberse detenido uno delante de su artesanal escaparate. Porque ese es otro rasgo de las excelentes librerías de viejo, que sus profesionales nos deleitan con su buen gusto y hacer a la hora de presentarnos tras una mampara de cristal una selección de sus exquisiteces bibliográficas. 
Podemos ver en los escaparates de las librerías de viejo un paralelismo evidente con los de las tiendas de antigüedades. Tras un cristal mampara de una librería de viejo, podemos hallar una primera edición de La rebelión de las masas, de Amor y pedagogía, o de Rimas y leyendas.
Tras el cristal de un comercio de antigüedades, podemos apreciar un arcón hecho con madera noble y bellamente decorado con motivos florales; un angelito querubín hecho por una famosa escultora del siglo XVIII, o un tríptico que representa una escena bucólica pastoril.

El diálogo con las personas que se encargan de la gestión y del trabajo en las librerías de viejo es otro placer. Lo habitual es que se conozcan la mayor parte del inmenso catálogo bibliográfico del que disponen. Y si en ese momento tienen su memoria cansada, como cualquier buen profesional que hace con gusto y de manera competente su tarea cotidiana, con una sonrisa y un trato especial consultan en sus bases de datos para cotejar si disponen o no de esa obra que el cliente ha ido a buscar. Pero es que el talento y el talante de la gente que son libreros de viejo llegan a más; si no disponen de ese libro, no se preocupe usted que gentilmente les informará de sus asociaciones para que pueda rastrear y encontrar esa magnífica obra buscada. Eso demuestra una vez más que el buen comerciante, el buen mercado, no están reñidos con el precio justo ni con la oportunidad de hallar un espacio profesional donde poderse ganar el pan, el techo y, en definitiva, una vida digna. Conservan las libreras de viejo ese espíritu artesanal y, por tanto, son conscientes de que no tiene sentido vivir para trabajar, y sí vivir y dejar vivir. 

Para ir finalizando, como me comentaba hace unos días la magnífica poetisa toledana María Luisa Mora Alameda, a quien tengo el gusto de conocer por la obra de otra extraordinaria poetisa, Verónica Pedemonte, entrar en una librería de viejo y encontrarse con un ejemplar de su propia obra es un lujo. ¿Y por qué se preguntarán damas y caballeros? Porque los libreros de viejo saben distinguir la hierba de la hierbahuena. 

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