Paseando por Las Canteras



A Iván, el marino de las montañas

Caminar por Las Canteras, en Las Palmas de Gran Canaria, es un deleite para los sentidos. No importa que el tiempo esté nublado, que el aire se levante y haga frío, que llueva. O que el Sol caliente más de lo habitual. Normalmente os encontraréis la temperatura cálida de esta tierra y de sus islas hermanas, esa primavera tropical con vientos del Atlántico abierto al mundo. 

Dicen que estamos en crisis, debe ser que el espíritu del pensador Oswald Splenger está latente y muy presente estos últimos años. Respetamos a Splenger y su obra La decadencia de Occidente, sin embargo, como los dos mayores filósofos de Occidente mostraron, Ortega y Marías, es precisamente en sus crisis cuando Occidente se muestra más auténtica, se levanta de sus errores y maniqueísmos, y emergen sus valores. Y el litoral gran canario en Las Canteras nos regala algunos de esos valores imprescindibles de lo mejor de Occidente, de sus mujeres y hombres. Ellas y ellos transitan mostrando en sus rostros paz y tranquilidad. Empleando una expresión española, de ese castellano que es lengua universal desde que Elio Antonio de Nebrija compiló su primera gramática, saben torear la vida. Y al mal tiempo no solamente aprenden a no ponerle mala cara de manera constante, aunque haya días en que la tenga, sino que se fajan y se dejan llevar hasta encontrarle la sonrisa auténtica. 

Miramos a las personas de diferentes generaciones que van y que vienen por Las Canteras, desde recién nacidos hasta abuelas, y les vemos meditar y sentir a cada una en función de su ritmo vital, de su proyecto vital, de su personalidad. Algunos corren, otros van en bicicleta; la mayoría pasean. Los hay que dialogan con sus múltiples yo, con su mundo interior, con su gente. Otros charlan y escuchan con sus semejantes mientras caminan en paralelo. Y observamos a gente de múltiples lugares de la Tierra. Ésta, como otras, que tenemos que cuidar porque es nuestra casa común. Así que más bien haremos todos en promover las energías renovables que las que se hallan junto a las costas de Lanzarote y Fuerteventura; tierras que por cierto también disponen de renovables y de personas capacitadas para desarrollarlas. 

Llevamos nuestra mirada hasta la costa occidental y allí le vemos: es el Teide. Somos uno más de los millones de personas que alguna vez nos hemos sentido admirados ante la montaña majestuosa. Porque el Teide lo es. Está allí, asentado sobre su terreno. A nadie molesta, todo lo contrario. Es tan hermoso que solamente podemos darle las gracias de estar ahí para que nos deleitemos con su visión. Es tarde de cielo cubierto en Las Canteras y, sin embargo, en la costa de Tenerife a los pies del Teide y de la cordillera tinerfeña emerge una luz poderosa radiante de energía transparente. Se complementan. Como lo hacen tres abuelos, uno negro y dos blancos, sentados en entrañable conversación cerca del Monumento a las víctimas (154) y a los supervivientes (18) del vuelo de Barajas. Si Unamuno luchó desde que se hizo adulto por superar la tragedia que encierra cualquier vida, como han debido de hacer las familias y los amigos de las personas de aquel vuelo; esos tres abuelos que también han conocido el dolor nos muestran, como hicieron Ortega y Marías, que la vida necesita de la alegría, de la paz. Cuando paz y alegría se reencuentran, y se convierten en ungüentos frente a las tragedias vitales, a las heridas de vivir; tú, yo, nosotros; todos saboreamos la vida. Hallamos una semilla para la ilusión, la esperanza, la resilencia; echamos un brote de sabiduría. Os dejamos con este vídeo que alguien nos regaló de Las Canteras con bosanova de fondo. 

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