Filosofía en el Teatriz




Tenemos el gusto de presentaros a Nieves Gómez, discípula de Julián Marías y Ortega. Recientemente Nieves defenderá en enero de 2014 en la UCM su tesis doctoral sobre la Mujer en la Vida y en el Pensamiento de Julián Marías. Os dejamos con este artículo ensayístico de Nieves a raíz de su relectura del libro de Ortega, ¿Qué es filosofía? Una obra que nació a partir de un ciclo de conferencias de Ortega en el Teatro Infanta Beatriz. Entonces, la cultura auténtica tenía el privilegio de llevarse a modo de conferencias a cines y teatros. 


La relectura de ¿Qué es filosofía? muestra que, cuando ya no es posible hacer filosofía en las aulas de la Ciudad Universitaria, el filósofo –amigo de mirar- está dispuesto a seguir pensando incluso desde la palestra del teatro, en el caso de Ortega, del Teatro Infanta Beatriz –el actual restaurante Teatriz, en el Barrio de Salamanca-.

Por primera vez, un público madrileño numeroso se entusiasmó con la filosofía, y no es para menos, pues lo que anunciaba la función del día era… estrenar filosofía. Ante esta sorprendente afluencia de personas, tiene que aclarar el pensador, dando una imagen desacostumbrada de la cultura media española: “[…] Vamos a descender audazmente por debajo de lo que suele cada cual creer que es su vida y que es sólo la costra de ella; perforando esta vamos a ingresar en zonas subterráneas de nuestro propio ser, que nos permanecen secretas de puro sernos íntimas, de puro ser nuestro ser. Pero decir esto, dirigir a ustedes este vago ademán inicial no es, repito, un anuncio; es todo lo contrario, un resguardo y precaución que me veo obligado a tomar ante la inesperada abundancia de oyentes que nuestra ciudad generosa e inquieta, mucho más inquieta, e inquieta en sentido mucho más esencial que cuanto se sospecha, ha querido enviarme”[1].

Con su jovialidad acostumbrada, tras haber representado antes sus oyentes el papel de realista y de idealista, Ortega llega al acto final: “Señores, nos cabe la suerte de estrenar conceptos”[2].

Lo que Ortega mostraba a su público era la intención, la necesidad, de hacer una filosofía en español a la altura de los tiempos: “Se trata, pues, nada menos, de invalidar el sentido tradicional del concepto <> y como es éste la raíz misma de la filosofía, una reforma de la idea del ser significa una reforma radical de la filosofía. En esta faena estamos metidos desde hace mucho tiempo unos cuantos hombres en Europa. El fruto, en primera maduración, de ese trabajo es lo que yo quería ofrecer en este curso. Creo que no es floja la innovación ofrecida a los oyentes del Salón Rex y del teatro Infanta Beatriz”[3].

“Acaso, en la muchachez somnipotente, soñé una vez que hablaba de filosofía en un teatro a un público madrileño, y ahora no sé bien si aquel sueño se realiza en este momento o si este momento es aquel sueño y soy ahora aquel soñador. ¡Qué más quisiera! Ello es que el mundo real y el soñado no se diferencian radicalmente por su contenido, son compartimentos colindantes separados sólo –como en la Edad Media se decía que el jardín de Virgilio estaba separado del resto del mundo- por un muro de aire. Sin variar en nada podemos trasladarnos de lo real a lo soñado, y en este caso concreto no hay duda que hacer que se ocupen los madrileños de un poco de filosofía ha sido, es el sueño de mi vida”[4].

La lectura de estas páginas demuestra que este modo de hacer filosofía es nuevo en muchos aspectos, no sólo en el aula escogida en esta ocasión, sino por otros varios motivos. En su sentido vulgar, el término ‘filosofía’ es relacionado con elucubraciones complicadísimas, con asuntos sumamente serios y muy, muy aburridos; pero he aquí que el filósofo Ortega aparece con un temple nuevo, el temple del entusiasmo, y afirma que a la filosofía hay que acercarse como a un juego, como a un deporte: “[…] hay dentro del hombre biológico y utilitario otro hombre lujoso y deportivo, que en vez de facilitarse la vida aprovechando lo real, se la complica suplantando el tranquilo ser del mundo por el inquieto ser de los problemas”[5].

Y al ser un juego o un deporte, la filosofía exige aceptar unas reglas; estas son las que marca el pensador: “Se invita, pues, a ustedes para que pierdan el respeto al concepto más venerable, persistente y ahincado que hay en la tradición de nuestra mente: el concepto de ser. Anuncio jaque mate al ser de Platón, de Aristóteles, de Leibniz, de Kant, y claro está, también al de Descartes”[6].

Hay otra novedad, no menos importante, en la filosofía de Ortega: los temas de la filosofía. Toda la espléndida obra de la que nos ocupamos es un curso destinado a mostrar que hacer filosofía, en sentido pleno, significa ejercer la razón vital, es decir, que vivir es ya tener que pensar para saber a qué atenerse. Vivir es ya filosofar: “La filosofía es, antes, filosofar, y filosofar es, indiscutiblemente, vivir –como lo es correr, enamorarse, jugar al golf, indignarse en política y ser dama de sociedad. Son modos y formas de vivir”[7].

Filosofía ya no es buscar el ser cósmico y oculto de las cosas, fuera, lejos de ellas, como en el mundo griego y medieval; no es tampoco recluirse, replegarse en el propio yo, al modo cartesiano. Filosofar es hacerse cargo de que si buscamos una primera verdad indubitable en la que apoyarnos, sólo podemos encontrarla en esa realidad paradójica que es nuestra vida, mi vida, en la cual aparecen en indisoluble unidad mi yo y las cosas, el pensamiento y el mundo. Y Ortega utiliza, precisamente, la metáfora del teatro –del Teatriz- para explicar su innovación metafísica: si el realismo hubiera dicho que el teatro está fuera de mí como una realidad subsistente y el idealismo hubiera defendido que dentro de mí, como un contenido de mi conciencia, el filósofo se pregunta “¿Dónde está, pues, el teatro, en definitiva? La respuesta es obvia: no está dentro de mi pensamiento formando parte de él, pero tampoco está fuera de mi pensamiento si por fuera se entiende un no tener que ver con él –está junto, inseparablemente junto a mi pensarlo, ni dentro ni fuera, sino con mi pensamiento; como el anverso con el reverso y la derecha con la izquierda, sin que por eso la derecha sea izquierda ni reverso el anverso. […] Y como la filosofía aspira a componerse sólo de hechos indiscutibles, no hay sino tomar las cosas como son y decir: el mundo exterior no existe sin mi pensarlo, pero el mundo exterior no es mi pensamiento, yo no soy teatro ni mundo –soy frente a este teatro, soy con el mundo, somos el mundo y yo”[8].
El mundo y yo, es decir, mi vida, que por eso será ya la realidad radical, aquella que buscaba Descartes para apoyar en ella todo su sistema filosófico.

El filósofo Ortega hace ver a sus conciudadanos que esto nos obliga a buscar nuevos conceptos, capaces de expresar y de conocer esta verdad indubitable: “Este es el nuevo paisaje que anunciaba –el más viejo de todos, el que dejábamos siempre a la espalda. La filosofía, para empezar, va detrás de sí misma, se ve como forma de vida, que es lo que es concretamente y en verdad; en suma, se retrae a la vida, se sumerge en ella –es, por lo pronto, meditación de nuestra vida. Paisaje tan viejo es el más nuevo. Tanto que es el descubrimiento enorme de nuestro tiempo. Tan nuevo es que no sirven para él ninguno de los conceptos de la tradicional filosofía: ese modo de ser que es vivir requiere nuevas categorías, no las categorías del antiguo ser cósmico; se trata precisamente de evadirse de ellas y encontrar las categorías del vivir, la esencia de <>”[9].

¿Y cuáles serán estas nuevas categorías de la vida, que es la realidad indubitable sobre la cual puede apoyarse la filosofía? Encontrarse, mundo, ocuparse. Palabras que, de vulgares, van a ser ahora palabras técnicas, palabras sobre las que el filósofo no podrá escurrir al leer, sino que tendrá que detenerse sobre ellas, exprimirles todo su significado.

¿Por qué se vuelve a la filosofía? –plantea el pensador ante el auditorio. Y más cuando las generaciones inmediatamente anteriores a su época habían sido prácticamente anti-filosóficas y se había considerado a las ciencias como el paradigma del conocimiento.

“¿Por qué vuelve entonces el hombre a la filosofía? ¿Por qué vuelve a ser normal la vocación hacia ella? Evidentemente, se vuelve a una cosa por la misma razón esencial que llevó a ella la primera vez […]. Esto nos obliga a plantearnos la cuestión de por qué al hombre se le ocurre en absoluto hacer filosofía”[10].

Ortega traza, para contestar a esta cuestión fundamental, que no parece habérsele ocurrido a nadie antes en toda la historia de la filosofía –esto es, cuestionar los propios fundamentos de la filosofía- para aclarar por qué el hombre contemporáneo se ha encontrado con la necesidad de volver a ella.


Filosofía es:
1.   Conocimiento del Universo, siendo Universo todo lo que hay. Ahora bien, frente a las ciencias, el filósofo ya se encuentra dos escollos: mientras que a aquéllas les es dado su objeto, el de la filosofía no puede ser delimitado porque es todo (genialmente dirá que la filosofía no es meta-física sino ante-física); y además, el término ‘conocimiento’ no significa lo mismo en ciencia que en filosofía, porque en las primeras es  solución positiva y concreta, mientras que en la filosofía ni siquiera sabemos si lo que buscamos es cognoscible. La filosofía admite la posibilidad de que el mundo sea un problema en sí mismo irresoluble. Con toda razón, Ortega sostiene que es la filosofía un “puro heroísmo teorético”.
Es decir, que si la filosofía es el conocimiento del Universo, bien podría ser, ya que no sabemos qué es lo que hay, que nos encontrásemos con un Multi-verso.

2.   Por esa amplitud ilimitada y por su problematismo radical, la filosofía es un conocimiento autónomo (no se puede apoyar en otras creencias) y es un conocimiento pantonómico (ya que aspira a abarcar la totalidad).

A diferencia de otros saberes, como el místico, la filosofía necesita verdades fundadas en la evidencia, que nos sean inmediatamente presentes. Y esta verdad, inmediatamente presente es… nuestra vida. Nuestra vida, que es lo que hacemos y nos pasa, “desde pensar o soñar o conmovernos hasta jugar a la Bolsa o ganar batallas”; nuestra vida, que es encontrarse –así, con el se reflexivo que implica un darse cuenta- en el mundo y ocuparse  con todo lo que me rodea, con la circunstancia.

Nuestra vida, que no nos es dada hecha, sino que es quehacer, que está por hacer: “vivimos sosteniéndonos en vilo a nosotros mismos, llevando en peso nuestra vida por entre las esquinas del mundo”[11]. Y que por eso es susceptible de elección entre varias posibilidades, ya que tenemos que elegir lo que vamos a ser.

A fin de cuentas, nuestra vida es tener que decidir constantemente lo que vamos a ser. Y por eso vivimos de cara al futuro, lanzados hacia él. Con lo cual encontramos que, paradójicamente, la verdad más indubitable, más segura es… que la vida es inseguridad radical, porque tiene que ser decidida en cada instante. De forma certera, el filósofo de la razón vital ha afirmado que el filósofo es náufrago y el pensamiento no es otra cosa que “un movimiento natatorio para salvarse de la perdición en el caos”[12].

¿Por qué vuelve el hombre a la filosofía, por qué filosofó por vez primera? Porque las creencias sobre las que se apoyaba su vida se habían hecho problemáticas y la cultura entera, que antes le sostenía, parecían entonces vacilar. Y el único salvavidas posible fue el pensamiento, fue la filosofía, porque le ayudó a saber a qué atenerse. El hombre filosofó… porque era necesario hacerlo.

“Pero a veces, queda en panne la integridad de nuestra vida porque todas las convicciones fundamentales se han hecho problemáticas. Las últimas ideas científicas, las normas éticas sobre las que solíamos flotar vacilan, se muestran, a su vez, inseguras, mal fundadas. Es una época de crisis radical en una cultura […]. El hombre vuelve a sentirse absolutamente naufrago y tras ello la absoluta necesidad de salvarse, de construir un ser más firme. Entonces se vuelve a la filosofía”[13].

Desde un teatro madrileño, un filósofo español del s. XX proclama que ahora, como en sus orígenes, estamos en una de esas épocas de crisis radical de la cultura, y que, consecuentemente, se ha de volver los ojos a ese saber radical.


[1] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía? Revista de Occidente en Alianza Editorial, 2ª ed. Revisada, Madrid 1989, p. 14.  
[2] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?, p. 180.
[3] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?, p. 158.
[4] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía? pp. 122-123.
[5] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?, p. 67.
[6] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?, p. 158.
[7] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?, p. 173.
[8] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?, p. 168.
[9] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?, p. 173.
[10] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?, p. 49.
[11] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?, p. 188.
[12] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?, p. 232.
[13] J. Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?, p. 233-234.

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