Torear la concisión con la precisión




Martes de mayo, penúltimo del mes. Una de las ventajas de la prensa electrónica es que se puede escribir a cualquier hora. Por un lado, nos recordaba Gaspar en dos artículos recientes las vivencias periodísticas y humanas del maestro Marino Nipho. Y, por otro, la dificultad suprema de conciliar con arte y mesura esos retos del periodista que son la precisión y la concisión. A diferencia de Nipho, o no tanto, la edición electrónica permite el cierre a cualquier hora. Y decimos no tanto, porque si observamos con detenimiento la prensa electrónica, conforme avanzan las horas del día, y ese empieza a encontrarse con la siguiente jornada, las noticias, los reportajes o los artículos comienzan a darse el paso o la vez, o bien a formar parte de las bases de datos de los medios electrónicos. 
Y nos surge llegado a este punto una pregunta, antigua por cierto, y como todo lo viejo o antiguo, por tanto, clásica. Cómo es posible conciliar la precisión con la concisión. 

Ya sabéis quienes nos regaláis la alegría de leernos en este u otro blog, que aquí somos amigos y amigas de primero hacernos preguntas y de remitirnos a los clásicos. Recurriendo a Ortega, una vez más, podemos incluso ahondar en esa cuestión inicial y plantearla aún con más sensibilidad: Cómo hacer posible el intento de conciliar la precisión con la concisión. Rara vez, por no decir nunca, cuando hemos tenido el goce de coger un libro de Ortega o de Julián Marías, no hemos disfrutado de sus páginas, de sus capítulos, del conjunto de la obra. Ellos lo hicieron posible gracias a aprender a dominar eso tan difícil que es lo que denominaron calidad de página. Ésta consiste en ser capaz de transmitir en las líneas, en los párrafos, en la página, las ideas, las informaciones y los argumentos que en un principio ha pretendido.

Entonces, cuando a principios de los noventa, comenzamos a desarrollar la vocación de periodista y escritor, salimos cual Quijote y Sancho a recorrer ese viaje que hay entre los manuales, los profesores, las aulas universitarias y la vida. Hoy casi veinte años después, algo podemos decir sobre la precisión y la concisión. Si algo es realmente bueno, el tiempo nos  muestra que quien lo escribió logró encerrar en cada palabra, frase y párrafo, una vivencia o un retrato con tal finura que ni el tiempo de una redacción pudo detener ni convertir en rancio. Por eso, cuando pasado el tiempo, alguien lo recupera de una base de datos, de una hemeroteca o de un libro, y al leerlo, siente o piensa algo especial, vive una alegría cotidiana, le confiere su tiempo: el de los clásicos. 
Y ahora sí, lanzamos a nuestra comunidad lectora una pregunta para quien la quiera coger: ¿qué prefieres un beso preciso o conciso?

Comentarios

  1. ¿Tiene trampa la pregunta? ¿Puede responderse: "ambos"?

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  2. Rafael, gracias por tu comentario irónico. Vivan los clásicos que nos permiten disfrutar de los pequeños momentos de la vida. Y la suma de todos ellos son como baterías de energías que nos alimentan a diario, sobre todo en los momentos complicados.
    Cuando ayer releía tu artículo sobre el Sr. Potter, todavía su fuerza se hizo más presente. Un abrazo.

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