Esto de vivir, menudo viaje




Ayer, por la tarde, caminando me encontré de manera sorpresiva con unos viejos amigos que andaban sentados en una cafetería. Aunque como sabéis oficialmente ha entrado el verano, ya por el sur de Europa se había dejado sentir su llegada días atrás. Afortunadamente, no todos los días de anuncios previos han sido duros; y llamamos aquí duros a aquellos en los que llegada la noche se ve el común de los paisanos; es decir, tú y yo, nosotros, a poner el aire acondicionado. Incluso podemos alegrarnos de decir que hemos vivido más tranquilos y contentos de tenernos que echar una sencilla sábana mientras dormíamos. Eso no todos los días ha sido posible ni será. Así que alegrémonos de los que nuestros cuerpos ya han disfrutado. Porque lo han agradecido nuestros ojos y nuestros sistemas respiratorios, nerviosos, … Por agradecerlo lo ha agradecido hasta nuestro sistema monetario diario, el euro. Ese que tanto cariño está recibiendo por el sistema financiero y sus padrinos. ¿Por qué están tan interesados en ello?
Y lo de los aires acondicionados en el caso de los más afortunados, porque con la que está cayendo desde finales de 2007, como los gerifaltes financieros y políticos no se pongan de acuerdo, y la ciudadanía andante no les obliguemos pacífica y doctamente a usar el sentido común, pueden convertirse en piezas de museo. No crean damas y caballeros que les estoy queriendo tomar el pelo, que el abanico occidental o el paipay asiático ya forman parte desde hace tiempo de museos e incluso de obras de arte. Se me viene a la memoria ahora La gaviota de Fernán Caballero. Por cierto, que entonces, las muchachas y las no tan cercanas a su primer DNI, no solo lo usaban frente a los rigores del calor sino también para hablar entre ellas o con el joven o maduro que les gustaba. Dicho en lenguaje de nuestros abuelos, “echarse el ojo, pelar la pava, …”
Por cierto, ¡qué bonita esa expresión pelar la pava! O cambiando el género ¡pelar al pavo! Lo importante, espero que consensuemos, es que el flirteo, el acercamiento, el encuentro y el conocerse merezca la pena a las personas implicadas. Haya respeto y, poco a poco, si es posible entendimiento. A partir de eso tan complicado o no tanto que es entenderse viene después la posibilidad aristotélica de la potencia y el acto. Y si realmente lo que se hace, se hace bien, lo más probable es que se logre un proyecto potente.
¿Y qué ocurre si el proyecto es potente? Bueno, aunque los caminos de la vida nos conducen, como sabéis, a Roma, Tokyo, San Francisco, Ciudad del Cabo o Sidney; también Sancho Panza y Alonso Quijano deambularon por Sevilla, Toledo y Lepanto. Y eso que entonces, salvo que salga algún iluminado equipo de arqueólogos y nos demuestre con la docta ciencia que estábamos equivocados, por entonces no había ni Concorde, ¡verdad Madame Largardere!, ni Airbus ¡verdad Monsieur Van Rompuy! ni tampoco Boeing ¡verdad Gentleman Obama! Eso sí, tengamos presente que mañana sale el Señor Hu Jintao con parte de su equipo –ojo que son por los menos mil dos cientos millones de criaturitas- y nos ponen en el mercado común de la Tierra la versión Made in China.


Pero tú y yo, nosotros, el común de paisanas y paisanos, con un libro, una conversación, un cuento, a pie, en bicicleta o en burro, viajábamos. O al menos, Don Miguel, Doña Cecilia, Don Hermann o Don Julio, entre otros, nos lo hacían creer. Y ¡qué bien nos lo pasábamos los chiquillos y las chiquillas de aquella época! Contaba un insigne filósofo, uno de esos cuatro gatos que andaba recluido en un rincón de la Tierra, sin querer llamar la atención, pero mirando lúcidamente y encima regalándonos su mirada, que un día hace ya muchos años, varias décadas, iba el Caballero con su Dama junto a sus chiquillos. Metidos ellos deambulando por un maravilloso museo y encontrándose en la sección griega, uno de aquellos niños espetó con espontaneidad ¡mamá, mamá, un vaso griego! La Señora madre y su Señor Padre –filóloga y filósofo ellos- dieron una especie de salto de alegría ante la inteligente y veraz mirada del mozuelo. Aquel niño estaba aprendiendo a saber mirar, a ser capaz de interpretar por sí mismo. Viajaba a través del tiempo. Y cuentan unas bellas memorias, tituladas Una vida presente, que los cuatro chiquillos combinaban desde la dulzura hasta las más terribles travesuras –ya sabemos como éramos a esas edades– a la hora de someter a sus incipientes valoraciones la vida haciéndose de su madre y de su padre, de su vecindario y de su ciudad, de su país y de su Mundo.
Ahora que el tiempo ha pasado, como el que se tarda en escribir un artículo, o se dedica a sacar el pescado de la mar, o a sanar a un paciente, la vida nos obliga una vez más a mirar atrás. Porque si en aquellos tiempos, el Mundo empezaba cada vez más a interconectarse o desconectarse, o a transitar entre la conexión y la desconexión lo llamaron Guerra Fría–; hoy, aquellas y éstas varias generaciones tenemos la bella y venturosa responsabilidad de intentar hacer la vida propia y compartida más humana. Creo, pienso, siento, al menos quien esto os escribe, que merece la pena que lo intentemos. Y ahora, cuando este artículo ya concluye, saludemos con un hasta pronto a aquellos amigos nuestros de la cafetería.
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