José María Prieto, un hombre sensible



Tenemos la suerte de conocer a José María desde el año de entrada en el siglo XXI, cuando un enrevesado procedimiento de tesis doctoral ajeno a la Constitución de 1978, hizo que el docto de José María lo resolviera con generosidad y talento de la mano de la llave de Manuel Ángel. Desde entonces, hemos podido disfrutar de su amistad, conversación y presencia. Y tras un tiempo despistados, por esas maravillosas causalidades de la vida, el pasado jueves nos reencontramos en la presentación del ensayo El efecto Gioconda. 

Dado su carácter tendente a pasar inadvertido, algo que no logra porque siempre allá por donde pasa deja excelente huella, no podemos obsequiaros con una imagen suya. Diremos que está en edad de disfrutar de su larga prole de nietos y nietas, capaz de formar un once titular infantil de su Sevilla F.C.; tiene el pelo del color por el que tanto se precian los boquerones del Atlántico gaditano o del Mediterráneo malagueño; los ojos del celeste cielo andaluz y la voz llena de matices. Eso sí, dado su gusto por la música y la pintura, vamos a obsequiaros con una fotografía y una obra pictórica de su padre, el pintor Francisco Prieto.



Podemos ver al pintor en primer plano, junto a la fachada de una casa, en plena labor artística. A continuación, vamos a ofreceros un detalle del cuadro que estaba pintando. 


Esta escena costumbrista, propia de un mercado de abasto al aire libre, se trata de la Plaza de la verdura de Ubrique, en 1928 -como nos recuerda gentilmente José María Gavira Vallejo-. Vemos como en aquellos años, la felicidad cotidiana que tanto destacaban Ortega y Marías propia del pueblo español, está presente en este cuadro. De hecho, ambos filósofos disfrutaban, gozaban, viendo a los pequeños comerciantes españoles haciendo sus tareas cotidianas. Después de la maldita guerra, Ortega a mediados de los años cuarenta llegará a calificar de indecente esa alegría. Por cierto, insistamos que gozaba con la misma y veía en ella la salud y el poderío del pueblo español, capaz de superar las más graves dificultades. Por eso en este tiempo que vivimos, tomemos buena nota, desenchufemos los medios de comunicación que a diario se afanan por solo vender esto está al borde del precipicio, y disfruten escribiendo un poema a una nieta, gozando de un atardecer en la playa, o escuchando buena música. En homenaje a José María, vamos a regalarnos el Concierto nº 3 para piano de Rachmaninov.

Y es que la música es otra de las pasiones de José María, abonado al Teatro Maestranza de Sevilla, capaz de recorrerse Europa de la mano de su amada Pilar para escuchar a las más competentes orquestas y a los más excelsos intérpretes, o de entusiasmarse con la letra popular y universal del Arrebato en la pradera futbolística de Nervión. Y es que el bueno de José María hace gala de esa virtud tan española capaz de aunar lo mejor del intelecto con la excelencia de lo popular. En eso se hermana con los Goya, Lorca, Falla, ...

Y, ahora, para ir diciendo hasta luego, os dejamos con la palabra de José María el día en que fue homenajeado como Profesor Emérito de la Universidad Hispalense.

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